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“En los momentos más duros hay que defender la ética de la solidaridad”

La escritora Raquel Robles presenta hoy su libro “Papá ha muerto” en La Casa de la Memoria. En la previa, reflexiona sobre las ideas del Che, el feminismo y el horizonte de los derechos humanos

“Lo imposible sólo tarda un poco más”, decía el discurso escrito por  Raquel Robles el 24 de marzo de 2004, en ocasión en que el expresidente Néstor Kirchner pedía “perdón” en nombre del Estado, al mismo tiempo que anunciaba la conversión de la Esma en un museo de la memoria.

Robles es hija de Flora Celia Pasatir y Gastón Robles (secretario de Agricultura durante el gobierno de Héctor Cámpora), desaparecidos el 5 de abril de 1976. Fue una de las fundadoras de Hijos y en la actualidad, además de escritora y docente, es militante de Ni Una Menos. Esta tarde, a las 18, va a presentar su última novela “Papá ha muerto” en la Casa de la Memoria, en el marco de la Feria de Editoriales Independientes. 

“Papá ha muerto” es un relato ficcional que utiliza hechos históricos, como la muerte del Che Guevara y la vida de Harry Villegas, alias Pombo (quien lo acompaña hasta el final), para contar la vida de un grupo de combatientes en la yunga boliviana, ya devastado por la lucha, “que se enfrenta a la orfandad en la que los deja la muerte de su líder”. 

-¿Qué nos dice del mundo esta novela? 

-Yo intenté investigar sobre dos asuntos: cómo impacta en el lenguaje y en la forma de hablar la idea madre de que es “hasta la victoria siempre”, esto de que cualquier derrota es circunstancial, que siempre hay un más allá, y a la vez leyendo la biblia para otro trabajo -nunca la había leído- encontré mucho en el nuevo testamento sobre tener una misión por la que se puede morir, sacrificarse a uno mismo porque la misión regula todos los actos de la vida. Con esta anécdota construí un inicio, tomé a cuatro guerrilleros -quedaban seis pero dos se van a buscar una vía de escape después de la muerte de Che, en Bolivia, y cuatro quedan cerca de La Higuera-. Uno de ellos, Pombo (el escolta del Che), cuenta que iban dándoles dinero a los campesinos para que los escondieran, y hubo una familia que no quiso nada a cambio. Esto es un hecho histórico: una familia que esconde guerrilleros y todo el pueblo va a la casa del campesino y él le cuenta a la hija la historia, y a medida que van incendiando todo el pueblo, ella se va con Pombo. Hay una historia fuerte entre ellos dos, entonces la mamá le dice que no mire para atrás, pero ella mira, y se convierte metafóricamente en la estatua de sal (como el mito bíblico de la destrucción de Sodoma y Gomorra). 

-¿Por qué elegiste este tema? ¿Qué representa la figura del Che Guevara?

-Estaba pensando una investigación sobre el lenguaje, y esta anécdota me vino bien. Es muy querida la figura del Che, muy arraigada en la historia y en mi vida. Cómo alguien totalmente derrotado puede seguir pensando que va a vencer. Es algo casi místico, o tal vez sea místico, que te hace tener la convicción de que salgas viva o muerta, el sentido es que el pueblo es el que va a vencer.

-Como la frase que dicen las Abuelas de Plaza de Mayo: “Lo imposible sólo tarda un poco más” 

-(Risas) Esa frase es mía... (cuando estaba en Hijos, Robles escribía los discursos de la militancia previo a cada conmemoración) El guevarismo es bastante esto: la mística de la voluntad, de que las condiciones pueden no estar dadas; sin embargo, a fuerza de voluntad, “aportás al menos a correr unos centímetros para adelante la rueda de la historia”, así decían en casa. En base a ese concepto, lo que intenté describir en el libro es ¿cómo se habla esto, cómo se piensa esto?

-¿Aparece la voz personal de la narradora? 

-Es mi lengua materna. Yo me crié entre setentistas y lo que construí para esta historia fue eso: inventé una lengua de ese pueblo que no conozco, aunque mis hermanos se criaron en Venezuela y yo viajé por Latinoamérica, y me fui imaginando una forma coloquial de pensar. Hice algunas consultas mínimas de compañeros que se criaron en Cuba e inventé una forma posible de hablar de un cubano.

-¿Eran guevaristas en tu casa?

-No exactamente guevaristas, los tíos que me criaron eran del partido comunista, mas pro soviético.  Si lo que encarna Guevara es esa forma de ser comunista pese a todo y contra todo, la voluntad que moverá montañas de verdad, eran de esa forma de pensar el mundo, el tiempo histórico y en general: uno es una parte que viene de muy atrás y va hacia muy adelante, lo que hacés con cada acto es aportar a la lucha revolucionaria, sabés que tal vez no protagonices esa revolución, pero hay que entender en qué momento te toca. Son tareas revolucionarias.

-¿Cuáles son esas tareas hoy?

-Estamos resistiendo desde muy atrás, lo que llamarían un momento de retroceso. Es un momento difícil para todas las organizaciones, de desconcierto. Yo milito en Ni Una Menos porque creo que es el movimiento que, de forma más punzante, combate al capitalismo desde cada una de sus formas. No desde lo económico, sino desde lo cultural y lo social. Cuando decimos que “el patriarcado se va a caer” es porque se va a caer el sustento del capitalismo, es en la forma que se reproduce a sí mismo. Yo creo que el movimiento de mujeres es el que está más a la vanguardia de la resistencia. Cuando atacás al capitalismo, adentro de la institución más primaria y elemental que es la familia, te das cuenta de que el patriarcado no se va a caer, va a haber que tirarlo. Es una tarea compleja y larga, pero si algo me dio la educación comunista es la paciencia. Lenin tenía forma de responder ante los militantes ansiosos: “Paciencia, paciencia”. 

-¿Cómo ves en el presente y hacia adelante la lucha por los derechos humanos?

-La bandera original es aquella de “no a la impunidad” que aplica a todos los momentos de la historia y a este también. Podría decirte que tengo menos certezas que en otros momentos, pero creo que en los  momentos más duros, como en la dictadura, lo que hay que defender es la ética de la solidaridad, parafraseando a Guevara en mi novela: “Así se distingue a un combatiente”. Más allá de lo discursivo, los actos de solidaridad, de sentir como propio el dolor del otro, aunque te quede lejos y no lo pudieras vivir, nos rescata como gente. Como dice la frase “en la cancha se ven los pingos”, en estos momentos se ve de qué estás hecha: cuando se pone en juego el trabajo, cuando tenés que compartir la mesa con alguien que no tiene comida, ahí se ve de qué estás hecha, en un momento te costó la vida, en otro el laburo, con eso tenés que medir a los demás. Lo otro es papel picado... Pero debemos acordar como no tiene que ser el mundo.



Magdalena Bagliardelli.  Redacción Puntal

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