Por estas horas, en el mar de desconcierto en que se ha convertido la oposición cordobesa, no sólo se desconoce qué pasará con la confrontación entre Ramón Mestre y Mario Negri sino que ni siquiera existe la certeza de que Cambiemos siga existiendo como tal. Ese frente político, que siempre fue caótico en la provincia pero que en ocasiones logró disimularlo a fuerza de los votos que conseguía el propio Mauricio Macri, podría incluso no estar en el cuarto oscuro cuando el 12 de mayo se elija gobernador.
Hay versiones de todo tipo con respecto a lo que podría pasar. Ninguna contiene una solución pacífica, una salida consensuada. Casi todos los finales contemplan la ruptura. Y nadie da ya ni dos pesos por la interna que debería hacerse dentro de una semana pero que seguramente no se hará, embarrada como está entre impugnaciones judiciales, imposibilidades fácticas y temporales y jugadas cordobesas y porteñas para desactivarla.
Mañana habrá un fallo en la Justicia y un encuentro de la Mesa Nacional de Cambiemos. La jueza Marta Vidal definirá si las impugnaciones por las supuestas faltas de garantías tienen sustento y, en Buenos Aires, la conducción del frente político tratará de encauzar una situación que se fue de las manos.
El viernes, después de que el mestrismo faltara a la conciliación convocada por Vidal para tratar de llegar a un acuerdo, Negri reunió a los suyos y les comunicó que su sector no participará de la interna del 17 pero que será candidato a gobernador de cualquier forma, incluso si le piden que se baje.
Una de las posibilidades es que la Mesa Nacional defina que el candidato a gobernador es él y que le pida a Mestre que se baje, con lo cual la ruptura estaría garantizada porque a esta altura es inimaginable que el intendente de Córdoba, que se posicionó incluso a nivel nacional a partir de su decisión de contrariar las órdenes emanadas de Buenos Aires, se discipline y se vaya mansamente a su casa.
El propio Mestre ya avisó en un acto en Bell Ville que, si se desactiva la interna y se ignoran los acuerdos alcanzados para concretar la votación, irá por fuera, con el sello de la UCR y la histórica lista 3.
Es decir, los dos contemplan el quiebre, la división de Cambiemos en dos opciones electorales. Negri cree que podría quedarse con la marca Cambiemos, aunque tampoco se descarta que ni siquiera él pueda usarla y que desaparezca como opción electoral.
En ese caso, habría en el cuarto oscuro dos expresiones derivadas de Cambiemos pero ninguna sería Cambiemos.
Si así fuera, como en esos compeonatos con final cantado, Negri y Mestre disputarían más que nada para definir quién queda segundo y quién es relegado al tercer lugar.
Schiaretti, que sintió en la piel la posibilidad de la derrota después del desastre electoral que padeció en 2017, se encaminaría así, gracias a una oposición que entró en un vertiginoso proceso de autodestrucción, a ser reelecto sin demasiados sofocones.
Negri culpará de la ruptura a Mestre por su capricho de ser candidato pese a que las encuestas le dan escasas chances de destronar a Unión por Córdoba; y el intendente de Córdoba acusará al diputado de haberse escapado de la interna por su temor a perder y haber confiado todas sus chances al dedo de la Casa Rosada.
Sin embargo, más allá de que Cambiemos padece en Córdoba características propias que lo han hecho estallar por los aires, la crisis de ese armado en la provincia habla también, y principalmente, de carencias e inconsistencias más profundas que surgen del corazón del poder macrista.
A Macri no le cierra, ni le cerró jamás, el frente económico y esa realidad permitió confirmar su impericia para la política. El gobierno nacional, conformado por empresarios y tecnócratas a los que la técnica y la ortodoxia parecen habérseles rebelado, ancló desde el primer minuto su discurso en los resultados.
Con el acento puesto en la eficiencia y la productividad para cada aspecto de la vida en sociedad, se entregó por lo tanto plenamente a esos criterios a la hora de ser juzgado él mismo. Y si de algo carece la gestión de Macri es de resultados. O, más bien, sólo es perseguido por resultados negativos. La economía cae, la inflación, que iba a ser tan sencilla de solucionar, ronda el 4 por ciento mensual, hay corridas cambiarias habitualmente, y los agentes económicos le han perdido la confianza -si es que alguna vez se la tuvieron- y huyen despavoridos.
Como no puede mostrar logros concretos, su tabla de salvación debería ser la política.
En medio de los innumerables desaciertos en los que incurrió, el kirchnerismo consiguió en más de una oportunidad, cuando estaba agobiado por una crisis económica o una corrida cambiaria, salir de esa encerrona a través de la política, con giros discursivos -o de relato- o con iniciativas que le daban una vuelta de tuerca a la realidad y a la agenda pública.
El macrismo es incapaz de conseguirlo. Primero, porque reniega de la política como instrumento y, por lo tanto, porque descree de ella. Es como un equipo de fútbol dirigido por un técnico resultadista, sin lírica, que solamente cosecha derrotas.
Su única posibilidad de supervivencia a esta altura -porque la tiene- no se encuentra en las chances de recuperación de la ecomomía, cada vez más lejanas, sino en la inexistencia de candidatos viables en el peronismo alternativo y en la persistencia de Cristina como alternativa y como fantasma. Con su imagen en caída libre e incapaz de hilvanar un discurso que despierte expectativas basado en una visión propia, necesita de la exterioridad -la figura de Cristina- para reconfigurar el escenario de la grieta y recuperar competitividad electoral.
Lo que refleja Córdoba es lo vaporoso de la conformación de Cambiemos. Los elementos que lo constituyen solamente estuvieron contenidos, encuadrados en un marco, mientras Macri poseía altos índices de imagen positiva. Ahora que esa espuma bajó, el escenario que quedó empieza a asemejarse a tierra arrasada. El poder central es incapaz de articular una estrategia política de contención en medio de la crisis y ve multiplicarse los conflictos internos en distritos de todo el país.
Córdoba no es uno más. Las consecuencias que terminará desatando el papelón son imprevisibles; sin embargo, ya es posible concluir que el liderazgo de Macri no consigue domar las apetencias personales de dirigentes de provincia para que sumen a la pretensión de continuidad a nivel nacional porque si algo está en duda es, incluso dentro del oficialismo, la potencialidad de esa continuidad.
¿Y si Córdoba, que fue la cuna donde Cambiemos empezó a gestarse para terminar quedándose con el poder grande del país, comienza a ser su reverso? ¿Y si se convierte ahora en la provincia del principio del fin?
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Mañana habrá un fallo en la Justicia y un encuentro de la Mesa Nacional de Cambiemos. La jueza Marta Vidal definirá si las impugnaciones por las supuestas faltas de garantías tienen sustento y, en Buenos Aires, la conducción del frente político tratará de encauzar una situación que se fue de las manos.
El viernes, después de que el mestrismo faltara a la conciliación convocada por Vidal para tratar de llegar a un acuerdo, Negri reunió a los suyos y les comunicó que su sector no participará de la interna del 17 pero que será candidato a gobernador de cualquier forma, incluso si le piden que se baje.
Una de las posibilidades es que la Mesa Nacional defina que el candidato a gobernador es él y que le pida a Mestre que se baje, con lo cual la ruptura estaría garantizada porque a esta altura es inimaginable que el intendente de Córdoba, que se posicionó incluso a nivel nacional a partir de su decisión de contrariar las órdenes emanadas de Buenos Aires, se discipline y se vaya mansamente a su casa.
El propio Mestre ya avisó en un acto en Bell Ville que, si se desactiva la interna y se ignoran los acuerdos alcanzados para concretar la votación, irá por fuera, con el sello de la UCR y la histórica lista 3.
Es decir, los dos contemplan el quiebre, la división de Cambiemos en dos opciones electorales. Negri cree que podría quedarse con la marca Cambiemos, aunque tampoco se descarta que ni siquiera él pueda usarla y que desaparezca como opción electoral.
En ese caso, habría en el cuarto oscuro dos expresiones derivadas de Cambiemos pero ninguna sería Cambiemos.
Si así fuera, como en esos compeonatos con final cantado, Negri y Mestre disputarían más que nada para definir quién queda segundo y quién es relegado al tercer lugar.
Schiaretti, que sintió en la piel la posibilidad de la derrota después del desastre electoral que padeció en 2017, se encaminaría así, gracias a una oposición que entró en un vertiginoso proceso de autodestrucción, a ser reelecto sin demasiados sofocones.
Negri culpará de la ruptura a Mestre por su capricho de ser candidato pese a que las encuestas le dan escasas chances de destronar a Unión por Córdoba; y el intendente de Córdoba acusará al diputado de haberse escapado de la interna por su temor a perder y haber confiado todas sus chances al dedo de la Casa Rosada.
Sin embargo, más allá de que Cambiemos padece en Córdoba características propias que lo han hecho estallar por los aires, la crisis de ese armado en la provincia habla también, y principalmente, de carencias e inconsistencias más profundas que surgen del corazón del poder macrista.
A Macri no le cierra, ni le cerró jamás, el frente económico y esa realidad permitió confirmar su impericia para la política. El gobierno nacional, conformado por empresarios y tecnócratas a los que la técnica y la ortodoxia parecen habérseles rebelado, ancló desde el primer minuto su discurso en los resultados.
Con el acento puesto en la eficiencia y la productividad para cada aspecto de la vida en sociedad, se entregó por lo tanto plenamente a esos criterios a la hora de ser juzgado él mismo. Y si de algo carece la gestión de Macri es de resultados. O, más bien, sólo es perseguido por resultados negativos. La economía cae, la inflación, que iba a ser tan sencilla de solucionar, ronda el 4 por ciento mensual, hay corridas cambiarias habitualmente, y los agentes económicos le han perdido la confianza -si es que alguna vez se la tuvieron- y huyen despavoridos.
Como no puede mostrar logros concretos, su tabla de salvación debería ser la política.
En medio de los innumerables desaciertos en los que incurrió, el kirchnerismo consiguió en más de una oportunidad, cuando estaba agobiado por una crisis económica o una corrida cambiaria, salir de esa encerrona a través de la política, con giros discursivos -o de relato- o con iniciativas que le daban una vuelta de tuerca a la realidad y a la agenda pública.
El macrismo es incapaz de conseguirlo. Primero, porque reniega de la política como instrumento y, por lo tanto, porque descree de ella. Es como un equipo de fútbol dirigido por un técnico resultadista, sin lírica, que solamente cosecha derrotas.
Su única posibilidad de supervivencia a esta altura -porque la tiene- no se encuentra en las chances de recuperación de la ecomomía, cada vez más lejanas, sino en la inexistencia de candidatos viables en el peronismo alternativo y en la persistencia de Cristina como alternativa y como fantasma. Con su imagen en caída libre e incapaz de hilvanar un discurso que despierte expectativas basado en una visión propia, necesita de la exterioridad -la figura de Cristina- para reconfigurar el escenario de la grieta y recuperar competitividad electoral.
Lo que refleja Córdoba es lo vaporoso de la conformación de Cambiemos. Los elementos que lo constituyen solamente estuvieron contenidos, encuadrados en un marco, mientras Macri poseía altos índices de imagen positiva. Ahora que esa espuma bajó, el escenario que quedó empieza a asemejarse a tierra arrasada. El poder central es incapaz de articular una estrategia política de contención en medio de la crisis y ve multiplicarse los conflictos internos en distritos de todo el país.
Córdoba no es uno más. Las consecuencias que terminará desatando el papelón son imprevisibles; sin embargo, ya es posible concluir que el liderazgo de Macri no consigue domar las apetencias personales de dirigentes de provincia para que sumen a la pretensión de continuidad a nivel nacional porque si algo está en duda es, incluso dentro del oficialismo, la potencialidad de esa continuidad.
¿Y si Córdoba, que fue la cuna donde Cambiemos empezó a gestarse para terminar quedándose con el poder grande del país, comienza a ser su reverso? ¿Y si se convierte ahora en la provincia del principio del fin?

