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Distancias y lavados

Llega Fernández y Schiaretti mantiene su prescindencia. Aseguran que, aun así, se reunirán. La Provincia, mientras tanto, con un clima enrarecido por denuncias a gremialistas
Hoy, hace exactamente un año, la noticia sorprendía y conmocionaba. Al país pero, fundamentalmente, a Córdoba. José Manuel de la Sota, de 68 años, que gobernó la provincia durante tres períodos, había muerto en un accidente en la autovía a Córdoba, la misma que él convirtió en emblema de su gestión, cuando viajaba para festejar el cumpleaños de su hija Natalia. “¿Es cierto que se mató José?”, era la pregunta que inmediatamente surgía en los teléfonos, que ardieron esa noche, y que reflejaba la incredulidad que suelen provocar las tragedias en primera instancia.   

Desde entonces, la política cordobesa perdió a su dirigente más gravitante desde 1999 y el peronismo abandonó esa dualidad y ese juego de contrapesos que lo caracterizaron desde que De la Sota y Juan Schiaretti comenzaron a turnarse en la gobernación para construir un proyecto de poder de largo alcance. De hecho, entre los dos completarán una hegemonía de 24 años en una provincia que se decía radical.    

Después de un primer momento de shock, la muerte de De la Sota terminó generando en el justicialismo cordobés un proceso organizador: Schiaretti consiguió unificar a todos, encolumnarlos detrás de su liderazgo y alcanzar en mayo de este año, en parte también por el desconcierto y la fractura opositora, un triunfo arrasador e histórico en el que le sacó 40 puntos de ventaja a su perseguidor más cercano, Mario Negri.

El aniversario de la muerte del exgobernador encuentra al país y a Córdoba envueltos en otra crisis impiadosa y límite, de esas que cada tanto se regala Argentina, y con un gobierno nacional, el de Mauricio Macri, que ha quedado vaciado de poder por efecto de las Paso y que encuentra menos respuestas de las que tenía -que ya eran pocas- antes de ser derrotado por Alberto Fernández por una enormidad de 16 puntos.

En ese contexto, en el que el país está fracturado políticamente en dos y en el que una abrumadora mayoría de los gobernadores peronistas se inclinó por el candidato del Frente de Todos, Schiaretti mantiene a rajatabla su prescindencia. ¿Qué hubiera hecho De la Sota en esta situación? La pregunta puede ser contrafáctica pero en sus últimos meses de vida el exgobernador dio indicios de lo que podría haber hecho. 

Por supuesto, estaba construyendo para sí mismo, volviendo a alimentar su eterno deseo de ser Presidente. Y en una retórica en  la que predominaba la figura del puente, había estado negociando con el kirchnerismo y acercándose a algunas de sus figuras centrales, a pesar de cargar con una historia de enfrentamientos profundos que parecían insalvables.  Pero De la Sota era, fundamentalmente, un pragmático de la política.

Schiaretti, por el contrario, ha mantenido al kirchnerismo a distancia y, aun después de la victoria aplastante que le dio el ropaje de presidente virtual, sólo le dedicó frialdad, al menos en público, a Alberto Fernández. 

Es conocido que al gobernador no le agrada el kirchnerismo ni como concepción ni como metodología y que hubiera preferido fervorosamente que no volviera al poder. La tirantez entre Córdoba y la Rosada durante los años de Cristina provocaron encontronazos políticos, judiciales, administrativos y económicos de todo tipo y color. 

De todas formas, Alberto no es Cristina, aunque aún es una incógnita cuánto se diferencian uno de otra. Y en Schiaretti parece imperar la desconfianza.

Hoy, el candidato del Frente de Todos estará en Córdoba para participar de los homenajes a José Manuel de la Sota. En las últimas horas, surgieron versiones de que Fernández ahora está molesto por la actitud de Schiaretti y que ni siquiera la pedirá una audiencia.

En El Panal aseguran que habrá una reunión entre los dos, que volverán a verse las caras y a conversar, pero que no existirá un pronunciamiento explícito del gobernador antes de las elecciones. Fundamentan, ante la presión de los intendentes y la crítica de los kirchneristas, que el proyecto de continuidad en el poder del peronismo cordobés requiere como condición necesaria la distancia con el kirchnerismo. Además, también pesa la especulación de que la lista corta perdería la mitad de sus votos si Schiaretti decidiera pronunciarse a favor de Fernández.

“De todos modos, Alberto no va a poder prescindir de Schiaretti. El país que recibirá será sumamente difícil, casi sin reservas y es imposible imaginar que deje de lado a un gobernador como el Gringo”, razonan en el entorno del gobernador.

En campaña, y después de una serie de hechos, en El Panal incluso pronostican que Macri podría cosechar en Córdoba un porcentaje mayor al que consiguió el 11 de agosto, cuando superó los 48 puntos.

Señalan que los acampes y los piquetes no ayudan precisamente a Alberto. Pero, además, hay un clima enrarecido en Córdoba, con gremialistas que parecían todopoderosos, algunos de ellos vinculados al kirchnerismo, que están presos y a los que se les adjudican bienes multimillonarios e imposibles de explicar por la vía de la legalidad.

El caso que más ruido generó fue el del Surrbac, el sindicato de recolectores que les causó más de una pesadilla a varios intendentes, algunos de ellos riocuartenses. Hoy, Mauricio Saillén y Pascual Catrambone, líderes indiscutidos del gremio, están en Bouwer, acusados de lavado de dinero y administración fraudulenta. A Saillén le descubrieron una cuenta por 700 mil dólares, autos y joyas, al igual que a su colaborador más cercano. 

Un dato llamativo del caso es que la investigación está impulsada por el fiscal Enrique Senestrari, que no ocultó nunca su pertenencia a Justicia Legítima ni su simpatía con el kirchnerismo. Saillén también impulsa la candidatura de Alberto Fernández; es más, fue quien organizó el acto de cierre de campaña en Córdoba, y tiene a uno de sus hijos, Franco, en la lista de candidatos a diputados.

La acumulación de bienes de los directivos del Surrbac era vox populi desde hace años. ¿Por qué, entonces, la causa se activa recién ahora? ¿Por qué en plena campaña? El interrogante no es por la pertinencia de la investigación, que la tiene de sobra, sino por la oportunidad. En el peronismo cordobés señalan que se trata de la exteriorización de una vieja interna entre Hugo Moyano y Saillén, que se distanciaron en términos hostiles y que, desde ese día, arrastran un conflicto irresuelto. 

En paralelo, también los sindicalistas de Luz y Fuerza de Córdoba capital fueron denunciados, en este caso por supuesto lavado de dinero y asociación ilícita por operaciones millonarias con fondos del gremio.  La cúpula encabezada por Gabriel Suárez se encuentra en pleno conflicto con el gobierno de Schiaretti por los sueldos y el convenio colectivo y por el nuevo marco regulatorio que está en preparación y que para Luz y Fuerza no es otra cosa que la puerta de ingreso a la privatización de Epec. 

Los gremialistas sostienen que la denuncia es una estrategia para debilitarlos en la negociación y forzarlos a ceder. Y que la Provincia viene ejecutando un profundo plan de ajuste y desguace de la empresa estatal. El punto débil de quienes encabezan ese enfrentamiento desde el lado gremial es que padecen una deslegitimación precedente y que denuncias como la que está en marcha no hacen más que confirmar en el imaginario un concepto ya arraigado.

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