Dos escenarios separados por una distancia de 625 kilómetros. El mismo país. ¿O dos países distintos? A una semana de las Paso, en un palco habla el Presidente; en el otro, su adversario principal. Uno, Mauricio Macri, emociona hasta las lágrimas a los grandes productores agropecuarios, que se movilizan con un discurso que les pinta una Argentina sin populismo ni retenciones y ante el que gritan “Sí, se puede” agitando banderitas. Su antagonista, Alberto Fernández, también provoca euforia aunque ante un público de docentes, investigadores, alumnos y militantes de una universidad pública. Uno está en Palermo; otro en Río Cuarto.
Macri fue ovacionado ayer en la misma Rural que alguna vez abucheó a Raúl Alfonsín. Les dijo que debió hacer cosas que no quería, que hubo momentos colmados de dificultades pero que, ahora sí, están las bases para comenzar a crecer. Su audiencia, obviamente, no estaba preocupada ni por el alquiler, ni la cuota del colegio, ni por las zapatillas de los chicos. Sentada sobre una cosecha récord y un dólar a 46 pesos no parecía muy agobiada por la mundanidad de los sueldos ni la meta del fin de mes. Sí pretendía, como efectivamente ocurrió, que una vez más Macri se comprometiera a sacar las retenciones a fines de 2020 si es que permanece en el poder.
La voz del campo que se oyó en esa tribuna reclamaba para sí, con prescindencia del resto, aunque planteando, por supuesto, la premisa de que, en realidad, su interés comprende a la totalidad.
En el otro escenario, en el Anfiteatro de la UNRC, Alberto Fernández contraponía una respuesta a ese otro universo material y discursivo. Un contrapunto no planificado.
En su única incursión por Río Cuarto antes de las Paso, cuando falta sólo un puñado de días para entrar en veda, el candidato del Frente de Todos intentó reunirse con representantes del campo pero le respondieron que debían viajar a Palermo y que, por lo tanto, la foto debería quedar para otra oportunidad. Gabriel De Raedemaeker, titular de Cartez, menos diplomático, declaró que Fernández andaba buscando ansiosamente una foto con el sector y que no estaban dispuestos a facilitársela porque no comulgan ni con sus ideas, ni con sus modos, ni con su concepción de país.
Ese es uno de los aspectos problemáticos de la política extendida en Argentina: cada sector se la pasa hablando de diálogo pero son incapaces de sentarse a contraponer argumentos. ¿No hubiera sido más civilizado y plural recibir al candidato a presidente, escucharlo y replicarle, incluso con dureza si se cree necesario, antes que dedicarle un desplante?
Fernández terminó reuniéndose con el intendente Juan Manuel Llamosas, que continúa con su alineamiento a Juan Schiaretti y evita pronunciarse por un candidato específico, con los gremios de la CGT, con algunos jefes comunales de la zona y cerró con un acto masivo en la Universidad. Allí reivindicó la educación pública gratuita y de calidad - “Nuestros premios Nobel salieron de la Universidad pública”, dijo- pero además cargó contra el modelo macrista, al que acusó de excluyente, pensado para unos pocos.
Parecía estar respondiéndole a la distancia al jefe de Estado.
Junto con la descripción de medidas específicas -como los remedios para los jubilados- y de promesas como reactivar el consumo y mejorar el poder adquisitivo de los trabajadores, postuló una conceptualización de los principios que deberían regir la vida económica del país. Ahí se refirió a Raúl Alfonsín -en un guiño a los radicales desencantados con Cambiemos y Juntos por el Cambio- y recordó su prédica en favor de la “ética de la solidaridad”.
“Nadie puede sentirse bien viviendo en una sociedad pobre, aunque a uno le toque ser rico. La ética de la solidaridad nos obliga a extender la mano y volver a subir al escenario social al que está en la pobreza. Pero ellos a eso no lo entienden”, señaló Fernández.
El candidato del Frente de Todos aseguró, con una dosis considerable de temeridad porque las dificultades que le esperan al país en el corto plazo son ingentes, que los beneficios de un modelo inclusivo, que apunte a recuperar el acceso general a los bienes de consumo, no deberán esperar ningún segundo semestre, en referencia a la eternamente incumplida promesa de Macri, sino que comenzarán a expresarse en los primeros seis meses de su gobierno porque no dependerán de inversiones extranjeras sino de las medidas que tome la Casa Rosada para impulsar la economía.
“No es esta la Argentina que nos merecemos; soñamos con una Argentina que deje de maltratar a los científicos, a los que trabajan, a los comerciantes, a las pequeñas y medianas empresas, que deje de darles tanto a los amigos del poder”, dijo Fernández en la Universidad y desató el entusiasmo.
Si las elecciones del domingo, que darán una primera pauta sobre el probable comportamiento del electorado en las generales de octubre, se rigieran exclusivamente por datos, cifras y resultados, Mauricio Macri no tendría ninguna chance y sería nada más que un trámite para Fernández. Sin embargo, no parece que vaya a ser así. El gobierno nacional, a pesar de sí mismo y de que es incontrastable que su política ha beneficiado sólo a un puñado mientras ha empeorado las condiciones de una inmensa mayoría, llega competitivo. Y esa competitividad se explica en que la política no es un terreno habitado exclusivamente por realidades concretas sino también por construcciones, por discursos, relatos o como quiera llamárselos.
Macri, que anda por el país palpando pavimento y enuncia que su gestión se basa en lo real entendido como lo material, si ha sobrevivido como figura política es porque erigió también una narrativa que, para una porción significativa de la población, es preferible a la crudeza del día a día.
Las elecciones que se vienen implicarán una confrontación de las narrativas y las credibilidades que de uno y otro lado sean capaces de generar para convencer al electorado de que su relato del país deseado es el que debe imponerse por sobre el otro.
Si en algo ha tenido pericia el macrismo, que por lo demás ha sido casi uniformemente inhábil para gobernar, ha sido en instalar una lectura que demoniza al adversario y lo sitúa como el peor de los mundos posibles. El kirchnerismo, por su parte, con la persistencia de algunas de sus figuras y sus formas ha contribuido a que esa construcción macrista no carezca de verosimilitud para un sector del electorado.
Son dos organismos que se contraponen pero que a la vez se deben mutuamente la existencia. El macrismo no podría persistir sin Cristina y los suyos. Y el kirchnerismo tiene la chance de volver sólo porque Macri es lo que es.
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La voz del campo que se oyó en esa tribuna reclamaba para sí, con prescindencia del resto, aunque planteando, por supuesto, la premisa de que, en realidad, su interés comprende a la totalidad.
En el otro escenario, en el Anfiteatro de la UNRC, Alberto Fernández contraponía una respuesta a ese otro universo material y discursivo. Un contrapunto no planificado.
En su única incursión por Río Cuarto antes de las Paso, cuando falta sólo un puñado de días para entrar en veda, el candidato del Frente de Todos intentó reunirse con representantes del campo pero le respondieron que debían viajar a Palermo y que, por lo tanto, la foto debería quedar para otra oportunidad. Gabriel De Raedemaeker, titular de Cartez, menos diplomático, declaró que Fernández andaba buscando ansiosamente una foto con el sector y que no estaban dispuestos a facilitársela porque no comulgan ni con sus ideas, ni con sus modos, ni con su concepción de país.
Ese es uno de los aspectos problemáticos de la política extendida en Argentina: cada sector se la pasa hablando de diálogo pero son incapaces de sentarse a contraponer argumentos. ¿No hubiera sido más civilizado y plural recibir al candidato a presidente, escucharlo y replicarle, incluso con dureza si se cree necesario, antes que dedicarle un desplante?
Fernández terminó reuniéndose con el intendente Juan Manuel Llamosas, que continúa con su alineamiento a Juan Schiaretti y evita pronunciarse por un candidato específico, con los gremios de la CGT, con algunos jefes comunales de la zona y cerró con un acto masivo en la Universidad. Allí reivindicó la educación pública gratuita y de calidad - “Nuestros premios Nobel salieron de la Universidad pública”, dijo- pero además cargó contra el modelo macrista, al que acusó de excluyente, pensado para unos pocos.
Parecía estar respondiéndole a la distancia al jefe de Estado.
Junto con la descripción de medidas específicas -como los remedios para los jubilados- y de promesas como reactivar el consumo y mejorar el poder adquisitivo de los trabajadores, postuló una conceptualización de los principios que deberían regir la vida económica del país. Ahí se refirió a Raúl Alfonsín -en un guiño a los radicales desencantados con Cambiemos y Juntos por el Cambio- y recordó su prédica en favor de la “ética de la solidaridad”.
“Nadie puede sentirse bien viviendo en una sociedad pobre, aunque a uno le toque ser rico. La ética de la solidaridad nos obliga a extender la mano y volver a subir al escenario social al que está en la pobreza. Pero ellos a eso no lo entienden”, señaló Fernández.
El candidato del Frente de Todos aseguró, con una dosis considerable de temeridad porque las dificultades que le esperan al país en el corto plazo son ingentes, que los beneficios de un modelo inclusivo, que apunte a recuperar el acceso general a los bienes de consumo, no deberán esperar ningún segundo semestre, en referencia a la eternamente incumplida promesa de Macri, sino que comenzarán a expresarse en los primeros seis meses de su gobierno porque no dependerán de inversiones extranjeras sino de las medidas que tome la Casa Rosada para impulsar la economía.
“No es esta la Argentina que nos merecemos; soñamos con una Argentina que deje de maltratar a los científicos, a los que trabajan, a los comerciantes, a las pequeñas y medianas empresas, que deje de darles tanto a los amigos del poder”, dijo Fernández en la Universidad y desató el entusiasmo.
Si las elecciones del domingo, que darán una primera pauta sobre el probable comportamiento del electorado en las generales de octubre, se rigieran exclusivamente por datos, cifras y resultados, Mauricio Macri no tendría ninguna chance y sería nada más que un trámite para Fernández. Sin embargo, no parece que vaya a ser así. El gobierno nacional, a pesar de sí mismo y de que es incontrastable que su política ha beneficiado sólo a un puñado mientras ha empeorado las condiciones de una inmensa mayoría, llega competitivo. Y esa competitividad se explica en que la política no es un terreno habitado exclusivamente por realidades concretas sino también por construcciones, por discursos, relatos o como quiera llamárselos.
Macri, que anda por el país palpando pavimento y enuncia que su gestión se basa en lo real entendido como lo material, si ha sobrevivido como figura política es porque erigió también una narrativa que, para una porción significativa de la población, es preferible a la crudeza del día a día.
Las elecciones que se vienen implicarán una confrontación de las narrativas y las credibilidades que de uno y otro lado sean capaces de generar para convencer al electorado de que su relato del país deseado es el que debe imponerse por sobre el otro.
Si en algo ha tenido pericia el macrismo, que por lo demás ha sido casi uniformemente inhábil para gobernar, ha sido en instalar una lectura que demoniza al adversario y lo sitúa como el peor de los mundos posibles. El kirchnerismo, por su parte, con la persistencia de algunas de sus figuras y sus formas ha contribuido a que esa construcción macrista no carezca de verosimilitud para un sector del electorado.
Son dos organismos que se contraponen pero que a la vez se deben mutuamente la existencia. El macrismo no podría persistir sin Cristina y los suyos. Y el kirchnerismo tiene la chance de volver sólo porque Macri es lo que es.

