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El macrismo y su identidad perdida

El acuerdo de precios y el congelamiento de las tarifas representan para el Gobierno algo más que un paquete de medidas de dudosa efectividad. Implica una capitulación y el reconocimiento de que ninguno de sus preceptos básicos funcionó como decía.

“Nunca anunciamos control de precios ni haremos control de precios porque no creemos en eso”. Marcos Peña, jefe de Gabinete, pronunció esa frase en el Congreso siete días antes de que el Gobierno lanzara públicamente, casi a la desesperada, una serie de medidas que siempre rechazó y que contienen para el macrismo una carga simbólica equivalente a una capitulación.

El Gobierno del libre mercado, de la confianza de los inversores, de los modelos económicos inspirados en las economías de los países centrales, tuvo que recurrir, muy a su pesar y porque hasta sus propias encuestas le vaticinan un alto índice de probabilidad de derrota, a un mecanismo más de país periférico, propio de gestiones “populistas” a las que tanto defenestró como símbolo de decadencia y atraso. Tuvo que recurrir, en la cima de la desesperación, a las armas del enemigo.

El acuerdo con 16 empresas, que en vez de Precios Cuidados se denomina Precios Esenciales, es más que un conjunto de medidas en las que el Gobierno no cree; es un ataque autoinfligido al núcleo identitario del macrismo. Es la admisión tácita de que se dio por vencido, de que asumió sin decirlo que su modelo supuestamente infalible no funciona, que ha fracasado como lo hizo no hace tanto en términos históricos: en los ‘90.

Una de las señales de la violencia que representó “el plan” para el macrismo más duro fue la puesta en escena que eligió Peña, ideólogo comunicacional del día a día, para que el Presidente se refiriera a las medidas. Fue con un ya famoso video casero, en el que el jefe de Estado visita a una familia que dice apoyarlo pero que le enumera un largo rosario de quejas. “Ya no se puede pagar el alquiler ni las expensas, Mauricio”, dice la mujer, que tiene para ofrecerle al líder de la antigua revolución de la alegría sólo un vaso de agua.

Esa extraña forma de mensaje oficial fue otra de las genialidades de Peña, pergeñada para que Macri no apareciera pegado al anuncio formal, duro y tenso del acuerdo de precios y el congelamiento temporario de las tarifas. Si el conductor de un gobierno considera que debe sacarle el cuerpo a las acciones que decidió tomar para tratar de salir de la irracionalidad de la inflación desbocada, entonces ¿qué le queda al ciudadano común? ¿Cómo puede tener confianza, un término al que fue tan afecto el macrismo, de que la realidad mejorará y su agobio económico disminuirá?

El Pro -denominación formal del macrismo- fue, hasta no hace mucho, un partido que decía abjurar de las prácticas habituales de la política pero que estaba conformado por un corpus ideológico definido: cultores del libro mercado, de la inexistencia de regulaciones, del retroceso del Estado en la economía, se ensalzaban a la vez como encarnaciones de la eficiencia empresaria y de la profesionalización -entiéndase despolitización- de la gestión pública. Esa fue su constitución original. Después llegó su discurso como antagonista del kirchnerismo -y el consecuente populismo- y su prédica impostada por la transparencia y contra la corrupción.

Pero la marcha de la gestión, de 2015 a esta parte, fue desprendiéndole capas de significado, de identidad. Ya no es el equipo eficiente e infalible que decía ser, ni es el generador automático de confianza que debía domar casi mágicamente a los agentes económicos y provocar una lluvia de inversiones que instalaría al país otra vez en el mundo.

Hoy, macrismo es sinónimo de un gobierno que ajusta, que debió recurrir desesperadamente al FMI porque ya no le prestaba nadie en el mundo, que hizo crecer la pobreza, el desempleo, la incertidumbre, la desesperación de no llegar a fin de mes, el desaliento.

Y ahora, aún peor, tuvo que ceder hasta en su última convicción y anunciar la intervención en la conformación de los precios. Es una instancia en la que no cree por tres razones. La primera es fáctica: está convencido de que ese tipo de prácticas no funciona, como de hecho ni siquiera lo hizo durante el kirchnerismo, cuando el Gobierno estaba convencido de que era la manera de disciplinar a los mañosos empresarios argentinos. 

Otra razón es, por supuesto, ideológica. La libertad empresaria, por encima de cualquier otra libertad, es casi un mandamiento para el macrismo. Y, por último, está la razón política: es ceder ante lo que representa a Cristina. Él, Mauricio Macri, que llegó como la negación del kirchnerismo, como su anulación, como su sepulturero en la historia, se vio obligado a caer en la ignominia de copiarlo, imitarlo. Y de hacerlo, además, desganadamente.

Actuó, en efecto, movido por un instinto elemental de la política: el de supervivencia. Jaime Durán Barba y hasta el propio Nicolás Dujovne, que tan clara parecía tenerla cuando era columnista de TV, le dijeron que algo había que hacer si no quería ser barrido sin atenuantes en octubre.

Y el paquete de medidas resultante de aquel ruego tiene un destinatario principal, también como un remedo del kirchnerismo: provincia de Buenos Aires. Una encuesta reciente de Gustavo Córdoba & Asociados reveló que en ese distrito fundamental el índice de rechazo al gobierno de Macri llega al 73,3 por ciento, el más alto del país. 

Las otras cifras suelen ser propias de un final de ciclo: el 66,3% cree que la economía irá de mal en peor y el 55% dice que Macri ni siquiera tiene un plan propiamente dicho.

El Gobierno, que llegó prometiendo un cambio cultural modernizador y terminó siendo un dudoso gestor alimenticio del matambre a 149 pesos, tendría que estar acabado electoralmente. La extraña singularidad de la política argentina, su verdadera anomalía en un cuadro de situación que debería desembocar en un único de-senlace, reside en la siguiente pregunta: ¿realmente lo está?



Marcos Jure.  Redacción Puntal

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