Mauricio Macri camina cabizbajo por un suelo polvoriento, en un contexto agreste. Está solo. Esa foto que Matías Tambone captó en Achiras refleja un momento puntual pero puede ser a la vez un resumen, una condensación de un estado de situación general. Es la imagen de un presidente agobiado.
Constituye también una demostración de que la realidad no puede dominarse siempre, que desborda, que en definitiva termina apareciendo. En una visita hipercontrolada como fue la del jefe de Estado a Río Cuarto y Achiras, en la que se cuidó cada puesta en escena, cada imagen, se terminó colando una foto que escapa a los cánones de la estética macrista.
En las más de tres horas que la comitiva oficial estuvo en la ciudad, el protocolo presidencial mantuvo alejado al periodismo, que se vio reducido a seguir desde un corralito el discurso en Bio4. Nada de preguntas, ni cómodas ni incómodas, nada que pudiera salirse del libreto ni de las palabras que intentaron ser inspiradoras. Los periodistas también ahora, como en el kirchnerismo, querían preguntar. Sobre la crisis, sobre la deuda, sobre la inflación, sobre el FMI, sobre la pobreza que crece y la incertidumbre que se agiganta.
Macri recurrió, en los escasos minutos que habló en la planta de Bio4, a un discurso de corte motivacional, que intentó poner la mirada hacia adelante y no en el contexto actual. El líder del Pro suele cultivar ese estilo inspirado en los gurúes espirituales. Mientras hacía referencia al optimismo, el dólar se asomaba a los 41 pesos.
Si bien en un tramo admitió las “enormes dificultades que vive el país”, pocos minutos después pareció instalarse en una realidad paralela y dijo que “este es el camino, el del progreso con dignidad, con trabajo de calidad para cada uno de los argentinos”. No es precisamente esa la impresión que impera: nada avala el supuesto progreso del que habló el Presidente. Ni se percibe una época de creación de empleo con calidad, más bien lo contrario, con despidos y suspensiones o con sueldos que se desmigajan contra una inflación que superaría el 42%.
Pero más allá del discurso que pareció emular a los que pronuncian los capitanes antes de entrar a la cancha, la visita de Macri a Río Cuarto, la primera desde que es presidente, también estuvo cargada de significado político.
Primero, el contexto geográfico. El Presidente, en su hora más complicada desde que gobierna el país, volvió a la provincia en la que obtuvo el porcentaje más abultado, en la que Cambiemos encontró su plataforma para apoderarse del país. Córdoba le dio, en la segunda vuelta con Daniel Scioli, más del 70 por ciento de los votos. En ese retorno y en algunas frases puntuales, como en la que aseguró que no es casualidad que “el cambio” se haya iniciado en Córdoba, puede percibirse un intento por recuperar una especie de mística del origen, fundacional.
“Esta provincia que es tan cercana a mis afectos y que apuesta siempre al futuro de Argentina”, rezó Macri. Es el jefe de un gobierno endeble, más cerca del ocaso que de la gloria, pero que de todos modos intenta recuperar iniciativa, que no parece resignado a tener como último objetivo llegar al final de su mandato sino, aun en medio del desastre, ir por cuatro años más.
El simbolismo de su visita también contuvo un intento de reafirmar su alianza con el campo, un sector al que también el gobernador Juan Schiaretti cortejó en su discurso. A pesar de las nuevas retenciones, que ha tenido que reinstaurar con pesar y por las que se disculpa con más énfasis que por la pérdida de calidad de vida que sufren las familias que viven al día, Macri apuntó a afianzar un vínculo que fue constitutivo. Puso al campo como el ejemplo a seguir, como el sector que, en su variante de industrialización, debe irradiar su lógica al resto de la sociedad.
Pero, además, el jefe del Pro eligió para su visita al sur provincial un contexto electoral especial. Huérfano de noticias alentadoras desde aquel lejano octubre de 2017 en que pareció reforzarse políticamente, Macri intentó optimizar la capitalización del triunfo en Marcos Juárez.
Con Pedro Dellarossa entre los asistentes al acto, devenido en nuevo ídolo de las filas de Cambiemos, el Presidente buscó darle un sentido totalizador a una elección municipal de una ciudad de 27 mil habitantes y enclavada en una rica zona agropecuaria. En su discurso ni siquiera se limitó a darle una proyección provincial a ese resultado; incluso fue más allá y llegó a convertir esa victoria en un episodio generalizable a nivel país. En un razonamiento discursivamente rebatible y metodológicamente insostenible, Macri aseguró que la reelección de Dellarossa representa, en realidad, un aval del país al rumbo elegido por Cambiemos.
“Quiero agradecerles a los vecinos de Marcos Juárez por el apoyo que han dado, por esta confirmación de que estamos todos convencidos de que este es el rumbo, que es el camino que tenemos que emprender hacia la Argentina que soñamos. Estamos reforzando esta esperanza que circula con hechos”, aseguró el mandatario, en un esfuerzo superlativo por extraerle jugo político a un triunfo electoral municipal.
El resultado en Marcos Juárez tiene, a nivel provincial, una importancia más simbólica que política. Porque si bien demuestra que Cambiemos como fuerza política no está destrozado en Córdoba, se trató sólo de una elección municipal, en la que estuvo en juego la gestión de Dellarossa más que la consideración sobre los avatares del gobierno de Macri.
Esa pirueta discursiva del Presidente, que postula un supuesto acompañamiento nacional, es a la vez un síntoma de debilidad estructural: si Macri debe apelar a una votación municipal en una ciudad de 27 mil habitantes es porque no tiene nada más, porque no encuentra ningún otro dato político sobre el que pueda pivotear para mostrar que todavía no ha sido abandonado del todo.
Entre los factores que han vuelto a generar presión sobre la cotización del dólar están las dudas sobre un acuerdo con los gobernadores por el presupuesto de 2019. Macri necesita ese consenso para ofrendarlo como una demostración de que el ajuste es una decisión institucional y amplia.
Aun así, el Presidente se dio el lujo de enrostrarle a Schiaretti el reciente triunfo de Cambiemos en Marcos Juárez y la consiguiente derrota del partido del gobernador.
“Esa elección no cambia nada. Lo que pasó era previsible; el desastre hubiera sido que Macri perdiera. Sólo esa opción hubiera alterado el escenario”, evaluaron cerca de Schiaretti.
El discurso en Bio4 apuntó en la dirección contraria. Incluso a riesgo de generar alguna molestia en un gobernador que es clave para lograr el acompañamiento al ajuste que viene.
Tal vez lo hizo porque confía en que el posicionamiento de Schiaretti, que machaca con la gobernabilidad, es inquebrantable.
Marcos Jure. Redacción Puntal.
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En las más de tres horas que la comitiva oficial estuvo en la ciudad, el protocolo presidencial mantuvo alejado al periodismo, que se vio reducido a seguir desde un corralito el discurso en Bio4. Nada de preguntas, ni cómodas ni incómodas, nada que pudiera salirse del libreto ni de las palabras que intentaron ser inspiradoras. Los periodistas también ahora, como en el kirchnerismo, querían preguntar. Sobre la crisis, sobre la deuda, sobre la inflación, sobre el FMI, sobre la pobreza que crece y la incertidumbre que se agiganta.
Macri recurrió, en los escasos minutos que habló en la planta de Bio4, a un discurso de corte motivacional, que intentó poner la mirada hacia adelante y no en el contexto actual. El líder del Pro suele cultivar ese estilo inspirado en los gurúes espirituales. Mientras hacía referencia al optimismo, el dólar se asomaba a los 41 pesos.
Si bien en un tramo admitió las “enormes dificultades que vive el país”, pocos minutos después pareció instalarse en una realidad paralela y dijo que “este es el camino, el del progreso con dignidad, con trabajo de calidad para cada uno de los argentinos”. No es precisamente esa la impresión que impera: nada avala el supuesto progreso del que habló el Presidente. Ni se percibe una época de creación de empleo con calidad, más bien lo contrario, con despidos y suspensiones o con sueldos que se desmigajan contra una inflación que superaría el 42%.
Pero más allá del discurso que pareció emular a los que pronuncian los capitanes antes de entrar a la cancha, la visita de Macri a Río Cuarto, la primera desde que es presidente, también estuvo cargada de significado político.
Primero, el contexto geográfico. El Presidente, en su hora más complicada desde que gobierna el país, volvió a la provincia en la que obtuvo el porcentaje más abultado, en la que Cambiemos encontró su plataforma para apoderarse del país. Córdoba le dio, en la segunda vuelta con Daniel Scioli, más del 70 por ciento de los votos. En ese retorno y en algunas frases puntuales, como en la que aseguró que no es casualidad que “el cambio” se haya iniciado en Córdoba, puede percibirse un intento por recuperar una especie de mística del origen, fundacional.
“Esta provincia que es tan cercana a mis afectos y que apuesta siempre al futuro de Argentina”, rezó Macri. Es el jefe de un gobierno endeble, más cerca del ocaso que de la gloria, pero que de todos modos intenta recuperar iniciativa, que no parece resignado a tener como último objetivo llegar al final de su mandato sino, aun en medio del desastre, ir por cuatro años más.
El simbolismo de su visita también contuvo un intento de reafirmar su alianza con el campo, un sector al que también el gobernador Juan Schiaretti cortejó en su discurso. A pesar de las nuevas retenciones, que ha tenido que reinstaurar con pesar y por las que se disculpa con más énfasis que por la pérdida de calidad de vida que sufren las familias que viven al día, Macri apuntó a afianzar un vínculo que fue constitutivo. Puso al campo como el ejemplo a seguir, como el sector que, en su variante de industrialización, debe irradiar su lógica al resto de la sociedad.
Pero, además, el jefe del Pro eligió para su visita al sur provincial un contexto electoral especial. Huérfano de noticias alentadoras desde aquel lejano octubre de 2017 en que pareció reforzarse políticamente, Macri intentó optimizar la capitalización del triunfo en Marcos Juárez.
Con Pedro Dellarossa entre los asistentes al acto, devenido en nuevo ídolo de las filas de Cambiemos, el Presidente buscó darle un sentido totalizador a una elección municipal de una ciudad de 27 mil habitantes y enclavada en una rica zona agropecuaria. En su discurso ni siquiera se limitó a darle una proyección provincial a ese resultado; incluso fue más allá y llegó a convertir esa victoria en un episodio generalizable a nivel país. En un razonamiento discursivamente rebatible y metodológicamente insostenible, Macri aseguró que la reelección de Dellarossa representa, en realidad, un aval del país al rumbo elegido por Cambiemos.
“Quiero agradecerles a los vecinos de Marcos Juárez por el apoyo que han dado, por esta confirmación de que estamos todos convencidos de que este es el rumbo, que es el camino que tenemos que emprender hacia la Argentina que soñamos. Estamos reforzando esta esperanza que circula con hechos”, aseguró el mandatario, en un esfuerzo superlativo por extraerle jugo político a un triunfo electoral municipal.
El resultado en Marcos Juárez tiene, a nivel provincial, una importancia más simbólica que política. Porque si bien demuestra que Cambiemos como fuerza política no está destrozado en Córdoba, se trató sólo de una elección municipal, en la que estuvo en juego la gestión de Dellarossa más que la consideración sobre los avatares del gobierno de Macri.
Esa pirueta discursiva del Presidente, que postula un supuesto acompañamiento nacional, es a la vez un síntoma de debilidad estructural: si Macri debe apelar a una votación municipal en una ciudad de 27 mil habitantes es porque no tiene nada más, porque no encuentra ningún otro dato político sobre el que pueda pivotear para mostrar que todavía no ha sido abandonado del todo.
Entre los factores que han vuelto a generar presión sobre la cotización del dólar están las dudas sobre un acuerdo con los gobernadores por el presupuesto de 2019. Macri necesita ese consenso para ofrendarlo como una demostración de que el ajuste es una decisión institucional y amplia.
Aun así, el Presidente se dio el lujo de enrostrarle a Schiaretti el reciente triunfo de Cambiemos en Marcos Juárez y la consiguiente derrota del partido del gobernador.
“Esa elección no cambia nada. Lo que pasó era previsible; el desastre hubiera sido que Macri perdiera. Sólo esa opción hubiera alterado el escenario”, evaluaron cerca de Schiaretti.
El discurso en Bio4 apuntó en la dirección contraria. Incluso a riesgo de generar alguna molestia en un gobernador que es clave para lograr el acompañamiento al ajuste que viene.
Tal vez lo hizo porque confía en que el posicionamiento de Schiaretti, que machaca con la gobernabilidad, es inquebrantable.
Marcos Jure. Redacción Puntal.

