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La elección de la negatividad

Con el país inmerso en una profunda crisis, la disputa electoral está planteada sin ideas y como un mecanismo de expulsión: para que se vaya Macri, para que no vuelva el kirchnerismo. Córdoba introdujo un tercer elemento que es un desafío para Schiaretti. Por: Marcos Jure

El país empezará a definir hoy, cuando se exprese en las Paso, qué quiere de sí mismo para los próximos cuatro años. El resultado que surja de las urnas irá perfilando el rostro que tendrá Argentina: cómo será su economía, su política laboral, productiva, su salud, la equidad o la inequidad entre sus habitantes, su educación, su cultura. Su perspectiva.

Las Paso arrancaron siendo acusadas de irrelevancia. Incluso el gobierno nacional amagó con desactivarlas con el argumento de que se gastarían miles de millones sólo para tener una encuesta. Sin embargo, han mutado y podrían transformarse en una virtual primera vuelta, que adelante los tiempos y contribuya a concluir la pelea presidencial el 24 de octubre, sin necesidad de balotaje.

Lo que empieza a decidirse hoy es una enormidad. Nada menos que la configuración de un país que no nada en la abundancia sino que está inmerso en una crisis de presente doloroso y resolución imprevisible, que lo condiciona, lo encorseta y por lo tanto lo hace crujir hacia adentro, con un deterioro unánime de sus índices sociales. 

Sin embargo, se llega al día de la votación sin que los principales candidatos, Mauricio Macri y Alberto Fernández, hayan ofrecido pistas firmes no sólo de lo que piensan hacer sino, sobre todo, de qué forma y con qué instrumentos afrontarán los cruciales años que se vienen.

La de hoy es una pelea de negatividades: la elección está planteada, y por lo tanto también la opción de los ciudadanos, como una disyuntiva del no. Votar para que se vaya Macri. Votar para que no vuelva el kirchnerismo. Se ha impuesto más una pretensión de expulsión que una ilusión por un nuevo gobierno.

Y los candidatos han exacerbado esa polaridad.

Macri llegó en 2015 casi sin dar detalles de qué planeaba hacer si llegaba a la Presidencia. Solamente enumeró una tríada de consignas generales que se convirtieron en su caballito de batalla: eliminar la pobreza, combatir el narcotráfico y unir a los argentinos.

Si hubo un objetivo que claramente no se cumplió fue el primero, de la mano de la recesión, la inflación, el dólar por encima de 45 pesos y los sueldos en baja. La calidad de vida, la economía cotidiana, suelen ser determinantes para los resultados electorales. Cualquiera sea el ganador, las Paso de este año parecen haber quebrado ya esa lógica clásica: de lo contrario, Macri no sólo no llegaría competitivo sino que ni siquiera podría haber sido candidato.

Al Presidente lo sostuvo una construcción discursiva y política carente de conexión con la realidad coyuntural. De hecho, en el actual proceso electoral ni siquiera apeló a promesas genéricas similares a 2015. No es una elucubración; él mismo postuló desde su cuenta de Twitter que un voto a su favor no requiere argumentos. Así, apostó por una política que anula la racionalidad, la capacidad del votante de juzgar, y lo empuja a instalarse en un plano puramente emocional. “Votame porque sí”, sería la traducción.

Por eso es lógico que él mismo se haya ubicado en ese terreno en los actos de cierre de campaña. Macri lloró y puchereó de emoción al referirse a María Eugenia Vidal, y metió un par de gritos y carajos que le agregaron una dosis de bravura impostada en medio de un escenario carente de resultados, o plagado de resultados negativos. Según cómo se lo vea.

Su única apelación fue “apostemos al futuro y no volvamos al pasado”. Y allí el concepto de futuro está cargado de una positividad que se da por descontada y que estaría motivada sólo por el paso del tiempo. Además, es una idea que prescinde de la proyección, es decir, del ejercicio de imaginar qué puede pasar dentro de cuatro años si el país sigue por la misma senda. Invita a abstraerse de ese tipo de trabajo intelectual y a pensar que el futuro será mejor por sí mismo y más deseable que el pasado.

Macri se autoasume como ese futuro auspicioso, contra un pasado encarnado por el kirchnerismo, con su oscuridad y su populismo, con esa combinación de negatividades asociadas que el propio presidente le adjudicó en un tuit: los burócratas, los mafiosos, los corruptos, los mitómanos, los vagos, los matones, los coimeros, los narcos, los falsos.

Desde la otra vereda, para el kirchnerismo, el mal es Macri. Y lo imperioso es desalojarlo del poder. Alberto Fernández ha hablado de volver a encender la economía, de devolverles poder adquisitivo a los argentinos, de cuidar a los jubilados, aunque también ha obviado, en gran parte, la mecánica que usará para cumplir con esos objetivos en un país en quiebra.

  En ese contexto, Córdoba ha introducido un ruido adicional. No solemente porque se convirtió en un territorio en disputa entre Macri, que lo reivindica como propio, y Fernández sino porque Juan Schiaretti decidió aventurarse a una jugada de alto riesgo con la boleta corta, que no va pegada a ningún candidato a Presidente.

El gobernador, que hace 3 meses salió enormemente fortalecido de las urnas, con una diferencia histórica de 40 puntos, ahora se encuentra ante un desafío ingente: convencer a una porción del electorado para que se distraiga de la dicotomía y ratifique un apoyo que ya le dio el 12 de mayo.

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