Después de vetar la ley que retrotraía el valor de las tarifas, Mauricio Macri emprendió una gira por las provincias del norte para reunirse con los gobernadores y ratificar ante cada uno de ellos los fundamentos de su gestión.
Él mismo. En persona. Como si fuera el único con la disposición de salir a tratar de sostener a un gobierno al que le han explotado complicaciones por delante y por detrás.
Esa actitud de exponer a la figura máxima de una gestión, que en términos teóricos y prácticos debería ser el elemento principal a resguardar, es sintomática: habla de la orfandad política y la extrema escasez de recursos para dar respuestas que por estas horas padece Cambiemos.
Macri sale a militar por su gobierno después de una derrota legislativa que le provocó un peronismo que se unió, aunque ese haya sido un estado transitorio y no permanente. Macri sale en su peor momento, cuando la desaprobación, según una encuesta de Gustavo Córdoba & Asociados, alcanza al 63,5 por ciento.
¿Y después qué? Cambiemos juega su ficha más relevante, su rey, en un intento de recuperación. Pero, a la vez, lo enfrenta al riesgo de un desgaste aún mayor y se queda sin alternativas ni relevos. Desnudo. Y el horizonte, al menos el económico, no parece estar plagado de noticias alentadoras para dar, más bien todo lo contrario: los ajustes no suelen generar en Argentina ni resultados positivos ni simpatías electorales.
Después de ganar las elecciones en el balotaje de 2015, el gobierno de Cambiemos pivoteó sobre dos pilares: la figura de Macri, en contraposición con la de Cristina Fernández, y la comunicación no convencional, principalmente a través de las redes sociales. Soslayó, mitad por convicción y concepción y mitad por el dato incontrastable de que carece de mayoría legislativa, los componentes de la política tradicional. El Big Data, la lectura permanente del humor social a través de las encuestas, el manual para construir una imagen hecha de slogans fueron eficaces mientras el gobierno no debió enfrentarse a instancias críticas.
Pero hoy Macri ha caído en su imagen. Y las encuestas, las redes sociales y Durán Barba han perdido efectividad: no contribuyeron ni a juntar votos en el Congreso ni a distraer a la gente de su malhumor.
Es cuando la política digital, insustancial, comienza a extrañar a la política concreta, la de la territorialidad y la corporalidad.
Tal vez hoy aparezcan como obsoletas las herramientas habituales de la política. Pero lo son mientras el estado de situación navegue en la normalidad. Cuando su idolatrado mercado le dio la espalda, el Presidente se encontró con su debilidad, que estuvo siempre pero que se expresó en la crisis. Era ahí cuando necesitaba peso territorial, capacidad de defensa, votos en el Congreso, socios confiables dispuestos a desgastarse. Elisa Carrió intentó cumplir ese rol, ser una apoyatura mediática en la tormenta pero demostró ser un agente enormemente más efectivo para la destrucción que para la construcción. Es letal en la crítica pero fútil en el elogio.
La debilidad política elevó a la superficie además otros deméritos. El gobierno de Macri padece inocultables errores de gestión. Ya eran notorias sus descoordinaciones entre ministros pero la crisis incrementó exponencialmente la visibilidad de esos inconvenientes. No mostró capacidad política en la negociación en el Congreso pero, más complicado aún, ahora ni siquiera puede sortear decisiones ejecutivas elementales. Ostentó una descomunal desorientación, hacia adentro y hacia afuera, por ejemplo en el aumento de las naftas que comenzó a regir en las últimas horas: después de anunciar un congelamiento de dos meses, se tomó sólo tres semanas para autodinamitarlo. La Afip subió los impuestos a los combustibles, las petroleras zapatearon y dijeron que iban a trasladarlo, el gobierno consumió horas de reuniones, anunció que la suba no se trasladaba nada, para cambiar después y señalar que, bueno, en realidad los precios se iban a ajustar en un 1,7 por ciento, una cifra que quedó enterrada en minutos porque el alza fue, a fin de cuentas, del 5.
Esa comedia de enredos, que podría ser un capítulo menor para un gobierno sin turbulencias, no lo es para el de Macri porque acrecienta la sensación de desorientación y desconcierto y no va en línea con las señales que intenta dar de que en el multitudinario equipo económico ahora hay coordinación. En la realidad parece seguir incólume la eterna disputa interna entre los políticos, que advierten sobre las consecuencias de las acciones de gobierno, y los técnicos, cuyo arquetipo es Juan José Aranguren, que funcionan sin corazón ni sentido político y a quienes sólo los desvela mejorar la ecuación de las empresas.
El gobierno parece estar encarando una operación de alto riesgo como es un ajuste que debe despertar la anuencia del FMI no con un bisturí sino a hachazos. Y así atenta contra un preconcepto fundamental que lo beneficiaba: en teoría, era un gabinete plagado de empresarios exitosos y, por eso mismo, efectivos y eficientes.
A la caída en los índices de aprobación, los efectos que tendrá el ajuste en enormes franjas de la población, a las desinteligencias de la gestión hay que sumarle además en el menú de complicaciones la praxis política: sin mayoría en el Congreso, estará obligado a recomponer la relación con al menos una porción del peronismo, la dialoguista.
En ese grupo está afiliado, por supuesto, Juan Schiaretti, que supo pagar altos costos políticos, por ejemplo en la reforma previsional, por acompañar a Macri. Sin embargo, esa relación se ha modificado en las últimas semanas. “Ya verá el Presidente cómo reacciona ante el gobernador”, señaló un miembro nacional de Cambiemos.
Schiaretti desdobló, en el debate por las tarifas, el discurso y la acción. En las palabras, apoyó la línea argumental del Presidente, que señalaba que era irresponsable e irracional hacer retrotraer las tarifas. Sin embargo, en los hechos concretos los legisladores justicialistas de Córdoba, diputados y senadores, votaron a favor del proyecto opositor.
La sociedad entre ambos, por lo tanto, se queda sin carnadura. A nivel nacional, los gobernadores valen en términos de votos legislativos. ¿Schiaretti padeció una gran rebelión interna entonces? ¿No le respondieron Alejandra Vigo, su mujer, ni Carlos Caserio, presidente del PJ provincial y cuya línea histórica ha sido ejecutar de manera irrestricta las instrucciones del gobernador de turno, cualquiera sea? No resulta verosímil. Sí lo es la sospecha de que el cordobés no sólo evitó compartir los costos políticos de un supuesto acompañamiento legislativo sino que, además, le pagó al líder del Pro con la misma moneda que recibe en su provincia: Macri suele llegar a Córdoba, abrazarse con Schiaretti, tratarlo de amigo, y cuando se sube al avión, los dirigentes de Cambiemos defenestran al socio e, incluso, lo llevan a los Tribunales por el reclamo de fondos.
Si Macri no puede hacer nada para frenar el libre albedrío de su tropa en Córdoba, Schiaretti tampoco parece poder dominar a los suyos en la Nación.
Un párrafo aparte merece la dualidad del PJ con respecto a las tarifas: en el Congreso votó por retrotraer los valores a noviembre del año pasado para resguardar el poder adquisitivo de la gente, mientras Epec, que envía facturas de varios miles de pesos a los hogares, pedía por esas mismas horas un nuevo aumento de la luz. La bipolaridad al palo.
El peronismo provincial también cambió de actitud porque se siente en otra posición. Con el Presidente en caída, ya no se considera víctima de un huracán arrasador en su territorio de cara a las elecciones de 2019. Porque, además, la crisis nacional ha obligado a los precandidatos de Cambiemos, que lo reconocen por lo bajo, a recalcular sus tiempos y la exteriorización de sus aspiraciones: con una gestión nacional en un momento tenso y complicado, con una economía en retroceso, con ajustes a la vista, no es recomendable pasearse por la provincia en tren de campaña.
Y mientras menos puedan asomarse la media docena de precandidatos de Cambiemos, menos peligro para Schiaretti.
Una seguridad que, de todos modos, es relativa en un país que convive con lo inestable y lo imprevisible.
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Esa actitud de exponer a la figura máxima de una gestión, que en términos teóricos y prácticos debería ser el elemento principal a resguardar, es sintomática: habla de la orfandad política y la extrema escasez de recursos para dar respuestas que por estas horas padece Cambiemos.
Macri sale a militar por su gobierno después de una derrota legislativa que le provocó un peronismo que se unió, aunque ese haya sido un estado transitorio y no permanente. Macri sale en su peor momento, cuando la desaprobación, según una encuesta de Gustavo Córdoba & Asociados, alcanza al 63,5 por ciento.
¿Y después qué? Cambiemos juega su ficha más relevante, su rey, en un intento de recuperación. Pero, a la vez, lo enfrenta al riesgo de un desgaste aún mayor y se queda sin alternativas ni relevos. Desnudo. Y el horizonte, al menos el económico, no parece estar plagado de noticias alentadoras para dar, más bien todo lo contrario: los ajustes no suelen generar en Argentina ni resultados positivos ni simpatías electorales.
Después de ganar las elecciones en el balotaje de 2015, el gobierno de Cambiemos pivoteó sobre dos pilares: la figura de Macri, en contraposición con la de Cristina Fernández, y la comunicación no convencional, principalmente a través de las redes sociales. Soslayó, mitad por convicción y concepción y mitad por el dato incontrastable de que carece de mayoría legislativa, los componentes de la política tradicional. El Big Data, la lectura permanente del humor social a través de las encuestas, el manual para construir una imagen hecha de slogans fueron eficaces mientras el gobierno no debió enfrentarse a instancias críticas.
Pero hoy Macri ha caído en su imagen. Y las encuestas, las redes sociales y Durán Barba han perdido efectividad: no contribuyeron ni a juntar votos en el Congreso ni a distraer a la gente de su malhumor.
Es cuando la política digital, insustancial, comienza a extrañar a la política concreta, la de la territorialidad y la corporalidad.
Tal vez hoy aparezcan como obsoletas las herramientas habituales de la política. Pero lo son mientras el estado de situación navegue en la normalidad. Cuando su idolatrado mercado le dio la espalda, el Presidente se encontró con su debilidad, que estuvo siempre pero que se expresó en la crisis. Era ahí cuando necesitaba peso territorial, capacidad de defensa, votos en el Congreso, socios confiables dispuestos a desgastarse. Elisa Carrió intentó cumplir ese rol, ser una apoyatura mediática en la tormenta pero demostró ser un agente enormemente más efectivo para la destrucción que para la construcción. Es letal en la crítica pero fútil en el elogio.
La debilidad política elevó a la superficie además otros deméritos. El gobierno de Macri padece inocultables errores de gestión. Ya eran notorias sus descoordinaciones entre ministros pero la crisis incrementó exponencialmente la visibilidad de esos inconvenientes. No mostró capacidad política en la negociación en el Congreso pero, más complicado aún, ahora ni siquiera puede sortear decisiones ejecutivas elementales. Ostentó una descomunal desorientación, hacia adentro y hacia afuera, por ejemplo en el aumento de las naftas que comenzó a regir en las últimas horas: después de anunciar un congelamiento de dos meses, se tomó sólo tres semanas para autodinamitarlo. La Afip subió los impuestos a los combustibles, las petroleras zapatearon y dijeron que iban a trasladarlo, el gobierno consumió horas de reuniones, anunció que la suba no se trasladaba nada, para cambiar después y señalar que, bueno, en realidad los precios se iban a ajustar en un 1,7 por ciento, una cifra que quedó enterrada en minutos porque el alza fue, a fin de cuentas, del 5.
Esa comedia de enredos, que podría ser un capítulo menor para un gobierno sin turbulencias, no lo es para el de Macri porque acrecienta la sensación de desorientación y desconcierto y no va en línea con las señales que intenta dar de que en el multitudinario equipo económico ahora hay coordinación. En la realidad parece seguir incólume la eterna disputa interna entre los políticos, que advierten sobre las consecuencias de las acciones de gobierno, y los técnicos, cuyo arquetipo es Juan José Aranguren, que funcionan sin corazón ni sentido político y a quienes sólo los desvela mejorar la ecuación de las empresas.
El gobierno parece estar encarando una operación de alto riesgo como es un ajuste que debe despertar la anuencia del FMI no con un bisturí sino a hachazos. Y así atenta contra un preconcepto fundamental que lo beneficiaba: en teoría, era un gabinete plagado de empresarios exitosos y, por eso mismo, efectivos y eficientes.
A la caída en los índices de aprobación, los efectos que tendrá el ajuste en enormes franjas de la población, a las desinteligencias de la gestión hay que sumarle además en el menú de complicaciones la praxis política: sin mayoría en el Congreso, estará obligado a recomponer la relación con al menos una porción del peronismo, la dialoguista.
En ese grupo está afiliado, por supuesto, Juan Schiaretti, que supo pagar altos costos políticos, por ejemplo en la reforma previsional, por acompañar a Macri. Sin embargo, esa relación se ha modificado en las últimas semanas. “Ya verá el Presidente cómo reacciona ante el gobernador”, señaló un miembro nacional de Cambiemos.
Schiaretti desdobló, en el debate por las tarifas, el discurso y la acción. En las palabras, apoyó la línea argumental del Presidente, que señalaba que era irresponsable e irracional hacer retrotraer las tarifas. Sin embargo, en los hechos concretos los legisladores justicialistas de Córdoba, diputados y senadores, votaron a favor del proyecto opositor.
La sociedad entre ambos, por lo tanto, se queda sin carnadura. A nivel nacional, los gobernadores valen en términos de votos legislativos. ¿Schiaretti padeció una gran rebelión interna entonces? ¿No le respondieron Alejandra Vigo, su mujer, ni Carlos Caserio, presidente del PJ provincial y cuya línea histórica ha sido ejecutar de manera irrestricta las instrucciones del gobernador de turno, cualquiera sea? No resulta verosímil. Sí lo es la sospecha de que el cordobés no sólo evitó compartir los costos políticos de un supuesto acompañamiento legislativo sino que, además, le pagó al líder del Pro con la misma moneda que recibe en su provincia: Macri suele llegar a Córdoba, abrazarse con Schiaretti, tratarlo de amigo, y cuando se sube al avión, los dirigentes de Cambiemos defenestran al socio e, incluso, lo llevan a los Tribunales por el reclamo de fondos.
Si Macri no puede hacer nada para frenar el libre albedrío de su tropa en Córdoba, Schiaretti tampoco parece poder dominar a los suyos en la Nación.
Un párrafo aparte merece la dualidad del PJ con respecto a las tarifas: en el Congreso votó por retrotraer los valores a noviembre del año pasado para resguardar el poder adquisitivo de la gente, mientras Epec, que envía facturas de varios miles de pesos a los hogares, pedía por esas mismas horas un nuevo aumento de la luz. La bipolaridad al palo.
El peronismo provincial también cambió de actitud porque se siente en otra posición. Con el Presidente en caída, ya no se considera víctima de un huracán arrasador en su territorio de cara a las elecciones de 2019. Porque, además, la crisis nacional ha obligado a los precandidatos de Cambiemos, que lo reconocen por lo bajo, a recalcular sus tiempos y la exteriorización de sus aspiraciones: con una gestión nacional en un momento tenso y complicado, con una economía en retroceso, con ajustes a la vista, no es recomendable pasearse por la provincia en tren de campaña.
Y mientras menos puedan asomarse la media docena de precandidatos de Cambiemos, menos peligro para Schiaretti.
Una seguridad que, de todos modos, es relativa en un país que convive con lo inestable y lo imprevisible.

