El gobierno de Mauricio Macri parece haber adoptado en el discurso un tono combativo, algo barrabrava, para tratar de transmitir una solidez y un convencimiento que la realidad se empeña casi minuto a minuto en desmentir.
Marcos Peña, señalado por socios y opositores como el origen de la mayoría de los males del gabinete nacional, hizo el miércoles una referencia como al pasar sobre las cuentas de Córdoba, a las que les atribuyó un fuerte déficit del 7 por ciento, y generó al instante una andanada de réplicas y críticas de diputados y funcionarios de Juan Schiaretti.
A un mes de las elecciones provinciales, Peña logró algo que hasta ahora no había conseguido Mario Negri, el candidato de la Casa Rosada en Córdoba: instalar un eje de discusión y que le respondan en vez de ignorarlo.
De todos modos, fue una polémica de suma cero porque el efecto sobre el electorado que puede tener un tema tan frío como el déficit corriente o financiero suele ser nulo, más aún si la acusación surge desde un gobierno que no se ha mostrado especialmente virtuoso, ni mucho menos, en el manejo de las finanzas.
Pero para el schiarettismo se trató de un llamado de atención, de una especie de señal de largada emitida por el orquestador de las operaciones políticas que surgen de Balcarce 50. “Peña es la desesperación, lo irracional, el todo vale. Lo que se viene en Córdoba en breve es el plan B, la campaña sucia que diseñó Peña y armaron los servicios. Ya tuvimos algunos ejemplos de denuncias falsas contra algunos candidatos nuestros y eso es lo que se verá: ataques personales, denuncias de corrupción. Pero estamos convencidos de que no va a dar resultado”, indicaron desde El Panal. En el schiarettismo creen que como no avanzó en la construcción de un candidato competitivo, el macrismo apostará por un intento de erosión del oficialismo desde la negatividad.
En ese marco se inscribe el desembarco próximo de Elisa Carrió, autoasumida como faro moral pero ella misma con límites morales difusos y móviles, para contribuir a la campaña de su “amigo del alma”: Mario Negri.
En Cambiemos, reconvertido a Córdoba Cambia, admiten que la elección en la provincia les es desfavorable, casi irremontable desde el momento mismo en que quedaron divididos en dos.
Para tratar de acortar ventajas, Negri ha apostado por una serie de promesas que apuntan al bolsillo -el mismo bolsillo contra el que atenta constantemente el gobierno nacional- pero que no terminan de convertirse en ejes de gravitación en la campaña. Su último ensayo pasa por anunciar una reducción del 50% en el monto de las multas de la Caminera, al que hay que sumarle la baja del 25% en la tarifa de Epec y las exenciones en el Inmobiliario para los jubilados.
Tanta fruición anunciatoria es sintomática en un candidato. Primero, porque al caer en esa conducta se autoasume como perdedor pero, además, en esta elección existe un hecho adicional no menor: la existencia de otro opositor, Ramón Mestre.
Si Negri promete a repetición, ¿no será porque no sólo está perdiendo contra Schiaretti sino porque sus publicistas palpan la posibilidad de que el representante de la Casa Rosada quede tercero? En Córdoba Cambia lo descartan. Desestiman las encuestas que plantean un cabeza a cabeza entre el diputado y el intendente de Córdoba y aseguran que el panorama está claramente definido. “Mario está segundo y Mestre tercero y creemos que así va a ser. El problema es que Mario está muy lejos de Juan”, indicó un dirigente de Córdoba Cambia a nivel provincial.
En esa fuerza se quejan además de la enorme desigualdad de despliegue publicitario que existe entre Schiaretti y Negri. “En ese punto perdemos 10 a 1”, dicen. Pero ese dato también permite obtener conclusiones. Si Negri carece de recursos suficientes para encarar una campaña a gobernador en Córdoba es porque la Casa Rosada no le suelta fondos en la magnitud esperada. Cambiemos necesita que Negri crezca pero sin exponerse al riesgo de quedar pegado a una derrota elocuente. De ahí, la campaña en las sombras.
El desapego en público ha venido siendo la actitud del Pro con sus candidatos condenados a la derrota. Pasó en Neuquén y en Río Negro. Y, si todo continúa como hasta ahora, exactamente lo mismo podría ocurrir en Córdoba. Tanto en el macrismo como en el justicialismo manejan la información coincidente de que ni el Presidente ni sus principales ministros desembarcarán en Córdoba para participar en la campaña.
Por un lado, porque aspiran a despegarse de un resultado que a esta altura parece cantado. Pero, además, porque ya ensayan el discurso que usarán en las horas posteriores a la elección: sumarán los porcentajes de Negri y Mestre, dirán que si hubiera existido unidad habrían sido competitivos y culparán a la dirigencia cordobesa por su escasa predisposición para encontrar acuerdos.
En el gobierno de Schiaretti, cualquiera sea la estrategia que ponga en marcha la Casa Rosada en las últimas semanas de campaña, piensan atarse a su plan de acción: mostrarse gestionando, habilitando obras -no pueden inaugurarse por ley- y recorriendo escuelas nuevas. Mientras tanto, ponen la mira más allá del 12 de mayo y de la escena provincial.
La preocupación está enfocada en la economía nacional, en el desconcierto y en las contradicciones permanentes del que fue presentado como el mejor equipo de los 50 años, y, a la vez, en la incapacidad política que muestra el peronismo alternativo, un armado inarticulado y todavía informe, que Schiaretti contribuyó a crear pero que no hace pie.
Si existe un contexto propicio para cambiar a un gobierno y para desalojar a un oficialismo del poder es precisamente este: crisis, recesión, inflación descontrolada, despidos, cierre de fábricas y comercios, constante y vertiginosa pérdida de la calidad de vida. Y aún así, Alternativa Federal no encuentra ni las formas ni los nombres. Es una caótica batalla de egos que carecen de votos. Llegó a autopromocionarse como el PJ racional pero es incapaz de acordar.
Macri se encuentra en el milagroso estado de ser aún competitivo por una doble condicionalidad: por la persistencia de Cristina y por el desconcierto de un peronismo que, por ahora, no es alternativa.
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A un mes de las elecciones provinciales, Peña logró algo que hasta ahora no había conseguido Mario Negri, el candidato de la Casa Rosada en Córdoba: instalar un eje de discusión y que le respondan en vez de ignorarlo.
De todos modos, fue una polémica de suma cero porque el efecto sobre el electorado que puede tener un tema tan frío como el déficit corriente o financiero suele ser nulo, más aún si la acusación surge desde un gobierno que no se ha mostrado especialmente virtuoso, ni mucho menos, en el manejo de las finanzas.
Pero para el schiarettismo se trató de un llamado de atención, de una especie de señal de largada emitida por el orquestador de las operaciones políticas que surgen de Balcarce 50. “Peña es la desesperación, lo irracional, el todo vale. Lo que se viene en Córdoba en breve es el plan B, la campaña sucia que diseñó Peña y armaron los servicios. Ya tuvimos algunos ejemplos de denuncias falsas contra algunos candidatos nuestros y eso es lo que se verá: ataques personales, denuncias de corrupción. Pero estamos convencidos de que no va a dar resultado”, indicaron desde El Panal. En el schiarettismo creen que como no avanzó en la construcción de un candidato competitivo, el macrismo apostará por un intento de erosión del oficialismo desde la negatividad.
En ese marco se inscribe el desembarco próximo de Elisa Carrió, autoasumida como faro moral pero ella misma con límites morales difusos y móviles, para contribuir a la campaña de su “amigo del alma”: Mario Negri.
En Cambiemos, reconvertido a Córdoba Cambia, admiten que la elección en la provincia les es desfavorable, casi irremontable desde el momento mismo en que quedaron divididos en dos.
Para tratar de acortar ventajas, Negri ha apostado por una serie de promesas que apuntan al bolsillo -el mismo bolsillo contra el que atenta constantemente el gobierno nacional- pero que no terminan de convertirse en ejes de gravitación en la campaña. Su último ensayo pasa por anunciar una reducción del 50% en el monto de las multas de la Caminera, al que hay que sumarle la baja del 25% en la tarifa de Epec y las exenciones en el Inmobiliario para los jubilados.
Tanta fruición anunciatoria es sintomática en un candidato. Primero, porque al caer en esa conducta se autoasume como perdedor pero, además, en esta elección existe un hecho adicional no menor: la existencia de otro opositor, Ramón Mestre.
Si Negri promete a repetición, ¿no será porque no sólo está perdiendo contra Schiaretti sino porque sus publicistas palpan la posibilidad de que el representante de la Casa Rosada quede tercero? En Córdoba Cambia lo descartan. Desestiman las encuestas que plantean un cabeza a cabeza entre el diputado y el intendente de Córdoba y aseguran que el panorama está claramente definido. “Mario está segundo y Mestre tercero y creemos que así va a ser. El problema es que Mario está muy lejos de Juan”, indicó un dirigente de Córdoba Cambia a nivel provincial.
En esa fuerza se quejan además de la enorme desigualdad de despliegue publicitario que existe entre Schiaretti y Negri. “En ese punto perdemos 10 a 1”, dicen. Pero ese dato también permite obtener conclusiones. Si Negri carece de recursos suficientes para encarar una campaña a gobernador en Córdoba es porque la Casa Rosada no le suelta fondos en la magnitud esperada. Cambiemos necesita que Negri crezca pero sin exponerse al riesgo de quedar pegado a una derrota elocuente. De ahí, la campaña en las sombras.
El desapego en público ha venido siendo la actitud del Pro con sus candidatos condenados a la derrota. Pasó en Neuquén y en Río Negro. Y, si todo continúa como hasta ahora, exactamente lo mismo podría ocurrir en Córdoba. Tanto en el macrismo como en el justicialismo manejan la información coincidente de que ni el Presidente ni sus principales ministros desembarcarán en Córdoba para participar en la campaña.
Por un lado, porque aspiran a despegarse de un resultado que a esta altura parece cantado. Pero, además, porque ya ensayan el discurso que usarán en las horas posteriores a la elección: sumarán los porcentajes de Negri y Mestre, dirán que si hubiera existido unidad habrían sido competitivos y culparán a la dirigencia cordobesa por su escasa predisposición para encontrar acuerdos.
En el gobierno de Schiaretti, cualquiera sea la estrategia que ponga en marcha la Casa Rosada en las últimas semanas de campaña, piensan atarse a su plan de acción: mostrarse gestionando, habilitando obras -no pueden inaugurarse por ley- y recorriendo escuelas nuevas. Mientras tanto, ponen la mira más allá del 12 de mayo y de la escena provincial.
La preocupación está enfocada en la economía nacional, en el desconcierto y en las contradicciones permanentes del que fue presentado como el mejor equipo de los 50 años, y, a la vez, en la incapacidad política que muestra el peronismo alternativo, un armado inarticulado y todavía informe, que Schiaretti contribuyó a crear pero que no hace pie.
Si existe un contexto propicio para cambiar a un gobierno y para desalojar a un oficialismo del poder es precisamente este: crisis, recesión, inflación descontrolada, despidos, cierre de fábricas y comercios, constante y vertiginosa pérdida de la calidad de vida. Y aún así, Alternativa Federal no encuentra ni las formas ni los nombres. Es una caótica batalla de egos que carecen de votos. Llegó a autopromocionarse como el PJ racional pero es incapaz de acordar.
Macri se encuentra en el milagroso estado de ser aún competitivo por una doble condicionalidad: por la persistencia de Cristina y por el desconcierto de un peronismo que, por ahora, no es alternativa.

