Una jugada a fondo
El intendente Martín Gill está jugando fuerte para la construcción de consenso para la ciudad deportiva y el nuevo salón de los deportes. Anunció y puso en agenda un tema inimaginado hasta ese momento, animándose a una gambeta muy arriesgada a relativamente pocos meses de las elecciones municipales para renovar autoridades.
Así multiplicó reuniones con referentes de todos los espacios deportivos e institucionales, esperando contar con el visto bueno que lo ayude a tener los votos necesarios en el Concejo Deliberante.
O al menos que, si no hay acuerdo unánime, la disidencia se disimule atrás del consenso institucional. Es que convertirse en una de las ciudades del interior con mayor infraestructura deportiva no es gratis, implica desprenderse de bienes que forman parte de la historia local, tal el caso de la Plaza Manuel Anselmo Ocampo, también llamada canchita de ejercicios físicos.
La Placita, esa misma que, según testimonian las fotos de la época, supo albergar los pases de hasta el propio Diego Armando Maradona. Y además quedarse sin el Salón de los Deportes, aunque en este caso el edificio se encuentra cuasi sin actividad por el estado en que está, conteniendo apenas la posibilidad de la práctica de algunas disciplinas deportivas sin la participación de público.
Ante eso hay dos posiciones muy claras: los que creen que los dos proyectos presentados por privados constituyen una oportunidad única que multiplicará posibilidades deportivas para llegar a los máximos niveles de competencia y también dará opciones a otras disciplinas que, aunque tengan adeptos locales, no disponen de espacios apropiados para la práctica. Y están los otros, los que no quieren desprenderse de nada que sea patrimonio histórico, algunos desde la más genuina defensa de esos espacios que son parte de la identidad local, y otros con una mirada más egoísta, en el afán de decir no a cualquier propuesta que llegue de manos del gobierno.
Sí hay coincidencia en que la ciudad necesita estructuras como las que se impulsan. Y ante eso hay, al menos de acuerdo a lo que se conoce hasta el momento, como única opción renunciar a esos dos espacios públicos. Dicen que perder para ganar.
Así las cosas, a la última palabra la tendrán los concejales. Por el lado del oficialismo se descuenta que el acompañamiento estará. Del otro lado, en Juntos por Villa María, ya hay concejales que anticiparon su desacuerdo, tal el caso de la presidenta del bloque, Gisele Machicado, que no cuestionó los proyectos, sí la cesión de patrimonio público para su ejecución. Esto lo dijo después de la reunión con Gill, porque el intendente también los convocó para mostrarles las iniciativas. Y marcó su posición desde el Frente Cívico, espacio al que representa en la coalición que en esta ciudad encarna la oposición.
Y eso no es poco, porque de ese sector salió la oposición más activa al anterior intento de canjear bienes públicos por infraestructura deportiva, desde donde incluso se judicializó el tema, aunque después la Justicia le dio la razón al gobierno de turno. Y dos de los protagonistas de entonces fueron Omar Rabaglio y Delfín Polack, hoy titular del Ente de Control de los Servicios Públicos y edil de la oposición, respectivamente, patrocinados por Jorge Valinotto. Increíbles las vueltas de la vida (y de la política), porque desde el Deliberante ahora Polack será uno de los decisores por el sí o el no.
El anterior intento de canje permanece en la memoria de los villamarienses por la polémica que despertó y las posiciones abiertamente en contra que generó. En ese aspecto sí hay que decir que, en esta oportunidad, las manifestaciones opositoras son algo más tibias, aunque ya circulan en las redes sociales propuestas a favor de abrazar la Plaza de manera simbólica.
En el intento anterior, durante la Intendencia de Nora Bedano y también impulsado por Eduardo Accastello, se quiso cambiar la Plaza, más el Salón de los Deportes, más las 10 hectáreas que hoy conforman el barrio Ramón Carillo, que es donde pudieron hacer su vivienda más de un centenar de familias, por dos estadios, uno de ellos cubierto. Fue tal la polémica que se desató, basada en lo que se planteó como un “megacanje” para facilitar el negocio de privados, que todo ese revuelo hirió de muerte el intento.
Ahora el tema está de vuelta. Con otras características, pero con el recuerdo fresco de lo que pasó hace poco más de una década. Y ante eso decenas de reuniones y encuentros dando explicaciones, para esquivar las polémicas que el propio Gill sabía se iban a generar.
Pero igual decidió arriesgar y buscar un consenso que indique que hay más para ganar que para perder, aunque eso signifique quedarse sin la Placita. Y para eso también tiene que lograr que quede más que claro que efectivamente existe equilibrio entre las inversiones exigidas y el beneficio para los privados.
El tema está de vuelta. Gill está jugando fuerte. Y en ese objetivo está poniendo toda la carne en el asador.
Si fracasa en el intento su poder quedará cuanto menos golpeado. Pero si lo logra saldrá fortalecido y casi indemne de cara a 2019.
Hay que reconocerle el coraje para salir a la cancha. En ese marco, las próximas semanas serán decisivas.
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Así multiplicó reuniones con referentes de todos los espacios deportivos e institucionales, esperando contar con el visto bueno que lo ayude a tener los votos necesarios en el Concejo Deliberante.
O al menos que, si no hay acuerdo unánime, la disidencia se disimule atrás del consenso institucional. Es que convertirse en una de las ciudades del interior con mayor infraestructura deportiva no es gratis, implica desprenderse de bienes que forman parte de la historia local, tal el caso de la Plaza Manuel Anselmo Ocampo, también llamada canchita de ejercicios físicos.
La Placita, esa misma que, según testimonian las fotos de la época, supo albergar los pases de hasta el propio Diego Armando Maradona. Y además quedarse sin el Salón de los Deportes, aunque en este caso el edificio se encuentra cuasi sin actividad por el estado en que está, conteniendo apenas la posibilidad de la práctica de algunas disciplinas deportivas sin la participación de público.
Ante eso hay dos posiciones muy claras: los que creen que los dos proyectos presentados por privados constituyen una oportunidad única que multiplicará posibilidades deportivas para llegar a los máximos niveles de competencia y también dará opciones a otras disciplinas que, aunque tengan adeptos locales, no disponen de espacios apropiados para la práctica. Y están los otros, los que no quieren desprenderse de nada que sea patrimonio histórico, algunos desde la más genuina defensa de esos espacios que son parte de la identidad local, y otros con una mirada más egoísta, en el afán de decir no a cualquier propuesta que llegue de manos del gobierno.
Sí hay coincidencia en que la ciudad necesita estructuras como las que se impulsan. Y ante eso hay, al menos de acuerdo a lo que se conoce hasta el momento, como única opción renunciar a esos dos espacios públicos. Dicen que perder para ganar.
Así las cosas, a la última palabra la tendrán los concejales. Por el lado del oficialismo se descuenta que el acompañamiento estará. Del otro lado, en Juntos por Villa María, ya hay concejales que anticiparon su desacuerdo, tal el caso de la presidenta del bloque, Gisele Machicado, que no cuestionó los proyectos, sí la cesión de patrimonio público para su ejecución. Esto lo dijo después de la reunión con Gill, porque el intendente también los convocó para mostrarles las iniciativas. Y marcó su posición desde el Frente Cívico, espacio al que representa en la coalición que en esta ciudad encarna la oposición.
Y eso no es poco, porque de ese sector salió la oposición más activa al anterior intento de canjear bienes públicos por infraestructura deportiva, desde donde incluso se judicializó el tema, aunque después la Justicia le dio la razón al gobierno de turno. Y dos de los protagonistas de entonces fueron Omar Rabaglio y Delfín Polack, hoy titular del Ente de Control de los Servicios Públicos y edil de la oposición, respectivamente, patrocinados por Jorge Valinotto. Increíbles las vueltas de la vida (y de la política), porque desde el Deliberante ahora Polack será uno de los decisores por el sí o el no.
El anterior intento de canje permanece en la memoria de los villamarienses por la polémica que despertó y las posiciones abiertamente en contra que generó. En ese aspecto sí hay que decir que, en esta oportunidad, las manifestaciones opositoras son algo más tibias, aunque ya circulan en las redes sociales propuestas a favor de abrazar la Plaza de manera simbólica.
En el intento anterior, durante la Intendencia de Nora Bedano y también impulsado por Eduardo Accastello, se quiso cambiar la Plaza, más el Salón de los Deportes, más las 10 hectáreas que hoy conforman el barrio Ramón Carillo, que es donde pudieron hacer su vivienda más de un centenar de familias, por dos estadios, uno de ellos cubierto. Fue tal la polémica que se desató, basada en lo que se planteó como un “megacanje” para facilitar el negocio de privados, que todo ese revuelo hirió de muerte el intento.
Ahora el tema está de vuelta. Con otras características, pero con el recuerdo fresco de lo que pasó hace poco más de una década. Y ante eso decenas de reuniones y encuentros dando explicaciones, para esquivar las polémicas que el propio Gill sabía se iban a generar.
Pero igual decidió arriesgar y buscar un consenso que indique que hay más para ganar que para perder, aunque eso signifique quedarse sin la Placita. Y para eso también tiene que lograr que quede más que claro que efectivamente existe equilibrio entre las inversiones exigidas y el beneficio para los privados.
El tema está de vuelta. Gill está jugando fuerte. Y en ese objetivo está poniendo toda la carne en el asador.
Si fracasa en el intento su poder quedará cuanto menos golpeado. Pero si lo logra saldrá fortalecido y casi indemne de cara a 2019.
Hay que reconocerle el coraje para salir a la cancha. En ese marco, las próximas semanas serán decisivas.