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Massa hizo una apuesta audaz contra la inflación

El ministro sorprendió ayer al plantear una meta del 3% para abril del año que viene, cuando fue del 6,3% en octubre. El objetivo incluso sobrecumpliría la pauta del presupuesto que establece un 60% para 2023. Los obstáculos no son pocos

El valor de la canasta básica alimentaria en la Argentina viaja al doble de velocidad que hace un año atrás. Pero si la comparación se hace de manera intermensual, la cifra se triplica.

En octubre del año pasado el porcentaje de aumento era del 49% con respecto al mismo período de 2020, mientras que ahora ese valor escaló al 100%, rompiendo la barrera simbólica de las tres cifras. Eso implicó que en pesos la cifra pasara de $30.925 a $62.105 en apenas 12 meses. Esa velocidad es aún mayor que la de la canasta básica total, que aumentó 93% interanual. Segmentando el período de tiempo se observa a su vez que el “sprint final” fue notorio, ya que en julio la canasta alimentaria tenía un alza interanual del 70%. Ese mes marcó un quiebre en la gestión económica con la salida de Martín Guzmán, el interinato de Silvina Batakis y la llegada finalmente de Sergio Massa en apenas un mes.

Pero cuando se observa cuánto había aumentado la canasta alimentaria en octubre de 2021 contra el mes previo se observa que el alza fue del 3% contra el 9,5% de esa misma comparación para este año. Allí se explica lo del “sprint final”.

El movimiento que muestran las canastas refleja que la línea de indigencia sube más rápido que la de la pobreza. Eso implica que la pobreza extrema tiene mayor probabilidad de sumar más personas bajo esa condición en el país, aunque eso recién se conocerá en marzo del año próximo, cuando el Indec difunda la pobreza y la indigencia correspondiente al último tramo de este año.

Sin embargo quienes trabajan en las estadísticas sociales dan una primera pista sobre los números que pueden llegar a surgir de las próximas publicaciones que dé a conocer el Indec a fines del primer trimestre de 2023: con una inflación mensual al 6% mensual o superior, no hay en general ingresos que puedan acercarse. Eso quiere decir que transitamos un escenario de mayor pobreza e indigencia.

Por eso el Gobierno intenta mientras tanto dos caminos: promete que rápidamente bajará la inflación y analiza inyectar más recursos en los bolsillos para que la situación social no acelere su deterioro.

Sobre el primer punto, el ministro Sergio Massa afirmó ayer que el objetivo es que en abril la inflación marche al 3% mensual. Eso implicaría bajar la velocidad a menos de la mitad de la actual. No deja de ser ambicioso y con un margen de probabilidad realmente acotado teniendo en cuenta que restarían 6 meses para ese momento y en noviembre no hay indicios fuertes de desaceleración. Diciembre, se sabe, es generalmente complejo porque se dan una serie de variables estacionales que tienden a recalentar los precios, como una demanda mayor alentada por las fiestas, las vacaciones y el cobro del medio aguinaldo.

Pero si la promesa de Massa se lograra y a partir de allí no se diera un rebote, el año próximo estaría sobrecumplida la meta inflacionaria anual estimada en el presupuesto en un 60%. Si para abril se alcanza un valor mensual del 3%, la anual podría ubicarse en torno al 50%. Hoy eso parece ciencia ficción, salvo que el Gobierno haya cambiado su parecer y lance con contundencia un plan de shock que hasta aquí resistió porque los efectos podrían escapar al control pleno y los riesgos de fugas de variables son demasiado altos.

Lo cierto es que el desafío de la inflación tiene traducción no sólo en lo social y económico, sino también en lo político porque comienza un año electoral en el que una gestión que lo inicia con tasas de tres dígitos anuales tiene pocas chances de obtener algún tipo de éxito en las urnas. Y lógicamente que le facilita mucho la tarea a la oposición, más allá de que se las arregla para generarse sus propios problemas y obstáculos.

La atmósfera económica de la Argentina es difícil. Los sectores industriales que siguen creciendo en niveles de producción comienzan a advertir cierta ralentización en esa curva de mejora básicamente por dos razones:las trabas a las importaciones que las fábricas de Córdoba se encargaron de plantear con contundencia la semana pasada; y la caída del consumo interno que naturalmente termina impactando en la producción. Ya se refleja en el segmento comercial. De hecho, la Federación Comercial de Córdoba (Fedecom), acaba de publicar un balance de las ventas del mes pasado en el que explicó que finalizaron “con una caída del 5,3% frente a igual mes del año anterior”. Vale remarcar que el rubro Alimentos y bebidas se desplomó más del 6%. La explicación que dio el presidente de la entidad, Ezequiel Cerezo, fue que “la suba constante de precios y la pérdida del poder adquisitivo de los salarios afecta el desempeño de las ventas minoristas en general”. Es decir que los ingresos de la población, a grandes rasgos, alcanzan para comprar cada vez menos cosas. Esa marea está llegando ahora a la industria. Y en ese camino, el temor mayor es que termine alcanzando luego el mercado laboral, que hasta acá viene mostrando niveles de crecimiento, aunque mayormente dominado por empleos informales o cuentapropistas, especialmente monotributistas y no trabajo privado en blanco que sigue estancado desde hace más de una década.