El autojuicio de Macri y las culpas por la pobreza
El Presidente dijo en 2016 que quería ser juzgado por la cantidad de pobres. El índice acaba de dar un salto. En Córdoba, Mestre y el oficialismo polemizaron sobre la responsabilidad del deterioro
Cuando pidió, en 2016, ser juzgado por la evolución del índice de pobreza, Mauricio Macri no debió haber imaginado que tres años después, justo cuando empieza la pelea por su reelección, la estadística que mide la cantidad de argentinos con necesidades básicas insatisfechas iba a saltar del 25,7 al 32 por ciento. Eso significa que, por la actual política económica, cada día 7.260 personas se vuelven pobres y no llegan a comprar los alimentos indispensables, o las zapatillas de los chicos, o no les alcanza para pagar el alquiler.
Si ese es el dato por el que quería ser evaluado como gobernante, el Presidente no ha hecho más que autoinculparse y admitir que su gobierno es un incontrastable fracaso. Desde esa base debería salir a pedirles a los electores que le den cuatro años más para continuar con lo que viene haciendo. Hay que decir que no sería precisamente un argumento electoral efectivo y cautivante.
Por eso, para no llevar colgado el cartel del fracaso, Macri ha venido dando un giro discursivo en los últimos meses y ya dejó de referirse a su combate contra la pobreza para concentrarse en conceptos menos mensurables y más opinables. Por eso habla de que el país mejoró institucionalmente, o de que las estadísticas oficiales ahora son confiables o de que el mundo mira a Argentina con otros ojos -el mundo vendrían a ser los gobernantes y los miembros del FMI que están prestando miles de millones de dólares y ordenándole al propio Macri lo que debe hacer para salir, entre otros males, del desastre de endeudamiento que se desbocó desde 2015-.
Lo peor para el Presidente -pero aún más para los argentinos- es que desde diciembre de 2018, cuando se hizo la medición que arrojó el 32 por ciento de pobres, no hubo una recuperación de la economía que habilite la esperanza de una reversión de la tendencia. Todo lo contrario. La actividad económica cayó el 5,7 por ciento en enero, con la consiguiente pérdida de puestos de trabajo, retracción de ventas y más empobrecimiento.
Dentro del panorama desolador que describió el Indec, hubo un dato para tomar nota. Con el 36,5 por ciento, la ciudad de Córdoba integra el lote de distritos con mayor índice de pobreza y supera incluso al Gran Buenos Aires, que registró el 35,9 por ciento.
La novedad provocó una conducta previsible en la dirigencia: se disparó inmediatamente un debate sobre quién tiene la culpa. Ramón Mestre, intendente de Córdoba y candidato a gobernador por el radicalismo, le reclamó a Juan Schiaretti que no se haga el distraído porque la responsabilidad de la pobreza recae en la Provincia.
Como argumento adolece de inconsistencias. Primero, como es lógico, difícilmente una gobernación pueda atajar el índice de pobreza si en el país está instaurado un modelo recesivo, que además atenta contra la industria -uno de los fuertes de la economía de Córdoba capital- y es soberanamente incapaz de contener la inflación.
Pero, además, el Indec no mide solamente Córdoba. También está incluida Río Cuarto. Y en la capital alterna la pobreza afecta al 29,3 por ciento, 7,2 puntos menos que la ciudad gobernada por Mestre ¿Cuál es reflejo entonces de la política provincial? ¿Córdoba, incluida entre los distritos más empobrecidos, o Río Cuarto, que está entre los menos golpeados?
Culpar exclusivamente a la Provincia por el número de pobres es tan engañoso como si se pretendiera adjudicarles a los municipios las diferencias negativas o positivas en la medición. Sería como endilgarle a Mestre el hecho de que su ciudad tenga 7,2 puntos más que Río Cuarto.
Cada ciudad posee sus características, que la hacen más o menos vulnerable a los barquinazos de la economía nacional. Ni el 36,5 por ciento de Córdoba es consecuencia de la impericia de Mestre, ni el 29,3 por ciento de Río Cuarto es adjudicable a la política de Juan Manuel Llamosas.
Aunque un aspecto que puede desprenderse de las críticas de Mestre a la Provincia sí es atendible. A juzgar por las estadísticas, Córdoba no es la isla de prosperidad y bonanza que pretende construir como concepto publicitario el gobierno de Schiaretti. Y también puede concluirse que las políticas sociales puestas en marcha tanto por las gestiones provinciales como municipales no alcanzan para cumplir el objetivo por el que existen: atenuar al menos el deterioro de las condiciones de vida.
El crecimiento de la pobreza es un resultado indisociable de la gestión de Mauricio Macri. Y en ese punto, quienes han polemizado, tanto Mestre como los funcionarios del schiarettismo, se deben una autocrítica. Porque el intendente de Córdoba, si bien se plantó cuando el Presidente intentó designar a dedo al candidato a gobernador de Cambiemos, no reniega ni de la gestión nacional ni de su modelo. Acaba de decir, incluso, que la relación personal con Macri sigue intacta. Es más, el líder del Pro vino a Córdoba por el Congreso de la Lengua y evitó inclinarse por Mestre o Negri y dijo que el oficialismo nacional tiene a dos postulantes a la gobernación.
Y el schiarettismo, que señala a Macri como el culpable de que haya cada vez más pobres, tampoco puede desentenderse de que dio los votos en el Congreso y el apoyo en los medios para que la ahora defenestrada gestión nacional pudiera concretar algunos de sus proyectos fundamentales. Por ejemplo, si no fuera por la reforma jubilatoria aprobada a fines de 2017, votada por los diputados de Unión por Córdoba, hoy los jubilados nacionales no tendrían aumentos por debajo de la inflación y miles se habrían salvado de caer en la pobreza.
Aunque existe una diferencia no menor en términos electorales. Schiaretti, aún con las dudas que existen sobre si hay o no un pacto con Macri, pudo resguardar su imagen y la de su gestión del desastre nacional. Mestre y Negri, como contrapartida, deberán hacer campaña con ese peso en la mochila. Por eso centran sus críticas en Córdoba, para provincializar la discusión en vez de padecer una nacionalización irremontable.
Sólo para tomar un parámetro, la encuesta de Gustavo Córdoba & Asociados en Río Cuarto marca que hoy, en la misma ciudad donde obtuvo el 72 por ciento de los votos, la gestión de Macri tiene un 62,3 por ciento de imagen negativa. El propio Presidente cosecha un 52,4 por ciento de rechazo.
En ese contexto, y con una economía en recesión, ante un Schiaretti que obtiene un 63,6 por ciento de aprobación de gestión, los dos candidatos más fuertes de la oposición deben iniciar sus campañas.
Marcos Jure. Redacción Puntal
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Si ese es el dato por el que quería ser evaluado como gobernante, el Presidente no ha hecho más que autoinculparse y admitir que su gobierno es un incontrastable fracaso. Desde esa base debería salir a pedirles a los electores que le den cuatro años más para continuar con lo que viene haciendo. Hay que decir que no sería precisamente un argumento electoral efectivo y cautivante.
Por eso, para no llevar colgado el cartel del fracaso, Macri ha venido dando un giro discursivo en los últimos meses y ya dejó de referirse a su combate contra la pobreza para concentrarse en conceptos menos mensurables y más opinables. Por eso habla de que el país mejoró institucionalmente, o de que las estadísticas oficiales ahora son confiables o de que el mundo mira a Argentina con otros ojos -el mundo vendrían a ser los gobernantes y los miembros del FMI que están prestando miles de millones de dólares y ordenándole al propio Macri lo que debe hacer para salir, entre otros males, del desastre de endeudamiento que se desbocó desde 2015-.
Lo peor para el Presidente -pero aún más para los argentinos- es que desde diciembre de 2018, cuando se hizo la medición que arrojó el 32 por ciento de pobres, no hubo una recuperación de la economía que habilite la esperanza de una reversión de la tendencia. Todo lo contrario. La actividad económica cayó el 5,7 por ciento en enero, con la consiguiente pérdida de puestos de trabajo, retracción de ventas y más empobrecimiento.
Dentro del panorama desolador que describió el Indec, hubo un dato para tomar nota. Con el 36,5 por ciento, la ciudad de Córdoba integra el lote de distritos con mayor índice de pobreza y supera incluso al Gran Buenos Aires, que registró el 35,9 por ciento.
La novedad provocó una conducta previsible en la dirigencia: se disparó inmediatamente un debate sobre quién tiene la culpa. Ramón Mestre, intendente de Córdoba y candidato a gobernador por el radicalismo, le reclamó a Juan Schiaretti que no se haga el distraído porque la responsabilidad de la pobreza recae en la Provincia.
Como argumento adolece de inconsistencias. Primero, como es lógico, difícilmente una gobernación pueda atajar el índice de pobreza si en el país está instaurado un modelo recesivo, que además atenta contra la industria -uno de los fuertes de la economía de Córdoba capital- y es soberanamente incapaz de contener la inflación.
Pero, además, el Indec no mide solamente Córdoba. También está incluida Río Cuarto. Y en la capital alterna la pobreza afecta al 29,3 por ciento, 7,2 puntos menos que la ciudad gobernada por Mestre ¿Cuál es reflejo entonces de la política provincial? ¿Córdoba, incluida entre los distritos más empobrecidos, o Río Cuarto, que está entre los menos golpeados?
Culpar exclusivamente a la Provincia por el número de pobres es tan engañoso como si se pretendiera adjudicarles a los municipios las diferencias negativas o positivas en la medición. Sería como endilgarle a Mestre el hecho de que su ciudad tenga 7,2 puntos más que Río Cuarto.
Cada ciudad posee sus características, que la hacen más o menos vulnerable a los barquinazos de la economía nacional. Ni el 36,5 por ciento de Córdoba es consecuencia de la impericia de Mestre, ni el 29,3 por ciento de Río Cuarto es adjudicable a la política de Juan Manuel Llamosas.
Aunque un aspecto que puede desprenderse de las críticas de Mestre a la Provincia sí es atendible. A juzgar por las estadísticas, Córdoba no es la isla de prosperidad y bonanza que pretende construir como concepto publicitario el gobierno de Schiaretti. Y también puede concluirse que las políticas sociales puestas en marcha tanto por las gestiones provinciales como municipales no alcanzan para cumplir el objetivo por el que existen: atenuar al menos el deterioro de las condiciones de vida.
El crecimiento de la pobreza es un resultado indisociable de la gestión de Mauricio Macri. Y en ese punto, quienes han polemizado, tanto Mestre como los funcionarios del schiarettismo, se deben una autocrítica. Porque el intendente de Córdoba, si bien se plantó cuando el Presidente intentó designar a dedo al candidato a gobernador de Cambiemos, no reniega ni de la gestión nacional ni de su modelo. Acaba de decir, incluso, que la relación personal con Macri sigue intacta. Es más, el líder del Pro vino a Córdoba por el Congreso de la Lengua y evitó inclinarse por Mestre o Negri y dijo que el oficialismo nacional tiene a dos postulantes a la gobernación.
Y el schiarettismo, que señala a Macri como el culpable de que haya cada vez más pobres, tampoco puede desentenderse de que dio los votos en el Congreso y el apoyo en los medios para que la ahora defenestrada gestión nacional pudiera concretar algunos de sus proyectos fundamentales. Por ejemplo, si no fuera por la reforma jubilatoria aprobada a fines de 2017, votada por los diputados de Unión por Córdoba, hoy los jubilados nacionales no tendrían aumentos por debajo de la inflación y miles se habrían salvado de caer en la pobreza.
Aunque existe una diferencia no menor en términos electorales. Schiaretti, aún con las dudas que existen sobre si hay o no un pacto con Macri, pudo resguardar su imagen y la de su gestión del desastre nacional. Mestre y Negri, como contrapartida, deberán hacer campaña con ese peso en la mochila. Por eso centran sus críticas en Córdoba, para provincializar la discusión en vez de padecer una nacionalización irremontable.
Sólo para tomar un parámetro, la encuesta de Gustavo Córdoba & Asociados en Río Cuarto marca que hoy, en la misma ciudad donde obtuvo el 72 por ciento de los votos, la gestión de Macri tiene un 62,3 por ciento de imagen negativa. El propio Presidente cosecha un 52,4 por ciento de rechazo.
En ese contexto, y con una economía en recesión, ante un Schiaretti que obtiene un 63,6 por ciento de aprobación de gestión, los dos candidatos más fuertes de la oposición deben iniciar sus campañas.
Marcos Jure. Redacción Puntal