Opinión | Milei | elecciones | opinión

Milei, el peligro y la posibilidad

El libertario encarna una concepción basada en arrasar y hacer explotar todo lo existente. Pero, a la vez, en el plano electoral configuró un escenario que le permitió al oficialismo seguir vivo

Argentina está cerca de cumplir 40 años de democracia. Quien asuma ese día, el 10 de diciembre, recibirá el bastón de mando de manos de Alberto Fernández. Pero también de Mauricio Macri, de Cristina Fernández, de Néstor Kirchner, de Eduardo Duhalde, de Adolfo Rodríguez Saá, de Carlos Menem y de Raúl Alfonsín. Será el continuador de una historia de ilusiones y desilusiones, de expectativas y fracasos, de crisis cíclicas y de resurgimientos.

La de hoy no será una elección más sino una especialmente determinante porque se enmarca en un momento límite en lo económico y social, que contiene además la posibilidad de un agravamiento en el corto plazo. En lo político también el país se encuentra ante una particularidad porque el sistema político está resquebrajado y porque la organización estructural que, a grandes rasgos, se ha sostenido en los últimos cuarenta años se encuentra amenazada. Los dos grandes polos, que primero tuvieron la forma de partidos y después de coaliciones, aparecen hoy desafiados por un outsider que sorprendió en las primarias y, aunque ajustadamente, se alzó con el primer puesto haciendo gala de un discurso incendiario, antipolítico y antisistema. Su gran promesa es arrasar con la casta, la moneda y el Estado.

Javier Milei, el libertario que irrumpió en la vida pública como un estrafalario columnista de TV al que invitaban porque era divertido verlo gritar insensateces, lidera ahora un movimiento bizarro, que combina personajes comoRamiro Marra o Lilia Lemoine, pero que supo tocar alguna fibra de un sector importante del electorado que expresa a través de él su descontento con la política tradicional, con el presente que le ofrece y, también, con la falta de proyección de futuro.

A 40 años de la vuelta de la democracia, Milei encarna, en muchos aspectos, el cuestionamiento de los consensos básicos que el país arrastra desde 1983 y que hasta ahora parecían indiscutibles. Su vice, Victoria Villarruel, recupera la teoría de los dos demonios y su posible canciller, la cordobesa Diana Mondino, revierte la política de reivindicación que el país ha tenido con las Islas Malvinas y habla de dejarles a los kelpers la decisión de ser argentinos o británicos.

Pero, más allá de la profundidad de esos temas, Milei representa algo más.Más extremo. El candidato de La Libertad Avanza aspira, como fin último, a erradicar el Estado. Pero como sabe que esa aspiración de máxima es imposible, al menos buscará achicarlo hasta la mínima expresión. Ese concepto implica reducir las redes de contención en un país con el 40,1 % de pobres y el 9,3% de indigentes. Desarticular la salud pública, la educación, la investigación financiada por el Estado, por ejemplo.

Pero Milei va incluso más a fondo, ya a un nivel que no se detiene en la sociedad y el Estado sino que involucra también a la unidad mínima de una comunidad: el individuo. Porque de los conceptos que ha expresado en innumerables discursos y entrevistas se desprende que, en su modelo, una persona o un ciudadano serán reducidos a otra categoría. Ya ni siquiera a la de consumidor, sino a la de mercancía. De ahí se desprende que haya planteado que podrían venderse y comprarse órganos o que Lemoine haya citado a un autor, Murray Rothbard, que postula que los hijos son propiedad de los padres y que, por lo tanto, pueden ser abandonados como se hace con un objeto.

Así como en el ideario de La Libertad Avanza el Estado debe dar paso al Mercado, y allí donde no haya utilidades económicas una persona o una comunidad deben ser dejadas a su suerte, el individuo debe ser disminuido a lo que de él es mercantilizable.

Por supuesto, hay quienes consideran que esa mirada es aberrante. Y hacen foco en Milei. Sin embargo, tal vez más preocupante que el candidato sea el hecho de que, al menos en las Paso, tres de cada diez argentinos avalaron esa idea de sociedad que el libertario proyecta. Y lo hacen, curiosamente, a pesar de que muchos de ellos se verían afectados por las medidas que el actual diputado defiende con pasión.

Se sostiene que son votantes enojados, que expresan su bronca, su malestar y su frustración a través de Milei. Es su forma de castigar a los políticos tradicionales. Eso puede ser real. Y el enojo es también comprensible. Argentina viene de dos períodos de gobierno, uno de Juntos por el Cambio y otro del Frente de Todos, de resultados catastróficos. El dólar pasó de 16 pesos a 1.050, la inflación, que Macri recibió en el 25%, está en el 138% y en ascenso, el poder de compra se ha deteriorado dramáticamente, y el salario en dólares pasó de 1.844 en 2016 a 331 en la actualidad.

¿Cómo no va a estar enojado alguien que trabaja todo el día y ve cómo a su sueldo lo devora la inflación? Es esperable esa respuesta emocional. Lo que tal vez sea menos explicable es cómo canaliza ese enojo alquien que está en el universo de argentinos que con toda probabilidad serán víctimas de las medidas que propone Milei, sobre todo en el plano económico. Tal como planteó el economista Emmanuel Álvarez Agis, pero también Guillermo Mondino, hermano de la “canciller” de Milei, la dolarización sin dólares que pergeña el libertario implica primero una hiperinflación. Y si el 12 por ciento de inflación es malo, ni que hablar de un nivel del 50 por ciento mensual como mínimo.

A la lógica subyacente de ese voto tal vez la haya explicado el propio Milei cuando dijo en una entrevista que tiene que explotar todo para que se lleve puesta a la casta política. El libertario parece tener especial inclinación por las explosiones: el miércoles, en su cierre de campaña en el Movistar Arena, en las pantallas gigantes que tenía atrás se veían imágenes de fuego y demoliciones.

Pero, otra vez, la pregunta está en el votante: ¿por qué lo seduce a un sector esa idea de explosión, sobre todo teniendo en cuenta que está adentro de lo que va a explotar? Sería como si esa misma persona sufriera una serie de desperfectos especialmente molestos en su casa -se le llueve el techo, tiene problemas con el gas, entre otros dramas- y llega a la conclusión de que para arreglarlos tiene que meter una bomba. Difícilmente resuelva algo así. Los problemas van a desaparecer pero la casa también.

La fuerza política de Milei no se asienta en positividades; sólo en la negatividad que implica arrasar con todo, cerrar áreas del Estado, terminar con toda la organización previa del país.

Esos son sus conceptos. Sus peligrosos conceptos. Pero en el plano puramente electoral, pensando en el escenario y en los demás candidatos, el libertario no representa para todos lo mismo. Para Patricia Bullrich es una desgracia porque le ocupó el lugar de oposición predominante a Juntos por el Cambio y, además, porque le desenfocó el discurso. De hecho, la candidata nunca terminó de encontrar el tono ni el destinatario.

Para Sergio Massa, en cambio, Milei implica algo distinto. Es una amenaza, por supuesto, porque puede ganarle. Pero, a la vez, le generó una oportunidad:fue el protagonista que le permitió seguir con vida. Primero por una cuestión obvia: porque dividió el voto opositor. Aunque hay otro aspecto adicional igual de relevante:el discurso del libertario, su idea de la sociedad y del individuo, generó un corrimiento del eje que, normalmente, debería haberse discutido en esta elección:la economía.

Milei, porque no puede evitarlo, no se limitó a martillar sobre las deficiencias económicas del actual gobierno sino que se explayó sobre sus polémicas ideas sobre la sociedad y el Estado.Esas concepciones, para muchos inconcebibles, hicieron que un sector del electorado perciba hoy al libertario como una amenaza contra aspectos más fundamentales que la economía y la inflación. Y eso ha sido, en gran parte, lo que ha mantenido a Massa competitivo y con chances de llegar al balotaje.

Hoy, en las urnas, se expresará qué fue lo que finalmente prevaleció.

Un actor también importante del escenario electoral, y que creció después de los debates, es Juan Schiaretti. Las encuestas -siempre hay que tomarlas con pinzas- le auguran un crecimiento;algunas lo ubican incluso en torno a los 10 puntos. Si así fuera, entonces el gobernador habría sorteado el riesgo principal que lo rondaba: caerse después de las Paso. Pero, además, si logra no sólo sostener su caudal sino incrementarlo, y sobre todo si se afianza en Córdoba, habrá que preguntarse de dónde salieron esos votos, a qué otros candidatos no fueron. Una primera conclusión permitiría decir que la permanencia de Schiaretti podría terminar siendo funcional, irónicamente, a Massa: porque si preserva más de un 27% de los votos cordobeses, de electores que principalmente se embanderan en el antikirchnerismo y que difícilmente se inclinarían al menos en primera vuelta por acompañar al oficialismo nacional, entonces el gobernador habrá hecho de tapón involuntario para evitar que ese caudal termine optando por la boleta de Milei o la de Bullrich.

A veces, la política tiene caminos impensados.