Agustín Druetta tiene treinta años. La música nació “como un hobby” en él cuando era muy chico. “Le fui poniendo fichas y hoy en día se convirtió en mi trabajo”, destacó. Nacido en la ciudad de Córdoba, Druetta llegó a Villa María en el año 2009 para estudiar la Licenciatura en Composición Musical, carrera que forma parte de la propuesta académica de la Universidad Nacional Villa María (UNVM).
Trabajó durante algunos años en la radio de la universidad, pero fue despedido en 2015, por lo que tuvo que regresar a la ciudad capital. “Decidí volver a Córdoba y dedicarme de lleno a la música”, sostuvo. La entrevista con Agustín se extendió “un poco más”. Aún quedaban preguntas por hacer.
-¿Cómo es tu recorrido en la música?
-Con la música llevo más de veinte años. Empecé a tocar la guitarra a los ocho y la verdad que no la solté nunca más. Es un camino por el que te vas metiendo ¿viste? Empieza como un juego pero si le agarrás el gusto y te vas adentrando llega un momento en el que tenés que decidir. Mucha gente te dice que no lo sigas, que es un camino difícil, que vas a ser pobre y que no sé qué. Son prejuicios. El camino de la música es tan difícil como el de cualquier otro laburante. Lo bello es que está repleto de emociones.
-¿Cómo llegó a vincularse con los talleres?
-Cuando volví a Córdoba escribí un proyecto para enseñar guitarra en cárceles o contextos de encierro. Me acuerdo que toqué muchas puertas pero la cosa no se daba. Un buen día, cuando ya me había dado por vencido, me llamó Sandra Chiavaro desde el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos para proponerme como profe en el Programa Cultura en las Cárceles. No sé si alguien los anotició o si fue pura coincidencia.
Volviendo a los talleres
-¿Cuál es el objetivo central de las actividades en las cárceles?
-Trato de que el taller sea un espacio de diversión y de relajación. Para mí el objetivo es que el interno se vaya de acá con una sonrisa. A veces escuchás una canción y te viene una sensación como de libertad. Hacia allí es donde hay que apuntar, porque esa es la magia de la música que alegra el alma. A mí no me interesa que aprendan a escribir partituras. Yo quiero que vengan a jugar a la música. Que entendamos la música como uno de los juegos de la experiencia humana. Y siempre insisto en que no es un juego individual sino que se hace en grupo, y que el desafío de ese grupo es conectar con los demás. Si vos querés tocar en una banda, en un coro, en una orquesta, en lo que sea, primero tenés que conectar con el otro, tienen que reconocerse y coincidir hasta que encuentren la armonía. Entonces la experiencia del taller es humana, es para compartir y para escucharse. Para darnos cuenta de que el mejor resultado es el resultado colectivo. También se puede ser músico y no tocar nunca con nadie, pero ese no es el espíritu de este taller.
-¿Cuál es la realidad de los internos en las cárceles?
-Yo he enseñado música en tres contextos de encierro: la cárcel de Villa María, la de San Francisco y el Complejo Esperanza en Córdoba. A veces cuando hablás con la gente te das cuenta de que hay muchos prejuicios. Te preguntan si no te da miedo trabajar en la cárcel. Yo con los adultos jamás tuve ningún problema, siempre me trataron con afecto y con respeto y nos llevamos muy bien con todos. En general, el interno valora mucho el taller, sabe que es un espacio de esparcimiento y de diversión, y por lo tanto lo cuida. También hay gente que cree que está mal enseñar música en la cárcel, y te dicen que al preso no hay que brindarle nada. Yo defiendo siempre los derechos humanos y entiendo que no me corresponde a mí juzgar a nadie, para eso están Dios y la Justicia.
-¿Cómo se maneja el grupo?
-En el taller hay muchos intereses y a veces es difícil conjugarlos a todos. Hay quien recién empieza y hay músicos que tienen su trayectoria, gente que ya venía tocando de la calle o que aprendió adentro y se fue perfeccionando. Hay pianistas, guitarreros, cantores, bateros, de todo. Por ahí es difícil enseñar todos esos instrumentos pero al final se da, porque la música es una sola.
Maximiliano Gilla. Redacción Puntal Villa María
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-¿Cómo es tu recorrido en la música?
-Con la música llevo más de veinte años. Empecé a tocar la guitarra a los ocho y la verdad que no la solté nunca más. Es un camino por el que te vas metiendo ¿viste? Empieza como un juego pero si le agarrás el gusto y te vas adentrando llega un momento en el que tenés que decidir. Mucha gente te dice que no lo sigas, que es un camino difícil, que vas a ser pobre y que no sé qué. Son prejuicios. El camino de la música es tan difícil como el de cualquier otro laburante. Lo bello es que está repleto de emociones.
-¿Cómo llegó a vincularse con los talleres?
-Cuando volví a Córdoba escribí un proyecto para enseñar guitarra en cárceles o contextos de encierro. Me acuerdo que toqué muchas puertas pero la cosa no se daba. Un buen día, cuando ya me había dado por vencido, me llamó Sandra Chiavaro desde el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos para proponerme como profe en el Programa Cultura en las Cárceles. No sé si alguien los anotició o si fue pura coincidencia.
Volviendo a los talleres
-¿Cuál es el objetivo central de las actividades en las cárceles?
-Trato de que el taller sea un espacio de diversión y de relajación. Para mí el objetivo es que el interno se vaya de acá con una sonrisa. A veces escuchás una canción y te viene una sensación como de libertad. Hacia allí es donde hay que apuntar, porque esa es la magia de la música que alegra el alma. A mí no me interesa que aprendan a escribir partituras. Yo quiero que vengan a jugar a la música. Que entendamos la música como uno de los juegos de la experiencia humana. Y siempre insisto en que no es un juego individual sino que se hace en grupo, y que el desafío de ese grupo es conectar con los demás. Si vos querés tocar en una banda, en un coro, en una orquesta, en lo que sea, primero tenés que conectar con el otro, tienen que reconocerse y coincidir hasta que encuentren la armonía. Entonces la experiencia del taller es humana, es para compartir y para escucharse. Para darnos cuenta de que el mejor resultado es el resultado colectivo. También se puede ser músico y no tocar nunca con nadie, pero ese no es el espíritu de este taller.
-¿Cuál es la realidad de los internos en las cárceles?
-Yo he enseñado música en tres contextos de encierro: la cárcel de Villa María, la de San Francisco y el Complejo Esperanza en Córdoba. A veces cuando hablás con la gente te das cuenta de que hay muchos prejuicios. Te preguntan si no te da miedo trabajar en la cárcel. Yo con los adultos jamás tuve ningún problema, siempre me trataron con afecto y con respeto y nos llevamos muy bien con todos. En general, el interno valora mucho el taller, sabe que es un espacio de esparcimiento y de diversión, y por lo tanto lo cuida. También hay gente que cree que está mal enseñar música en la cárcel, y te dicen que al preso no hay que brindarle nada. Yo defiendo siempre los derechos humanos y entiendo que no me corresponde a mí juzgar a nadie, para eso están Dios y la Justicia.
-¿Cómo se maneja el grupo?
-En el taller hay muchos intereses y a veces es difícil conjugarlos a todos. Hay quien recién empieza y hay músicos que tienen su trayectoria, gente que ya venía tocando de la calle o que aprendió adentro y se fue perfeccionando. Hay pianistas, guitarreros, cantores, bateros, de todo. Por ahí es difícil enseñar todos esos instrumentos pero al final se da, porque la música es una sola.
Maximiliano Gilla. Redacción Puntal Villa María

