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Magnasco acusó al viudo y a su vocero: "Me tiraron un muerto en mi casa"

Rafael Magnasco fue señalado primero como el amante y luego como el homicida de Nora Dalmasso. Quiso limpiar su nombre en la fiscalía de Javier Di Santo y acabó imputado por las habladurías. "Esto fue producto de una mente siniestra, me arruinaron", declaró

Si los rostros hablan, el de Rafael Magnasco (58) -marcado por el rictus de una sonrisa sofocada- lo dice todo sobre el sufrimiento que vivió los últimos 15 años de su vida.

A causa de un rumor, de un comentario a traición que alguien plantó en el lugar indicado y que se esparció como pólvora, su vida y la de su familia quedaron hechas añicos.

Semanas antes del oprobioso crimen del Golf, su nombre ya rodaba de boca en boca en las fiestas privadas que se hacían en la coqueta villa y en los cafés del centro. “El Rafa Magnasco y la Nora Dalmasso son amantes”.

Tanto circularon los malos vientos que el rumor llegó a oídos del propio afectado. Dos colegas suyos le hicieron llegar el comentario, en dos momentos distintos.

La primera vez que lo escuchó fue un mes y medio antes del crimen de Nora Dlamasso. Se lo comentó su exsocio Carmine, y en esa oportunidad, Magnasco soltó una carcajada de incredulidad.

La segunda fue la víspera del asesinato en el Golf y lo oyó de boca del letrado Raúl Collino. Esa vez lo tomó en serio, y se asustó: “No vuelvas a repetir eso, por favor, porque me va a traer probemas con mi familia”, le dijo.

Su colega se disculpó. “Lo escuchó mi esposa en una fiesta que hicieron ayer en el Golf”, dijo.

La noche del 26 de noviembre de 2006, cuando toda la ciudad hablaba del asesinato de Nora, el hombre con gesto de clown triste no pudo pegar un ojo.

Algo feo se olfateaba, y su intuición no lo traicionó.

Ataque certero

La maquinaria siniestra que se había puesto en marcha uno o dos meses atrás acababa de dar en el blanco: a la mañana siguiente, en todos los rincones de Río Cuarto el comentario malicioso fluía como una cloaca: “A Nora la mató su amante, el Rafa Magnasco”.

-¡La olí! ¡Había en el ambiente un olor a barro, un olor a mugre tremendo! -confió ayer Magnasco, cuando fue convocado a declarar como testigo del juicio al viudo, Marcelo Macarrón.

Lo que escuchó decir a quien entonces se mostraba como el vocero del traumatólogo, el abogado Daniel Lacase, confirmó sus peores presunciones.

-“Busquen en el asado que se hizo ese viernes en Banda Norte”, decía Lacase en los medios, y en todos lados empezaron a crucificarme.

El asado en cuestión no era otro que el que habían compartido en la quinta del abogado Nicolás Curchod, el dueño de casa junto con Rafael Magnasco, Esteban Gómez, “Miki” Zamarvide, Víctor Daniele, Ramiro Ferreyra, Mariano Torres y Alberto Bertea.

La figura convocante del asado era Bertea, entonces secretario de Seguridad de la Provincia, quien acababa de llegar de Israel.

Magnasco entonces era su asesor y, con el paso de los días, empezó a sospechar que la conocida enemistad entre su jefe y Lacase estaba pasándole factura a él y de la manera más rastrera.

-Me tiraron un muerto en la puerta de mi casa. Esto fue producto de mentes siniestras, viles, maléficas -describió el testigo en un testimonio que tuvo mucho de desahogo.

Magnasco sostuvo que el rumor instalado en su contra, el crimen de la mujer a la que se lo vinculaba y la posterior acusación hacia él no tuvo nada de casualidad.

“Esto fue algo absolutamente premeditado. Quisieron crear una cortina de humo, algo digno de la mafia: distraer acá, para atacar allá”, graficó el testigo.

El fiscal de Cámara, Julio Rivero, le preguntó a quién le atribuía semejante planificación, y su respuesta fue contundente:

-Eso lo debe determinar la Justicia, pero si me pregunta mi apreciación personal, estoy convencido de que los responsables fueron Marcelo Macarrón y su vocero, Daniel Horacio Lacase.

Cara a cara

Magnasco hizo una pausa, giró su rostro hasta ponerse de frente al acusado y dijo: “Me gustaría que alguna vez Macarrón me explicara por qué hizo esto, por qué cuando mi cuñada fue a su casa me acusó a mí”.

Enfrente del testigo, Macarrón permanecía congelado, con el semblante enrojecido.

Para el testigo, las huellas del vocero en la maniobra aparecían nítidas. Recordó que la tarde que hallaron el cuerpo de Nora, la entonces pareja de Marcelo Lacase, Silvia Magallanes, comentaba a quien se le cruzara que había que investigar al amante, al que mencionaba con nombre y apellido.

Sin necesidad de preguntas, Magnasco concluyó su derrotero: dijo que era tal el clima de sospecha en su contra que decidió presentarse espontáneamente al despacho del fiscal Javier Di Santo para someterse a las pruebas que considerara necesarias y así limpiar su nombre.

Lo que obtuvo a cambio fue un mazazo judicial. El fiscal no encontró mejor salida que imputarlo del crimen sin ninguna prueba en su contra.

Tan ridícula era la acusación en contra del letrado que en marzo de 2007 cayó por su propio peso.

Eso dio lugar a una denuncia contra el Estado provincial por los daños y perjuicios que los estropicios judiciales provocaron en Rafael Magnasco, su ahora exmujer, y sus hijos.

“Esa imputación significó que me arrojaran a los leones de los medios y me masacraran”, evocó.

En su celular no había una sola llamada, ni siquiera un mensaje de texto que lo relacionara con Nora Dalmasso. Si eso hubiera sido diferente, no duda de que hubiera acabado preso.

“Nunca hablé con ella, ni siquiera la conocía. Y me duele que su familia jamás hubiese salido a pedir justicia por ella. Cualquier madre que pierde a una hija, cualquier hijo que pierde a su madre sale a gritar su dolor y a pedir justicia, acá nunca vi nada de eso”, remarcó.