Río Cuarto | Nora | fiscal | casa

Quince años después, los jueces conocieron la escena del crimen

Hubo un fuerte operativo de seguridad y retenes a ambos flancos de la casa de Macarrón. Rivero dijo que los jurados populares estaban "conmovidos". Tuvo que pasar una década y media para que el fiscal y el tribunal pudieran ver dónde asesinaron a Nora Dalmasso

Cuando el horror entró a la Villa Golf, las calles bucólicas se transformaron en un reguero de patrulleros, de cámaras y de micrófonos que asediaban la casa de la Calle 5 número 627.

Quince años después, en la dirección donde aún sigue viviendo el traumatólogo Marcelo Macarrón, desembarcó el tribunal que lo está juzgando por el delito de instigación al crimen de su esposa.

Esta vez, una hilera de conos naranja y seis policías impiden el paso de los periodistas hasta la puerta del chalet de dos pisos y tejas rojas. Agentes y conos están enclavados a 40 metros de cada uno de los flancos de la casa. Para obtener alguna foto decente de la inspección ocular al sitio donde mataron a Nora Dalmasso los reporteros deberán pertrecharse con kilométricos teleobjetivos.

El sol otoñal de las diez es una tibia compensación para los que quedaron esperando en la calle, por decisión del tribunal.

-¿El que camina por el patio es Macarrón?-, se les pregunta a los fotógrafos.

El acusado tuvo que aguardar fuera de escena que los jueces Vaudagna, García y Echenique Esteve, los 21 jurados populares, el fiscal y los defensores recorrieran su vivienda y subieran las escaleras hasta la habitación donde la dueña de casa, una mujer de 51 años, yacía desnuda y con claros signos de violencia.

El paso del tiempo, ese escollo que acaso deje impune el acto infame, modificó edificios y personas.

La casa donde Nora fue sorprendida mientras dormía la mañana del 25 de noviembre de 2006 fue refaccionada, por eso el fiscal de Cámara Julio Rivero tuvo que pedir que se convoque a la testigo Carina Flores, la exempleada doméstica de los Macarrón, para que les haga de “guía” y les explique a los funcionarios de saco y corbata, pero también a los hombres y mujeres que son parte del jurado popular, cómo era el chalet en la época en que ella trabajaba, por dónde pudo haber entrado el asesino y qué tramo recorrió para atacar a traición.

Una década y media después, Pablo Radaelli tampoco es el mismo.

El vecino que acudió presuroso por el llamado de la madre de Nora y acabó siendo el primero en ver la brutal escena que dejó el asesino ahora camina con paso inseguro por el frente de su casa. El hombrecito canoso con pulóver a rombos no termina de entender a qué viene tanto ajetreo en la casa de al lado, quién es esa gente que bajó de un colectivo turístico alquilado, por qué en la esquina hay policías y cámaras.

Octogenario y con una afección neuronal, Radaelli extravió para siempre sus recuerdos. Una junta de médicos certificó que ya no está apto para atestiguar.

La hora de la Justicia arribó demasiado tarde para él. También para la mujer que lo llamó desesperada la desapacible tarde de domingo. María Delia Grassi, la madre de Nora, tampoco puede ser parte de la audiencia. El ACV que sufrió hace dos años la dejó sin habla y tan delicada que acaso ignore que hoy se está desarrollando el juicio que tanto esperó.

La primera vez

Cincuenta y seis minutos después, el contingente sale de la casa de Macarrón.

A la sombra de un añoso fresno, los cronistas esperan que el fiscal se aproxime hasta donde estacionó su auto, para abordarlo.

Al pie del árbol quedó tendido el cadáver de una comadreja. Para angustia de los más impresionables, la conferencia de prensa se improvisa justo alrededor del animal estropeado.

Esa imagen no altera el buen semblante de Rivero. La inspección ocular -“que no fue una reconstrucción del hecho”, aclara- lo dejó conforme.

Dice que vio compenetrados a los jurados populares y que varios de ellos se veían conmovidos durante el trayecto por la casa.

“Para todos nosotros es la primera vez que venimos al lugar. Salvo el defensor, el resto no conocía la vivienda”, aclaró el fiscal.

Las preguntas de los cronistas amenazan cambiarle el ánimo, pero Rivero mantiene la compostura y se sonríe cuando le insisten en saber si va a convocar al empresario Miguel Rohrer.

-Es un testigo más-, dice.

-¡No es un testigo más! Para la familia Macarrón podría ser el asesino-, le replican.

Otro periodista quiere saber si para el fiscal es un testigo “irrelevante”, como lo calificó el defensor, Marcelo Brito.

-Yo no diría que es irrelevante. Es tan relevante como los peritos que hicieron la autopsia-, responde el fiscal.

Cuando le preguntan si, para él, el juicio está terminado “como insinuó Brito”, Rivero replica:

-Eso lo dice Brito, que es una parte del juicio. ¡El doctor Brito no es el proceso, es una parte del juicio!

-Bueeeno...-, comentó con desconfianza la periodista Vanessa Lerner, lo que generó una carcajada espontánea de los cronistas y la mueca incómoda del fiscal.

Alejandro Fara. Especial para Puntal