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El arte de llevar tranquilidad a los mercados

Hilando Grueso, por Jorge F. Legarda.

Después de una semana con ciertas dudas y vacilaciones, hacia el jueves terminamos por convencernos: parece que el tema este de la escapada del dólar no era simplemente una cortina de humo para encubrir el intento de envenenamiento del juez Bonadio a Cristina y su pretensión de robarle los atributos presidenciales de ella y de Néstor y la carta de San Martín que tiene para releer cada vez que algún acto de persecución política le hace nacer la necesidad de reconfortarse a través de una simbólica comunión de almas con alguien que la sufrió casi tanto como ella. Es que el lunes salió Nico Dujovne a avisar que el FMI nos iba a adelantar unos mangos para calmar a los mercados y los mercados, calmos, respondieron llevando el dólar a 31 pesos y pico. El martes Prat Gay avisó que la economía es un quilombo y para arreglarla se necesita un ministro de Economía y los mercados, seguramente bajo la impresión de que se estaba autopostulando, se tranquilizaron todavía más y el dólar superó los 32. El miércoles habló Mauricio para decir que el FMI no nos iba a adelantar simplemente unos mangos, sino todo lo que tiene para prestarnos y pasamos los 34 en un ratito. Pero fue el jueves, con la bala de plata del arsenal tranquilizador, la aseveración tajante y convencida de Marcos Peña de que el Gobierno “no ha fracasado”, que pegamos el verdadero salto, hasta los cuarentaypico por un rato. Así que por la noche llegó el anuncio de que se vienen nuevas medidas. Pero las vamos a anunciar recién después del finde, total qué apuro hay, no es como si la gente estuviera furiosa, amargada, aterrorizada o histérica, qué va, ni mucho menos todo eso junto.

En cualquier caso, el viernes se calmaron las aguas, el dólar se desplomó (bueno, si 24 horas antes estábamos en la antesala del infierno también es válido exagerar un poco cuando se da una buena), rebotaron las acciones de las empresas argentinas en Wall Street y frenaron el inminente proceso licitatorio para la compra del helicóptero. Impresionante muestra de confianza, qué digo confianza, de fe absoluta, en la solvencia de los pilotos que atraviesan la tormenta: bastó que avisaran que se venía un paquete de medidas, sin precisar de qué se trataban, para transformar la pesadumbre fatalista en un optimismo claramente justificado por los antecedentes de los perpetradores. Claro, no faltó el analista pretendidamente incisivo que llamó la atención sobre el detalle de que el único día que el dólar bajó fue el único día en que ni Mauricio ni ningún funcionario de los que tienen incidencia sobre el tema abrió la boca para tranquilizar a los mercados. Y en cuanto a nosotros, los no-mercados, también nos hizo bien el silencio: parece que lo que nos ponía nerviosos no es que nos estén vacunando, sino las explicaciones de que lo hacen por nuestro propio bien.

Bueno, hay que admitirlo, algunos nerviosos quedan. No sé si vieron por las redes sociales la imagen del reflector que imprime en el cielo la imagen del escudo peronista, como si la Argentina fuera una atribulada e impotente Ciudad Gótica que convoca al superhéroe salvador. Otros recuerdan que cada vez que apelamos a un recurso de ese tipo el que aparece no es precisamente Batman, sino un Acertijo como Rodríguez Saá, un Guasón como Duhalde o, Dios nos libre y guarde, un Pingüino cargado de deseos de venganza. Menos temible como supervillano vendría a ser un “Capitán Frío” tipo Urtubey, pero más de uno diría que, antes de hacer un cambio tan gatopardista, mejor nos quedamos con Gatúbelo.

Igual hay otras ideas menos drásticas para enfrentar la tormenta que no es una crisis. Una de las mejor fundamentadas se basa en el sabio principio de que el único que puede arreglar este quilombo es el que lo generó: claro, no todo el mundo quedó satisfecho cuando aplicando este criterio De la Rúa nos trajo a Cavallo, pero ya se ha dicho hasta el hartazgo que los problemas actuales no se parecen en nada a los de 2001: entonces había cierres de comercios y empresas, un déficit fiscal atroz, ya no querían prestarnos más plata, los capitales rajaban a todo vapor, arreciaban los rumores de saqueos reales o presuntamente inminentes y Moyano contribuía a sembrar la calma con sus aportes juiciosos y desinteresados, o sea, nada qué ver. Si hasta los precios de las góndolas estaban planchados, decime si ahora no estamos mucho mejor. De todas formas, es esta instancia no tendríamos que llamarlo al Mingo –aunque está más que dispuesto, si hay un boy scout en gatera para dar una mano es él– sino a la dupla Axel Kicillof-Guillermo Moreno, nada tranquilizaría más a los mercados que un gabinete económico sin internas desgastantes. Cierto es que entre los exministros de Economía del kirchnerismo tendríamos más a mano a Lousteau, que ya está dentro de Cambiemos, pero parece que Mauricio preferiría a alguien con un perfil menos opositor. Con Lorenzino más vale ni lo intentemos, que largaría el “me quiero ir” antes de jurar por la Constitución y la Patria. La gran opción sería Boudou, pero parece que va a estar ocupado por un tiempo y, además, su audaz propuesta de imprimir dólares en Ciccone sería mal recibida por la conspiración judicial mediática financiera empresarial de los poderes corporativos concentrados, que se la tiene jurada por ser uno de esos pocos políticos visionarios y corajudos con ganas de transformar las cosas.

Acaso una variante que no ha sido debidamente evaluada, a pesar de que acontecimientos recientes la han expuesto de lleno ante la opinión pública, es la de Martín Redrado, que justamente acaba de ser acusado por su ex Luli Salazar de hacerle un “trabajo” plantándole un recipiente con agua engualichada en la heladera. No pretendemos meternos en las intimidades de una pareja que siempre se ha mostrado tan celosa de su privacidad, particularmente durante sus períodos más tormentosos, pero no podemos dejar pasar la oportunidad que nos ofrece alguien que a su solvencia técnica en la ciencia económica suma saberes misteriosos en ciencias ocultas. Tanto más cuando en la búsqueda de respaldo espiritual para encarrilar la economía no podemos acudir a nuestro papa Francisco, que tiene algún que otro pequeño bolonqui propio por arreglar y también tiende a lograr efectos inesperados con sus mensajes tranquilizadores. En cualquier caso, no hay información de que en los allanamientos de Bonadio hayan encontrado muñequitos amarillos atravesados por alfileres, pero si a la economía nacional le han hecho un “trabajo” nadie mejor que un experto en brujas como Martín para detectarlo y limpiar lo que haya que limpiar, desde efluvios malignos dejados por gestiones pasadas hasta empleados públicos que toman licencias psiquiátricas y aparecen desestresándose en el Mundial de Rusia. Sería más que oportuno, cuando justamente por limpiar donde no había que limpiar están dejando algunos recovecos hechos una mugre.

Jorge F. Legarda.

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