Deportes |

Para entrar en el cielo no es preciso morir

Y entramos. Definitivamente los siete partidos. Para que Lionel Messi llegue a ser el que más partidos jugó en mundiales

Y al fútbol se le fue la mano. Un derroche de goles, tensión, sufrimiento y alegría, parecíamos irracionales que se iban a morir mañana. Perdón, Ana Belén, por esta reversión de tu hermoso Derroche, pero no puedo contar todo lo que sentí y debo recurrir a tus frases maravillosas para describir este momento argentino en el Mundial.

Para entrar en el cielo no es preciso morir. Y entramos. Definitivamente los siete partidos. Para que Lionel Messi llegue a ser el que más partidos jugó en mundiales. Al salir con Croacia llegará a los 25 de Lothar Matthaus. E igualó con sus cuatro goles los 10 de Batistuta en eventos universales. Y va por más, siendo ya el que más mundiales jugó con cinco, con Diego, Mascherano y Di María con cuatro.

Y llegará al cielo, por lo demostrado hasta aquí. Más allá que coronar sea fundamental, para él y para todos, lo logrado no tendrá el efecto del gol de Diego a los ingleses (nunca más nadie puso en duda su reinado, siendo que hasta ese momento se lo discutía mucho) pero desde ahora nunca más se le podrá reprochar su mística con la selección, la utilización de su poder revolucionario dentro del campo de juego no solo para él y para el Barcelona, los dos goles en zona de definición directa (Australia y Holanda) ya le dan protagonismo esencial, y lo que contagió y contagia armó la mejor Argentina de los últimos mundiales.

Se dice que es el mejor Messi de la historia. No estoy de acuerdo. Siempre en el fútbol sos único cuando más volás, cuando más potencia tenés, y en especial cuando más llegás al gol. Sí es el mejor equipo argentino CON Messi en la historia. Ejemplo: potenciados por él y por un grupo excepcional, más el apoyo concreto del cuerpo técnico, definen el partido con Países Bajos dos jugadores con muy bajo perfil, cero carisma, de esos que tienen que jugar muy bien para que se les note la actitud que a otros les ponderan enseguida: Nahuel Molina y el “Huevo” Acuña.

El todo mejora a las partes. Y él mejora a todos. Y cuando vemos a De Bruyne en Bélgica o Cristiano Ronaldo en Portugal no poder romper el egocentrismo de las grandes figuras para derramar gestos humildes que potencian, que bajan a la tierra a jugadores que todos tienen en el paraíso de la admiración, aumentan (y aumentamos) nuestra admiración.

Comparemos con los beneficios que nos da Netflix para meternos en sus momentos íntimos: en el entretiempo del fatídico partido Liverpool-Barcelona, Messi deambula marcando consignas importantes: “Cuidado que no nos pase lo de Roma” etc, pero no lo escuchan con la devoción que sí recibe en la arenga del Maracaná. Los reúne. En Barcelona no. Hay un idioma, un sentir, un objetivo común. No hay saciedad de gloria.

Remarco que se ha llegado al cielo, aunque seguramente falte lo más lindo por vivir en el Lusail por como esta selección salió de la catástrofe Arabia y del sismo del empate neerlandés. Derroche de personalidad, para volver a atacar en el alargue y para que se ofrezcan TODOS (no mire ninguno para otro lado o se haga el distraído) a la hora de patear los penales, algo que nos es menor porque errarlo te marcará la vida para siempre.

Si alguien hubiera diagramado este guión de nueva oportunidad mundial para Messi nos habría parecido absolutamente exagerado. Y ni hablar para Angel Di María. Gran candidato a irse después de 2018 (pese a la maravilla de gol con Francia) en un ocaso de esos que duelen (el fútbol es implacable cuando busca personalizar derrotas y eliminar sus supuestos culpables), se ha convertido en esencial, como lo había sido siempre pero más que nunca. Es para ponerlo de entrada y no repetir el error de la final 2014. Los traicioneros principios de desgarro se profundizan o no sin que uno los pueda prevenir, como pasó con De Paul, que pudo jugar bastante tiempo.

Y la película de la redención también abarca a Nicolás Otamendi. No podía suceder que semejante jugador no encontrara su momento. Sin su perfil alto, no era justo que un defensor estilo Passarella o Ruggieri no tuviera esa significación en la historia de la selección.

Hay ahora un efecto espejo con Croacia y Luka Modric. Ya hay paraíso para el “Peter Pan de los Balcanes” luego de la final 2018 y ahora la victoria con Brasil, más allá de haber tenido un cielo con la Casa Blanca y las Champions. La admiración de sus compañeros para entregarse a su sapiencia es el fluido del circuito futbolístico croata, eso sí: 30 metros más atrás de la zona Messi, residiendo allí toda una diferencia.

Nota al margen: retrasándose más asiduamente a zona Modric en un futuro, no podría Leo tener tranquilamente un mundial más?

Este año Messi tiene 15 goles en la selección, marca clara que su voracidad en la búsqueda del arco no se detuvo. Voracidad que les faltó a Neymar y a Brasil y que Argentina siempre tiene. Si Ney define el 1 a 0 ante Croacia con magnífica doble pared porque no encaró más seguido el arco de Livakovic? Un mal de Brasil que pretendió controlar sin arriesgar cuando en el fútbol nada se controla.

Porque todo puede suceder. Y volver a estar en las puertas del cielo es un sentimiento único, maravilloso, fantástico. El mundo es testigo de esta inmensa locura, que no acabe este Mundial, que derroche de pasión, para entrar en el cielo no es preciso morir.

Héctor Cometto. Redacción Puntal