Plaza Manuel Ocampo: nuestro viejo Wembley a orillas de las vías
Por Iván Wielikosielek
Vista desde lejos con su mampostería de merengue endurecido, la Plaza Ocampo se parece a una pastel gigante; a la torta de cumpleaños que le regalara el padre a una ciudad que se llamó como su hija. Pastelería de cemento centenario decorado con una manga de hormigón industrial. Rejas pegadas en sus laterales como bastoncitos de chocolate. Gramilla esmeralda como el coco rallado de ancestrales aniversarios. Y al fondo del cielo cuando cae la tarde, las luces temblorosas como velas encendidas.
Pastel de cal y canto de gol
Pero la “Placita” no es una torta sino un estadio. Y visto desde arriba con su tribuna techada y tubulares, se emparenta con las viejas canchas de la memoria. Como aquellas donde jugara el Alumni de los hermanos Brown (en esta jugó el Alumni del “Nene” Miranda); o con los últimos templos de madera como el estadio de Ferro con sus silos de fondo. (La Placita tiene los tanques del Molino Fénix y también está sobre al oeste del ferrocarril).
Sin embargo, visto desde adentro y con el rugido de sus viejos clásicos (Sarmiento-Unión Central en los ´30 o Alumni -Alem en la actualidad) la canchita es Wembley. Nuestro Wembley. Ese patrimonio tangible e intangible hecho de siglos y tablones. De equipos míticos y partidos épicos. De partidos jugados por campeones del mundo como Maradona y Kempes; Bertoni y Fillol; Ruggeri y Valdano. El escenario donde alguna vez jugó River y Boca, Ferro y Colón, Talleres y Belgrano; el Lausane suizo y el Peñarol uruguayo.
Sólo que la Placita es, para los villamarienses, más importante de lo que Wembley fue para Londres. Porque en una ciudad de más de dos mil años, ciento cincuenta son un soplo. Pero para nosotros es toda nuestra historia. La inversión de la eternidad. El único templo que está prohibido demoler.
Al caer la tarde
A la Placita la he visto a todas las horas de mi vida. Al amanecer cuando despierta con su aire de feria de pueblo. Al mediodía entre los tablones como la cancha de Gimnasia y Esgrima (con el “ejercicio físico” de los chicos que trotan y las espadas de los inspectores de tránsito). Al atardecer, enrojecida contra los ladrillos del Molino o el galpón de la vieja cervecería. Y en las siestas de mayo cuando hay tormenta, con sus arcos de caño como la cubierta de un transatlántico perdido el océano.
Y la he fotografiado con mi cámara de periodista o con mis ojos que siempre la ven por primera vez. La he atravesado vacía y repleta. Silenciosa o rugiente. Brillante y oscura. Y siempre fue la misma. Aquella media hectárea regalada por Manuel Anselmo Ocampo para que los chicos hicieran ejercicio. O aquel templo del gol inaugurado en 1932 bajo la intendencia de Parajón Ortiz; cuando la Placita fue referente ineludible.
De hecho, la buena ubicación de un inmueble se medía por estar “a tantas cuadras” de allí.
Hoy, que una vez más vuelve a ponerse sobre el tapete su venta o su canje (es decir, su negociación) me vuelvo a preguntar qué van a decir esos que se enorgullecían de vivir “a una cuadra” de la Plaza Ocampo. O esos que al pasar por ahí le dicen a su hijo “acá jugó tu papá” o “acá atajó tu abuelo”.
¿Cerca de qué lugar van a vivir los que habiten en el hueco que algún día deje la Placita; en ese cráter de ignorancia y olvido?
Cruz del Sur
Cuando don Manuel Anselmo donó los terrenos para la incipiente ciudad, delegó su trazado al urbanista Santiago Echenique. Y este la concibió con una cruz exacta de espacios verdes alrededor de la estación. Como si las plazas bendijesen su “cuna”.
Más de un siglo y medio después, los cuatro recuadros verdes se conservan intactos: Plaza Centenario al norte, Plaza San Martín al sur, Plaza de la Independencia al este y y Plaza Ocampo al oeste, el último gran edificio que besa al esconderse el sol. Una cruz del sur para ser vista desde el cielo por ángeles y alienígenas.
Sin negar el fabuloso beneficio ecológico de cuadro plazas equidistantes haciendo de pulmón al microcentro, es fundamental que se conserve aquel viejo trazado; la tinta fresca que la primera pluma trazó sobre el apergaminado papel del pasado; el primer nomenclador de la ciudad.
Y este sólo dato bastaría para impedir toda negociación. Sin la Plaza Ocampo, esta ciudad no sería exactamente esta ciudad. Y quizás podría cometerse la primera acción directa en pos de destruir uno de los elementos arquitectónicos más importantes de una urbe: su trazado original. Como si Córdoba desviara el curso de La Cañada o Buenos Aires borrara Avenida de Mayo.
Fotos de una catedral
Miro el puñado de viejas fotos que conseguí y ahí está la Placita en el ´68, luciendo como una cancha inglesa del siglo diecinueve (y me pregunto si los primeros ingleses de la Villa no la imaginaron así). Luego un Alumni-River del ´78 (si algún partido de nuestro mundial se hubiera jugado en Villa María, sin duda se hubiera jugado aquí). Luego, una vieja gala de los Trinitarios, el mítico partido de Maradona en el ´79 y un Unión Central- Sarmiento. Y me digo si todas estas postales seguirán brillando el día en que negocien la cancha. O si por el contrario se autodestruirán como esas fotos de “Misión Imposible”. Quemadas por el olvido por una ciudad que no las merece. Por una intendencia que no supo mantener su Wembley en pie. Ese que su fudador le supo dar, que sus ciudadanos supieron conseguir y sus cracks elevaron a la categoría de templo.
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Pastel de cal y canto de gol
Pero la “Placita” no es una torta sino un estadio. Y visto desde arriba con su tribuna techada y tubulares, se emparenta con las viejas canchas de la memoria. Como aquellas donde jugara el Alumni de los hermanos Brown (en esta jugó el Alumni del “Nene” Miranda); o con los últimos templos de madera como el estadio de Ferro con sus silos de fondo. (La Placita tiene los tanques del Molino Fénix y también está sobre al oeste del ferrocarril).
Sin embargo, visto desde adentro y con el rugido de sus viejos clásicos (Sarmiento-Unión Central en los ´30 o Alumni -Alem en la actualidad) la canchita es Wembley. Nuestro Wembley. Ese patrimonio tangible e intangible hecho de siglos y tablones. De equipos míticos y partidos épicos. De partidos jugados por campeones del mundo como Maradona y Kempes; Bertoni y Fillol; Ruggeri y Valdano. El escenario donde alguna vez jugó River y Boca, Ferro y Colón, Talleres y Belgrano; el Lausane suizo y el Peñarol uruguayo.
Sólo que la Placita es, para los villamarienses, más importante de lo que Wembley fue para Londres. Porque en una ciudad de más de dos mil años, ciento cincuenta son un soplo. Pero para nosotros es toda nuestra historia. La inversión de la eternidad. El único templo que está prohibido demoler.
Al caer la tarde
A la Placita la he visto a todas las horas de mi vida. Al amanecer cuando despierta con su aire de feria de pueblo. Al mediodía entre los tablones como la cancha de Gimnasia y Esgrima (con el “ejercicio físico” de los chicos que trotan y las espadas de los inspectores de tránsito). Al atardecer, enrojecida contra los ladrillos del Molino o el galpón de la vieja cervecería. Y en las siestas de mayo cuando hay tormenta, con sus arcos de caño como la cubierta de un transatlántico perdido el océano.
Y la he fotografiado con mi cámara de periodista o con mis ojos que siempre la ven por primera vez. La he atravesado vacía y repleta. Silenciosa o rugiente. Brillante y oscura. Y siempre fue la misma. Aquella media hectárea regalada por Manuel Anselmo Ocampo para que los chicos hicieran ejercicio. O aquel templo del gol inaugurado en 1932 bajo la intendencia de Parajón Ortiz; cuando la Placita fue referente ineludible.
De hecho, la buena ubicación de un inmueble se medía por estar “a tantas cuadras” de allí.
Hoy, que una vez más vuelve a ponerse sobre el tapete su venta o su canje (es decir, su negociación) me vuelvo a preguntar qué van a decir esos que se enorgullecían de vivir “a una cuadra” de la Plaza Ocampo. O esos que al pasar por ahí le dicen a su hijo “acá jugó tu papá” o “acá atajó tu abuelo”.
¿Cerca de qué lugar van a vivir los que habiten en el hueco que algún día deje la Placita; en ese cráter de ignorancia y olvido?
Cruz del Sur
Cuando don Manuel Anselmo donó los terrenos para la incipiente ciudad, delegó su trazado al urbanista Santiago Echenique. Y este la concibió con una cruz exacta de espacios verdes alrededor de la estación. Como si las plazas bendijesen su “cuna”.
Más de un siglo y medio después, los cuatro recuadros verdes se conservan intactos: Plaza Centenario al norte, Plaza San Martín al sur, Plaza de la Independencia al este y y Plaza Ocampo al oeste, el último gran edificio que besa al esconderse el sol. Una cruz del sur para ser vista desde el cielo por ángeles y alienígenas.
Sin negar el fabuloso beneficio ecológico de cuadro plazas equidistantes haciendo de pulmón al microcentro, es fundamental que se conserve aquel viejo trazado; la tinta fresca que la primera pluma trazó sobre el apergaminado papel del pasado; el primer nomenclador de la ciudad.
Y este sólo dato bastaría para impedir toda negociación. Sin la Plaza Ocampo, esta ciudad no sería exactamente esta ciudad. Y quizás podría cometerse la primera acción directa en pos de destruir uno de los elementos arquitectónicos más importantes de una urbe: su trazado original. Como si Córdoba desviara el curso de La Cañada o Buenos Aires borrara Avenida de Mayo.
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Miro el puñado de viejas fotos que conseguí y ahí está la Placita en el ´68, luciendo como una cancha inglesa del siglo diecinueve (y me pregunto si los primeros ingleses de la Villa no la imaginaron así). Luego un Alumni-River del ´78 (si algún partido de nuestro mundial se hubiera jugado en Villa María, sin duda se hubiera jugado aquí). Luego, una vieja gala de los Trinitarios, el mítico partido de Maradona en el ´79 y un Unión Central- Sarmiento. Y me digo si todas estas postales seguirán brillando el día en que negocien la cancha. O si por el contrario se autodestruirán como esas fotos de “Misión Imposible”. Quemadas por el olvido por una ciudad que no las merece. Por una intendencia que no supo mantener su Wembley en pie. Ese que su fudador le supo dar, que sus ciudadanos supieron conseguir y sus cracks elevaron a la categoría de templo.