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Padre Pepe Di Paola "El vínculo entre organizaciones y Estado ayuda en tiempos difíciles"

El sacerdote reconocido por su labor en villas de Buenos Aires se refirió al preocupante contexto social que se vive en la actualidad

“Vemos algo que nos preocupa y es que en tiempo de pandemia todas las capillas abrieron comedores, pero pensamos que una vez terminada solamente quedarían aquellos que teníamos tradicionalmente. Sin embargo, vemos que la gente sigue necesitando ese alimento que se le asegura cada día, eso significa que no llega a fin de mes”, indicó el sacerdote José “Pepe” Di Paola, conocido por su labor en los asentamientos de Buenos Aires y con una fuerte labor de contención contra las drogas y la marginalidad.

El padre Pepe, como se lo conoce desde su trabajo social, se desempeñó como párroco en sectores complicados de Buenos Aires como Ciudad Oculta, la villa 21-24 y Zavaleta, donde fundó en 2008 con otros sacerdotes “El Hogar de Cristo”, como respuesta a situaciones de vulnerabilidad social y el consumo de sustancias. Por las denuncias contra el narcotráfico fue amenazado de muerte y debió trasladarse Campo Gallo, en Santiago del Estero, donde vivió por dos años hasta retomar su labor en Buenos Aires.

Allí coordina la Comisión Nacional de la Pastoral de Adicciones y Drogadependencia, fundó la radio Cristo de los Villeros y desarrolla el programa “Capilla, Colegio, Club” para el abordaje de aspectos espirituales, educativos y deportivos en los jóvenes. En diálogo con Puntal, Di Paola se refirió al contexto actual y lo comparó con el 2001, aunque aclaró que ahora existe un entramado de contención social y de asistencia económica con asistencia del Estado que antes no existía.

“Las parroquias de los curas en las villas tienen una fuerte presencia en lo que es prevención y recuperación. Contamos con un lema que son ‘Las 3 C’: capilla, club y colegio, para fortalecer desde las instituciones, sumado a la red de los Hogares de Cristo, que son propuestas de abordaje territorial de las adicciones”, sostuvo el sacerdote. “Las parroquias de los curas en las villas tienen una fuerte presencia en lo que es prevención y recuperación. Contamos con un lema que son ‘Las 3 C’: capilla, club y colegio, para fortalecer desde las instituciones, sumado a la red de los Hogares de Cristo, que son propuestas de abordaje territorial de las adicciones”, sostuvo el sacerdote.

“Realmente hay un problema grande que los curas de las villas estamos viendo y es algo que está relacionado con el trabajo. Vemos que en los barrios populares la necesidad fundamental es la de poder tener un empleo, es una constante y desde hace algunos años, cuando fueron las elecciones de 2019, les pedimos a los candidatos a presidente que nos dijeran de qué manera iban a generar trabajo”, dijo el sacerdote, aunque aclaró: “Verdaderamente, sigue siendo una cuestión pendiente, es algo que no se resuelve y creo que aquí hace falta un gran encuentro de la política, del mundo empresarial, el sindicalismo, todos los sectores que tienen que ver con este punto, porque la inflación es grande y complicada para todos, para el que tiene que pagar un alquiler o los servicios, pero también para quien vive de changas”.

Sobre la comparación con la situación que vivió Argentina a comienzo de siglo, sostuvo: “Es verdad que esta crisis es diferente a la del 2001, que también me tocó vivirla en la villa, porque hoy hay una intervención del Estado a través de los planes, de la Asignación Universal, la tarjeta alimentaria, herramientas que por suerte existen porque la porción de desocupación en Argentina es muy grande y esto sirve como para que estas familias puedan pelear el día a día y en algunos casos generar una economía de barrio. Es algo que antes no había”.

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- Salimos de una pandemia que afectó duramente la economía, mes a mes se conocen los datos de una inflación que preocupa, y los números de la canasta básica parecen inalcanzables, ¿cómo cree que se debe actuar para salir adelante ante este escenario?

- Nosotros pensamos que la ecuación de una comunidad organizada tiene que ser el objetivo de Argentina. Se debe fortalecer a las organizaciones que tiene cada barrio, y en el vínculo con el Estado más cercano, ya sea Municipio, Provincia o Nación. Esa ecuación entre Estado y organizaciones es lo que puede ayudar en momentos difíciles, así pasó en el 2001 y ocurre ahora. De todas formas, las acciones del Estado que han llegado a todos han sido muy valiosas. Son importantes estas medidas que se tomaron en las últimas semanas para atender a los que están desplazados, a los que no tienen trabajo, que es una porción grande de Argentina. Las medidas deben ir a estos sectores.

- Si bien la pobreza estructural se observa en todo el país, la magnitud de la situación en las villas de Buenos Aires, con otros flagelos como las drogas y las armas, toma otra dimensión, ¿cómo hacen para enfrentar esa realidad?

- En esta época es uno de los desafíos más grandes que tenemos, porque la pobreza en otros lugares de Argentina es muy dura, yo lo viví en Santiago del Estero cuando estuve dos años como párroco en Campo Gallo, lugares en los que no había agua o una ambulancia no llega, que el camino es de tierra imposible de pasar, una pobreza muy grande, pero que no está atravesada por la marginalidad de los barrios como las villas, donde la violencia y la droga se convierten en un problema más grave. Todas las parroquias de los curas en las villas tienen una fuerte presencia en lo que es prevención y recuperación. Contamos con un lema que son “Las 3 C”: capilla, club y colegio, para fortalecer desde las instituciones y trabajar en la prevención, sumado a la red de los Hogares de Cristo, que son propuestas de abordaje territorial de las adicciones.

- En Río Cuarto ya cuentan con uno de estos centros y se está avanzando en la conformación de otro.

- Sí, nos hemos extendido en todo el país. Los Cacs (Centro de Atención Comunitaria y Social) comenzaron en la Villa 21-24 cuando yo era párroco allí y pensamos que estábamos creando algo como respuesta a una problemática que sería sólo para ese lugar, pero hoy hay más de 200 centros porque terminó siendo una preocupación de muchos curas, religiosos y laicos que se dedicaron a poder entender que la recuperación comienza en el lugar.

- ¿Preocupa que sea una realidad que se presenta en otras ciudades de menor tamaño y que ya se observe en todo el país?

- Hoy en día a los centros de recuperación los tenemos en lugares muy distintos. Tenemos curas que, a lo mejor, viven en un pequeño pueblo y otro que está en las afueras de una ciudad que nunca había tenido problemas y ahora sí. Es muy variado. Creo que, en buena hora, esta propuesta que sale de las bases, no es que se haya programado desde un escritorio, se va mejorando y creando instancias nuevas: para hombres, para mujeres, para personas que recuperaron su libertad, para pueblos originarios, es una iniciativa que es muy bueno que se acompañe e incluso es apoyado por el papa Francisco.

- Es destacada la visibilidad y acompañamiento que se ha dado en los últimos años a los curas villeros, ¿este reconocimiento se traduce en acompañamiento real o queda en el discurso?

- De parte de las autoridades se han logrado convenios, por lo que se transformaron en hechos concretos. De una casa que se necesitaba para chicos de la calle o los Cacs, que son el reconocimiento del Estado a este trabajo que ha hecho la Iglesia a través de los Hogares de Cristo, con lo que se empezó a dar lugar a esta propuesta de abordaje territorial, para convertirlo en política de Estado. Después tenemos a mucha gente que nos da una mano, desde instituciones como gremios, depende el lugar se van generando los vínculos porque ven un trabajo bien concreto con gente que lo necesita.

- Algo por lo que se ha destacado siempre la Iglesia en el territorio fue la gran participación del voluntariado.

- Sí, es la gran riqueza, la gente, que siente que ese tema debe ser parte de su vida y nace del conocimiento, de la proximidad. Vemos que en los barrios, muchas veces, los que terminan salvando la situación son los mismos vecinos del lugar. En la pandemia, de un día para el otro todas las capillas se convirtieron en comedores y la gente que venía a misa fue la que cocinaba y repartía la vianda. Antes de que tuvieran la vacuna llevaban un plato de comida a cada casa, o sea, toda la comunidad se organizó para ayudar al que más estaba necesitado.