Cortaron el acceso a la autopista para reclamar por viviendas
Vecinos que desde el viernes toman terrenos en los barrios San Nicolás y Nicolás Avellaneda se movilizaron en calle Buenos Aires. El secretario de Gobierno del Municipio, Eduardo Rodríguez, dijo que no serán “partícipes de una usurpación”
—Estamos acá exigiendo que nos den una respuesta porque queremos tener nuestra vivienda. Tampoco queremos que nos regalen —dice.
Dayana habla mientras hombres y mujeres la rodean con carteles que refuerzan su discurso, lo sostienen, lo impulsan: todos la proyectan.
—Recibimos sólo amenazas y quieren meter miedo. Hace del viernes que estamos ahí en el lugar pasando frío, pasando calor.
Ayer, martes 25 de febrero. Casi la una de la tarde. Son bastantes y cortan, parcialmente, el acceso a la autopista por calle Buenos Aires. “No me llames negro/a por atreverme a reclamar. Los beneficios son para todos”, “Tierra para una vida digna”, “Alquileres pagables. Estado ausente”, son algunas de las frases escritas sobre cartones y papeles blancos, celestes, rosas: son una síntesis resignada.
El sol avanza sobre los cuerpos: ellos caminan teñidos por un agobio profundo y no disimulan. Van despacio, acostumbrados a la espera, mientras vecinos salen de sus casas y desde las esquinas miran con relativa indolencia. En la caja de una camioneta, unos ocho hombres tocan redoblantes y bombos. Son otra síntesis: una esperanzada.
***
Con la siesta cada vez más inevitable, la protesta se diluye como una cuenta pendiente en un almanaque olvidado. Queda el regreso y el cemento es tierra que cruje. A ambos lados de calle, caballos pastan. Los carteles ahora son refugio para una tarde en la que apenas un fragmento de sombra será inviable. A lo lejos, en pleno barrio San Nicolás, ya se ve el asentamiento: un depósito de deseos remotos. Y más allá se ve un eco en el Nicolás Avellaneda.
Una angustia improvisada se desparrama sobre la llanura. Carpas y chozas —no más— son una arritmia que horada el campo verde. Las nubes son apenas un trazo liviano en el horizonte.
Móviles de Seguridad Vial Ciudadana y de la Policía de la Provincia se apostan en diferentes recodos del sector. Los uniformados miran —y no son mirados— en silencio.
Una construcción precaria recibe donaciones y alimentos. Preparan ollas populares porque cada vez son más: alrededor de 200 familias son las que dicen lo de siempre, que la intención de pagar está. Que dicen lo de siempre: que los escuchen.
Magalí Díaz y Micaela Centeno se encargan de la comida. Ellas, como tantos otros, dicen que no hay diferencias, que vivir ahí es exactamente igual a vivir donde habitualmente lo hacen: en la casa de un suegro o un abuelo el hacinamiento es el mismo.
Julio es otro vecino del San Nicolás, paga un alquiler pero no le alcanza.
—No hay trabajo en la ciudad. No se puede vivir más así. Por eso decidimos con todos los muchachos usurpar el territorio que la Municipalidad tiene abandonado porque así como ven está lleno de maleza y de monte. No queremos robar. Queremos simplemente que nos den un terreno y pagar. Que nos den una cuota para que nuestros hijos tengan una vivienda digna y se termine todo el quilombo ese de vivir en la calle y en la pobreza.
Una mujer se acerca. Se llama Melania. No tiene más de 30 años. Es madre de una niña de 4 años y tiene fecha de parto prevista para el lunes o martes próximo: está embarazada de mellizos. Otro hombre se suma. Cuenta que tiene un hermano discapacitado y una hija madre de cinco pequeños. Ella y él son aquellos: los que vienen, también, desde barrios como el Botta, el Ameghino y el San Martín a pedir por favor.
***
El referente de la CTA Enrique Godoy también está presente.
—Esto no nace ayer. Nace hace casi once años, cuando las Mujeres Sin Techo arreglaron un convenio con la Municipalidad que hasta ahora no terminó traducido en sitios para las compañeras —dice mientras insiste en que se trata de gente pacífica que necesita dialogar.
Godoy dice otras cosas que provienen de una única garganta: la del desamparo. Y niños y niñas —tantos y tantas— dejan sus bicicletas ahí, en lo que tal vez sería un patio. Otros jóvenes se sientan a un costado, sobre una loma, y toman mate en lo que nunca será una mesa. Todos confían en que las oportunidades existen, en que las posibilidades están y alguien llegará. Todos permanecen: están convencidos y saben de qué se trata. De un derecho.
La postura del Municipio
En diálogo con este matutino, el secretario de Gobierno y Seguridad, Eduardo Rodríguez, habló sobre la toma. “Nosotros a instancias de la Fiscalía de Primer Turno, que es la que está interviniendo en la usurpación, recibimos a los voceros de distintos grupos y les pusimos a disposición todo el mecanismo de la Municipalidad a través del Instituto de la Vivienda con sus asistentes sociales y trabajadores sociales para evaluar la situación de cada uno”.
En este sentido, explicó que el Municipio no está en condiciones para iniciar un plan de viviendas. “En el Instituto de la Vivienda hay más de 6 mil personas anotadas, de las cuales ninguna ha ido a ocupar ningún terreno y realizan todos sus trámites administrativos como corresponde”, indicó. Y concluyó: “Mientras se mantengan ocupando los terrenos, desde el Municipio no vamos a ser partícipes de una usurpación”.
Franco Gerarduzzi. Redacción Puntal
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Dayana habla mientras hombres y mujeres la rodean con carteles que refuerzan su discurso, lo sostienen, lo impulsan: todos la proyectan.
—Recibimos sólo amenazas y quieren meter miedo. Hace del viernes que estamos ahí en el lugar pasando frío, pasando calor.
Ayer, martes 25 de febrero. Casi la una de la tarde. Son bastantes y cortan, parcialmente, el acceso a la autopista por calle Buenos Aires. “No me llames negro/a por atreverme a reclamar. Los beneficios son para todos”, “Tierra para una vida digna”, “Alquileres pagables. Estado ausente”, son algunas de las frases escritas sobre cartones y papeles blancos, celestes, rosas: son una síntesis resignada.
El sol avanza sobre los cuerpos: ellos caminan teñidos por un agobio profundo y no disimulan. Van despacio, acostumbrados a la espera, mientras vecinos salen de sus casas y desde las esquinas miran con relativa indolencia. En la caja de una camioneta, unos ocho hombres tocan redoblantes y bombos. Son otra síntesis: una esperanzada.
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Con la siesta cada vez más inevitable, la protesta se diluye como una cuenta pendiente en un almanaque olvidado. Queda el regreso y el cemento es tierra que cruje. A ambos lados de calle, caballos pastan. Los carteles ahora son refugio para una tarde en la que apenas un fragmento de sombra será inviable. A lo lejos, en pleno barrio San Nicolás, ya se ve el asentamiento: un depósito de deseos remotos. Y más allá se ve un eco en el Nicolás Avellaneda.
Una angustia improvisada se desparrama sobre la llanura. Carpas y chozas —no más— son una arritmia que horada el campo verde. Las nubes son apenas un trazo liviano en el horizonte.
Móviles de Seguridad Vial Ciudadana y de la Policía de la Provincia se apostan en diferentes recodos del sector. Los uniformados miran —y no son mirados— en silencio.
Una construcción precaria recibe donaciones y alimentos. Preparan ollas populares porque cada vez son más: alrededor de 200 familias son las que dicen lo de siempre, que la intención de pagar está. Que dicen lo de siempre: que los escuchen.
Magalí Díaz y Micaela Centeno se encargan de la comida. Ellas, como tantos otros, dicen que no hay diferencias, que vivir ahí es exactamente igual a vivir donde habitualmente lo hacen: en la casa de un suegro o un abuelo el hacinamiento es el mismo.
Julio es otro vecino del San Nicolás, paga un alquiler pero no le alcanza.
—No hay trabajo en la ciudad. No se puede vivir más así. Por eso decidimos con todos los muchachos usurpar el territorio que la Municipalidad tiene abandonado porque así como ven está lleno de maleza y de monte. No queremos robar. Queremos simplemente que nos den un terreno y pagar. Que nos den una cuota para que nuestros hijos tengan una vivienda digna y se termine todo el quilombo ese de vivir en la calle y en la pobreza.
Una mujer se acerca. Se llama Melania. No tiene más de 30 años. Es madre de una niña de 4 años y tiene fecha de parto prevista para el lunes o martes próximo: está embarazada de mellizos. Otro hombre se suma. Cuenta que tiene un hermano discapacitado y una hija madre de cinco pequeños. Ella y él son aquellos: los que vienen, también, desde barrios como el Botta, el Ameghino y el San Martín a pedir por favor.
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El referente de la CTA Enrique Godoy también está presente.
—Esto no nace ayer. Nace hace casi once años, cuando las Mujeres Sin Techo arreglaron un convenio con la Municipalidad que hasta ahora no terminó traducido en sitios para las compañeras —dice mientras insiste en que se trata de gente pacífica que necesita dialogar.
Godoy dice otras cosas que provienen de una única garganta: la del desamparo. Y niños y niñas —tantos y tantas— dejan sus bicicletas ahí, en lo que tal vez sería un patio. Otros jóvenes se sientan a un costado, sobre una loma, y toman mate en lo que nunca será una mesa. Todos confían en que las oportunidades existen, en que las posibilidades están y alguien llegará. Todos permanecen: están convencidos y saben de qué se trata. De un derecho.
La postura del Municipio
En diálogo con este matutino, el secretario de Gobierno y Seguridad, Eduardo Rodríguez, habló sobre la toma. “Nosotros a instancias de la Fiscalía de Primer Turno, que es la que está interviniendo en la usurpación, recibimos a los voceros de distintos grupos y les pusimos a disposición todo el mecanismo de la Municipalidad a través del Instituto de la Vivienda con sus asistentes sociales y trabajadores sociales para evaluar la situación de cada uno”.
En este sentido, explicó que el Municipio no está en condiciones para iniciar un plan de viviendas. “En el Instituto de la Vivienda hay más de 6 mil personas anotadas, de las cuales ninguna ha ido a ocupar ningún terreno y realizan todos sus trámites administrativos como corresponde”, indicó. Y concluyó: “Mientras se mantengan ocupando los terrenos, desde el Municipio no vamos a ser partícipes de una usurpación”.
Franco Gerarduzzi. Redacción Puntal