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Las apps de citas: amar en tiempos de redes sociales

Un modo de establecer contactos virtuales se instaló y sigue creciendo. ¿Qué ofrecen? ¿Qué temores despierta?

Fue un visionario Roberto Galán, el primero en utilizar un medio masivo de comunicación para formar parejas “en vivo y en directo”. Lo hizo en su programa “Yo me quiero casar, ¿y usted?”, un clásico de la televisión argentina, que mostraba en la pantalla chica lo que hasta entonces se reservaba a la intimidad: el coqueteo entre adultos para establecer una relación sentimental. Hoy proliferan las apps de citas para todas las edades y gustos. Ya no es un puñado de personas vistas por la mayoría con asombro y curiosidad, ahora es esa mayoría la que se expone en los sitios de citas. En un mundo que marcha hacia la digitalización, ¿por qué estaría exceptuado el sexo o el romance?

La idea de registrarse en una aplicación de citas como Tinder iría en contra del principio que dice que el amor es un chispazo, que surge cuando uno menos lo espera. Pero los tiempos cambian: hoy las apps de citas permiten buscar “algo” sin perder tiempo. Unos aclaran qué desean, miran perfiles y buscan a la persona adecuada para satisfacer su deseo. Otros piensan que registrarse en estas apps degrada su imagen, “te baja el precio”, y prefieren mantener su vida amorosa offline.

Hace dos años, cuando Brad Pitt recibió un premio del Sindicato de Actores, anunció que subiría la estatuilla a su perfil de Tinder para conseguir más citas. Brad Pitt, ¡qué ironía! Las apps de citas son usadas por personas de diferentes géneros, contextos sociales, edades, etcétera. A su modo, promueven la diversidad: seas quien seas o como seas, podés subir tu perfil y gestionar tus citas. Pero no todo es tan sencillo ni lineal. Estela Canuto, que analiza estas apps desde el psicoanálisis, advierte que son los propios usuarios quienes filtran a sus potenciales contactos a través del uso que hacen de las redes. “Estas apps son una ventana para acercarnos, asomarnos acotadamente a la vida de los otros en nueve fotos, 500 caracteres y una canción”. ¿Cómo elegir un candidato/a con elementos tan limitados? Con perfiles armados a partir de cuerpos y textos fragmentados, el resto queda “a tu criterio”, como supo decir una modelo de la farándula. Dicho de un modo más elegante: cada quien elige esos fragmentos según sus ideales y los completa a su gusto.

La idea de registrarse en una aplicación de citas como Tinder iría en contra del principio que dice que el amor es un chispazo, que surge cuando uno menos lo espera. Pero los tiempos cambian. La idea de registrarse en una aplicación de citas como Tinder iría en contra del principio que dice que el amor es un chispazo, que surge cuando uno menos lo espera. Pero los tiempos cambian.

El entrenamiento en redes sociales nos advierte sobre posibles riesgos y engaños. Los discursos feministas han visibilizado las adversidades a las que las mujeres se exponen cotidianamente: los peligros de la calle, la noche, la relación con el sexo opuesto. Estar alerta permite que las mujeres tomen la iniciativa en el cortejo, lo que además es promovido por estos sitios. Pero hay que tener cuidado: el documental “El estafador de Tinder” muestra cómo un inescrupuloso muchacho se hace pasar por millonario para embaucar a las mujeres con quienes se relaciona por la app.

El anonimato es parte de este show de rostros, cuerpos, autos y objetos que aparecen en las fotos para despertar interés. De eso se trata: gestionar la propia imagen. El anonimato y los recursos tecnológicos permiten que estas aplicaciones se asemejen a un juego en el que uno decide hasta dónde quiere llegar y con quién. Si algo nos disgusta de quien está del otro lado, basta un click para hacerlo desaparecer. A diferencia de los encuentros presenciales, las apps no requieren justificación alguna para “borrarse”. Como contrapartida, si aumenta el interés mutuo, se puede pasar de nivel: una llamada o el irremplazable encuentro cara a cara.

La pandemia disparó el uso de las apps en un tiempo en el que la vida se vuelca cada vez más a lo digital. Siempre existió la necesidad de establecer relaciones humanas, pero ahora la tecnología y la mercadotecnia le sacan un enorme rédito: mientras más gente participe, mayor será la rentabilidad de la apps. Cada vez que subimos contenidos a las redes, trabajamos para sus dueños. Sin jefes, sin patrones, procurando eludir el anonimato que las redes nos devuelven.

La tecnología de los algoritmos se adapta al capitalismo actual, caracterizado por un consumo exacerbado. Un consumo dará paso a otro y así sucesivamente, alimentando una cadena de insatisfacción que hace que el mercado de las citas esté disponible las 24 horas. Pero, ¿son compatibles amor y mercado? El amor requiere compromiso, estabilidad, renunciamiento, aprender a convivir con la idea de que no se puede tener todo; el mercado, en cambio, es insaciable: se consume para poder seguir consumiendo. Es como una fábrica de la soledad: uno nunca completa el ideal del otro, ni el otro completa el suyo. Se aprende a descartar.

“¿Qué sucede con las ganas de tener una cita cuando el exceso de perfiles provoca tedio, la elección se aplaza y se mira indefinidamente candidatos?”, se pregunta Canuto. El documental “El dilema de las redes sociales” lo explica: mirar produce placer. Y el objetivo de quienes administran las redes no es otro que, sin darnos cuenta, estemos siempre disponibles para ver lo que sucede.

Luciano Lutereau, un psicoanalista muy activo en redes sociales, advierte que la autoobservación de lo que hacemos en función de no perder tiempo, no aburrirnos ni hacer algo improductivo impide la experiencia de que algo nuevo suceda. Para permitirlo se debería dejar de evaluarnos y aceptar “transitar cierto abandono de uno mismo”.

“¿Aún existe un lugar para la contingencia, lo fortuito, lo no calculado, la mirada y el desconcierto ante un encuentro no planificado, que irrumpe?”, se pregunta Canuto. De no ser así estaríamos en el umbral de una nueva civilización de ciudadanos zombies controlados por algoritmos. El amor es asumir riesgos, que te rompan el corazón, que te planten. Sufrir, amar, disfrutar del sexo. Asumir que la vida no es como en Hollywood. Y que no todas las citas están en Tinder.

Por Carolina Saiz. Marca Informativa Córdoba