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Matadero Municipal de Salamone: blues para una torre oscura

Pero aquella tarde, su lúgubre silueta recortándose a lo lejos me hizo vivenciar algo inédito para las puertas de mi pobre percepción: el avistamiento de un castillo medieval.

De chico me atrajo poderosamente la torre del matadero. La habré visto por primera vez a los doce años, en alguna caminata desolada y a contramano de mi recorrido como estudiante de un pueblo que iba de la terminal al colegio y del colegio a la terminal. 

Pero aquella tarde, su lúgubre silueta recortándose a lo lejos me hizo vivenciar algo inédito para las puertas de mi pobre percepción: el avistamiento de un castillo medieval.

Debo haberle preguntado a mi amigo de barrio Industrial (a cuya casa, efectivamente, me dirigía aquella tarde) qué era esa mole. Y luego de describírsela como si se tratara, efectivamente, de una fortaleza rumana, él me dijo casi con desprecio “ah, el matadero...” 

Y algo se heló en mi sangre. Porque al ver aquella torre había empezado a latir ese mismo hielo.

Es cierto que por ese entonces yo estaba obsesionado con el castillo de Drácula en Bran (mi madre me lo había mostrado en una revista y para mí era el lugar más fascinante  del mundo). Es cierto que yo soñaba con esa Europa de la Edad Media cuyas películas mirábamos con mi ella en depresivos domingos del pueblo. Pero también sabía que había “algo más” en aquella súbita sensación de miedo. Algo que provenía directamente de aquella torre. Como si más que una fortificación de hormigón fuera una antena emitiendo una frecuencia de puro horror cósmico. Me acuerdo que fue lo que sentí al darme vuelta y verla por última vez, levantándose por sobre el caserío del barrio con su majestad oscura. Como un centinela que vigila para que de noche todos tengan la misma pesadilla; un aullido subliminal a veinticuatro fotogramas por segundo.

Reencuentro cercano 

No sabría decir cuánto tiempo pasó hasta que volví a verla; pero fueron muchos años. Tal vez treinta, cuando una tarde tras un reportaje en el Abasto volví a pie por la crujiente arena de la prolongación Alvear. Entonces, de pronto, me encontré ante su majestad.

No era tan alta como la recordaba, y estaba rodeada de un halo cotidiano (hombres de blanco ensagrentados, matarifes en plena faena, funcionarios municipales). Sin embargo, algo de su energía sombría llegó directamente a mis nervios. Yo era un adulto y mi imaginario había cambiado. Yo había ido a estudiar a Córdoba y había dejado la universidad. Yo había tratado de escribir libros y durante un buen tiempo me la pasé yendo a la biblioteca de Arquitectura a mirar enciclopedias de arte. Yo había leído a Roberto Arlt y a Dostoievski pero también las cartas de Van Gogh y las letras de Cohen. Y a pesar de mis relecturas góticas, ya no estaba “tan” obsesionado por Drácula como en el pasado. Y había vivido un terror acaso más profundo cuando en la gran ciudad estuve reducido a la nada misma tanto a nivel económico como social, humano y laboral. Una buena década por lo menos.

Sin embargo, algo en el mecanismo de la percepción de aquellos días seguía intacto en mí. Y me alegré de que así fuera. Porque la gran ilusión del mundo no había modificado mi modo de percibirla. Como si pudiera reconocer la voz de mi abuela muerta entre mil voces de abuelas muertas.

Sólo que esta vez, amén de la Fortaleza de Transilvania, yo tenía más elementos para comparar aquella torre. Y eso hice.

Sobre la “Colina del Tigre”

Pensé en la pagoda de La Colina del Tigre en China, demencialmente siniestra y oscura. Pensé en las construcciones de la película  Metrópolis. Pensé en el edificio Chrysler de Nueva York donde tiraba sus telas de araña “Spiderman” (y que gracias a una novia americana yo había tenido la oportunidad de conocer). Y también pensé en la Ciudad Gótica de Batman; en el Cavanagh de Buenos Aires; en la arquitectura del nazismo; en la cancha de Huracán y en las Torres del Silencio, esos enormes ruleros verticales de piedra en cuyo interior los “zoroastrianos” depositaban los cadáveres para que fuesen limpiados por los buitres. Y todas esas construcciones se cruzaron en mi visión presente con el cartel de “Matadero Municipal” en letras de chapas saltadas. 

Y entonces percibí algo más que los recuerdos. Aquel  olor a sangre vieja, el lejano aullido de los animales, el dolor que se había ido acumulando en aquel sitio de sacrificio a lo largo de los años y la carga energética que lo rodeaba. Y aquel mugido sin mugir y aquel llanto sin llorar. Sólo que esta vez, yo estaba al frente de la fuente energética misma. Y sus emisiones llegaban intactas hasta mis transistores, intactos desde la niñez.

Al otro día y como en mis tiempos de estudiante en Córdoba, fui a la biblioteca a investigar sobre aquel edificio. 

Para mi sorpresa, no había demasiada información de la construcción ni de su arquitecto, Francisco Salamone. Pero descubrí que, tanto la Plaza Centenario como la Asistencia Pública y el Matadero, habían sido sus primeras obras públicas. Tres estructuras “modelo” que luego replicaría en desolados pueblos bonaerenses con una monumentalidad y belleza como nunca antes se vio (ni se volvió a ver) en el país.

Hete aquí algunos apuntes tomados del libro de Bernardino Calvo, “Villa María y sus barrios”.

Como salido de la Bauhaus 

  Inaugurado en febrero del ´36 durante los últimos días de la intendencia de Parajón Ortiz, la obra sufrió varias críticas por parte de la oposición. Sobre todo debido a sus altos costos. De hecho, la obra se había proyectado junto a un fabuloso Palacio Municipal, pero debió su retrasó al aumento demencial en el costo de los materiales; muy especialmente del hierro; descontando que la maquinaria debía importarse directamente de Alemania en tiempos en que el cambio era muy desfavorable a nuestra moneda. En cuanto al proyectado palacio municipal, el dibujo de Salamone, digno de una escena de Metrópolis o de algún palacio soñado en la Bauhaus,  aún duerme en cajones de archivo como un sueño que quizás un príncipe azul despierte algún día.

Lo cierto es que el Matadero Municipal fue uno de los primeros de gran envergadura construido en el interior de la provincia. La obra estuvo a cargo del ingeniero Atenor Villagra y se llevó a cabo en un terreno de Carlos Urquijo  “en el camino a Cárcano, frente a los bretes del FF.CC. Argentino", permutándolo por un lote municipal de una hectárea ubicado en la parte Sudoeste, en donde se encontraba el viejo matadero”.

Fin del cuaderno de apuntes y mil gracias a “Dino” una vez más, por tantos servicios prestados a los padecientes de melancolía.

El hombre del castillo

Como todos saben, tras su paso fugaz por Villa María Salamone emigró a Buenos Aires. Allí, y gracias a su amistad con el gobernador conservador Manuel Fresco, levantó palacios municipales y plazas, cementerios y mataderos. Todos en  pueblos y ciudades perdidas. Casi insignificantes. Y es que ese era su “misión”, dotar de edificios imponentes a la Buenos Aires postergada en contraposición a la “Vip”, cuyas obras estuvieron siempre a cargo del arquitecto Alejandro Bustillo; de cuyo lápiz salieron el Casino de Mar del Plata, el edificio del Banco de la Nación Argentina, el Hotel Continental y la casa de Victoria Ocampo.

Salamone, en cambio, se quedó con Carhué y Guaminí, Pellegrini y Rauch, Tornquist y Puán, Alberti  y  Laprida, Adolfo Gonzales Chaves y Vedia. Yy también Coronel Pringles. El matadero de esta última tiene exactamente la forma de un cuchillo apuntado al cielo. Y acaso (pienso) no sea casualidad que el de Villa María se parezca a la fortaleza del Príncipe Vlad de Valaquia; lo que en cierto modo también representa un lugar sangriento que amenaza las alturas.

Mi tercer encuentro importante con el “Castillo Salamone” en barrio Las Playas se produjo hace un año ya. Fue una noche de finales de primavera. Yo volvía de la casa de un amigo y debo haber tomado calle Paso de los Libres (lo que no deja de ser una ironía). O sea, la parte de atrás del Matadero. Pero yo a eso no lo sabía. Lo supe cuando vi una manada de vacas echadas en el barro. No había ruidos ni gente caminando. Sólo el silencio absoluto que precede a la muerte y las vacas esperando en paz, con sus ojos mirándome, brillados por la luna. Y de fondo, la torre oscura, como una aparición.

Desde ese día me juré no comer más carne ni ser cómplice de una matanza. Esa que cada día digita el “hombre del castillo”. Una entidad que acaso no exista en el plano físico pero que seguramente está allá arriba, mirando desde la torre. Y al apagarse los ruidos del mundo empieza a emitir aquella frecuencia de horror. Un mugido que no tiene fin.



Iván Wielikosielek. Redacción Puntal Villa María

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