Los hidratos de carbono fueron durante muchos años una preocupación excesiva para bajar de peso y lograr llevar una alimentación equilibrada. ¿Cuántas veces han escuchado que los hidratos de carbono y más precisamente las harinas engordan? Sin embargo, son muchos los mitos que hay en referencia al consumo de esta clase de alimentos.
Estamos atravesando un momento en el cual abunda la información sobre los alimentos. Nos sentimos diariamente desafiados. Estamos saturados de opiniones.
Además, con el correr del tiempo, nuestro paladar se fue acostumbrando a un consumo excesivo de hidratos de carbono, de grasas saturadas, conservantes y aditivos difíciles de frenar. Abundan los ultraprocesados y nos falta comida casera.
Esto, acompañado de una vida sedentaria y poca actividad física, nos llevó a un aumento del sobrepeso y la obesidad a nivel mundial. Es por esa razón que muchas personas se someten una y otra vez a diferentes dietas y muchas han decidido, en consecuencia, dejar las harinas como única fuente de hidratos de carbono y solución mágica para el descenso de peso.
Los hidratos de carbono forman parte de gran cantidad de alimentos y muchos de ellos saludables y fuente de fibra, como los cereales integrales, las legumbres, las hortalizas, frutas y frutos secos. Lo que debemos rever es qué calidad de hidratos estamos consumiendo y de dónde provienen. Profundicemos un poco más sobre este macronutriente.
Los hidratos de carbono son nuestra principal fuente de energía y dependiendo de su composición se pueden clasificar entre aquellos que son simples y aquellos que son complejos.
Los azúcares simples son aquellos que nos aportan energía de forma rápida para ser utilizada por el cuerpo. Los encontramos en forma natural en la fruta, en la miel y en la leche pero también en el azúcar de mesa y todos los productos que se elaboran con este producto refinado (golosinas, alfajores, galletitas, chocolates, bebidas azucaradas y demás productos con azúcar oculta que a veces no sabemos que lo contienen).
Los carbohidratos complejos los encontramos en aquellos alimentos fuentes de almidón como por ejemplo el arroz, el trigo y sus derivados, el mijo, la avena (entre otros cereales), la quinoa (pseudocereal), las legumbres, y raíces comestibles como la papa, la batata y la mandioca.
Lo que va a determinar nuestra calidad alimentaria es cuáles de todos estos alimentos consumimos, en qué cantidad y con qué frecuencia. Si pensamos que estos últimos requieren mayor trabajo digestivo podemos concluir que eso nos dará mayor saciedad y gasto energético. ¿Tendríamos entonces que eliminarlos de la dieta?
Quitarlos de la alimentación por completo y realizar dietas de tipo milagrosas, altas en proteínas y lejos de ser adecuadas para cada persona provoca los famosos efectos rebote, ganancia de peso posterior, déficit de nutrientes y desequilibrio emocional.
No olvidemos que los carbohidratos ayudan a mantener una cantidad estable de glucosa en sangre y ¡el cerebro la necesita para funcionar correctamente!, además de brindarle una cuota de placer. La restricción genera deseo y siempre lleva a un consumo superior al que tendríamos si lográramos establecer una relación sana con los alimentos. Comer de forma consciente nos lleva a mantener ese equilibrio que el cuerpo necesita.
Pero, ¿qué pasa con los azúcares simples? La alimentación rica en azúcar y en otros edulcorantes es lo que fomenta la epidemia de la obesidad. Cuanto más consumo, más lo necesito. Se genera un comportamiento compulsivo que persiste en el tiempo perpetuando los niveles de ansiedad y esa ganas de comer "algo dulce". Este punto sí es importante tenerlo en cuenta porque hemos hecho lo posible por reemplazarlo. Los edulcorantes, tan aclamados por la población y mucho más dulces que el azúcar, han salido al mercado con la ilusión de poder mantener el dulzor de los alimentos a un costo más bajo de calorías.
Entonces, ¿cuál es la clave con respecto al consumo de hidratos de carbono?. Mejorar su calidad, eligiendo las versiones integrales (¡hay mucha variedad en el mercado! Pero también podés hacer tus versiones caseras) y alimentos menos refinados. Utilizar diferentes harinas, aumentar el consumo de legumbres (tres a cuatro porciones por semana), sumar frutas y frutos secos, y disminuir el consumo de azúcar y edulcorantes artificiales.
Si tenés dudas, ¡consultá con un profesional! No se debe caer en restricciones nutricionales ni en dietas alocadas. El secreto está en la variedad y el equilibrio. Reaprender a alimentarnos requiere su tiempo pero es posible.
Luisina Peláez - Luisina Peláez
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Además, con el correr del tiempo, nuestro paladar se fue acostumbrando a un consumo excesivo de hidratos de carbono, de grasas saturadas, conservantes y aditivos difíciles de frenar. Abundan los ultraprocesados y nos falta comida casera.
Esto, acompañado de una vida sedentaria y poca actividad física, nos llevó a un aumento del sobrepeso y la obesidad a nivel mundial. Es por esa razón que muchas personas se someten una y otra vez a diferentes dietas y muchas han decidido, en consecuencia, dejar las harinas como única fuente de hidratos de carbono y solución mágica para el descenso de peso.
Los hidratos de carbono forman parte de gran cantidad de alimentos y muchos de ellos saludables y fuente de fibra, como los cereales integrales, las legumbres, las hortalizas, frutas y frutos secos. Lo que debemos rever es qué calidad de hidratos estamos consumiendo y de dónde provienen. Profundicemos un poco más sobre este macronutriente.
Los hidratos de carbono son nuestra principal fuente de energía y dependiendo de su composición se pueden clasificar entre aquellos que son simples y aquellos que son complejos.
Los azúcares simples son aquellos que nos aportan energía de forma rápida para ser utilizada por el cuerpo. Los encontramos en forma natural en la fruta, en la miel y en la leche pero también en el azúcar de mesa y todos los productos que se elaboran con este producto refinado (golosinas, alfajores, galletitas, chocolates, bebidas azucaradas y demás productos con azúcar oculta que a veces no sabemos que lo contienen).
Los carbohidratos complejos los encontramos en aquellos alimentos fuentes de almidón como por ejemplo el arroz, el trigo y sus derivados, el mijo, la avena (entre otros cereales), la quinoa (pseudocereal), las legumbres, y raíces comestibles como la papa, la batata y la mandioca.
Lo que va a determinar nuestra calidad alimentaria es cuáles de todos estos alimentos consumimos, en qué cantidad y con qué frecuencia. Si pensamos que estos últimos requieren mayor trabajo digestivo podemos concluir que eso nos dará mayor saciedad y gasto energético. ¿Tendríamos entonces que eliminarlos de la dieta?
Quitarlos de la alimentación por completo y realizar dietas de tipo milagrosas, altas en proteínas y lejos de ser adecuadas para cada persona provoca los famosos efectos rebote, ganancia de peso posterior, déficit de nutrientes y desequilibrio emocional.
No olvidemos que los carbohidratos ayudan a mantener una cantidad estable de glucosa en sangre y ¡el cerebro la necesita para funcionar correctamente!, además de brindarle una cuota de placer. La restricción genera deseo y siempre lleva a un consumo superior al que tendríamos si lográramos establecer una relación sana con los alimentos. Comer de forma consciente nos lleva a mantener ese equilibrio que el cuerpo necesita.
Pero, ¿qué pasa con los azúcares simples? La alimentación rica en azúcar y en otros edulcorantes es lo que fomenta la epidemia de la obesidad. Cuanto más consumo, más lo necesito. Se genera un comportamiento compulsivo que persiste en el tiempo perpetuando los niveles de ansiedad y esa ganas de comer "algo dulce". Este punto sí es importante tenerlo en cuenta porque hemos hecho lo posible por reemplazarlo. Los edulcorantes, tan aclamados por la población y mucho más dulces que el azúcar, han salido al mercado con la ilusión de poder mantener el dulzor de los alimentos a un costo más bajo de calorías.
Entonces, ¿cuál es la clave con respecto al consumo de hidratos de carbono?. Mejorar su calidad, eligiendo las versiones integrales (¡hay mucha variedad en el mercado! Pero también podés hacer tus versiones caseras) y alimentos menos refinados. Utilizar diferentes harinas, aumentar el consumo de legumbres (tres a cuatro porciones por semana), sumar frutas y frutos secos, y disminuir el consumo de azúcar y edulcorantes artificiales.
Si tenés dudas, ¡consultá con un profesional! No se debe caer en restricciones nutricionales ni en dietas alocadas. El secreto está en la variedad y el equilibrio. Reaprender a alimentarnos requiere su tiempo pero es posible.
Luisina Peláez - Luisina Peláez

