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Cuando la solidaridad y la empatía son imperativos éticos

Leda Guzzi*- Médica infectóloga

Transcurrieron casi seis meses desde que esta catástrofe sanitaria llamada pandemia por SARS Cov2 transformó al mundo horizontalmente. Comenzó en China y se trasladó a Europa, donde hizo estragos. Actualmente el epicentro se encuentra en América, que ostenta el 47 por ciento de los infectados y el 45 por ciento de los fallecidos, a expensas de los Estados Unidos, Brasil, Perú y México. Estos países, por negación o por demora en la respuesta, concentran más del 80 por ciento de los casos y de los muertos.

En la Argentina, la pandemia comenzó el 3 de marzo, confinada a grupos de viajeros que regresaban de destinos con circulación viral activa. Luego, a través de contactos estrechos y en conglomerados, fue atravesando los diferentes estratos sociales, y visibilizó las condiciones de hacinamiento y carencias básicas con las que sobrevive una gran parte de la población.

Durante esos primeros días de marzo, los casos se duplicaban cada 3 días. Si se dejaba librado a su evolución natural, se habría alcanzado el colapso del sistema sanitario y estaríamos contando los muertos de a miles. La oportuna y enérgica decisión del Ejecutivo de aplicar el aislamiento obligatorio evitó esta progresión, logró el tan mentado aplanamiento de la curva epidémica y permitió que el sistema de salud ampliara su capacidad de respuesta, el número de camas de terapia intensiva, los respiradores, el recurso humano y su capacitación.

A pesar del valorado esfuerzo, la epidemia continuó su progresión lenta pero sostenida. Esto no sorprendió a la comunidad científica, por tratarse de un virus nuevo, muy transmisible y que no cuenta con una vacuna.

Aun así, una gran parte del territorio nacional logró contener el avance del virus y abrir las restricciones. El contrapunto se presenta en el 15 por ciento del territorio nacional, donde se constata circulación comunitaria del virus, especialmente en Ciudad de Buenos Aires y su conurbano.

Allí, la prolongación necesaria de la cuarentena generó un debate apasionado que refleja la tensión existente entre el impacto de la epidemia en términos de muertes y el de la crisis por la inactividad. Probablemente motivado por la búsqueda de un equilibrio que contemple las necesidades de sectores asfixiados por la parálisis económica, pero con la firme convicción de no dejar librado el virus a su albedrío, el Gobierno decidió mantener el aislamiento en fase 3, habilitó el funcionamiento de algunos comercios de cercanía y de ciertos rubros industriales.

En un país democrático en el que prima el principio ético de salvar vidas, deberá mantenerse extrema atención respecto de los indicadores que reflejen la necesidad de una eventual marcha atrás en la apertura. Estos indicadores son el número diario de casos y el índice de duplicación de casos en días. Está claro, además, que a mayor movilidad de la población y densidad demográfica, mayor riesgo de expansión de la infección.

El éxito de la actual estrategia epidemiológica depende de una rigurosa vigilancia de casos, con el adecuado testeo y aislamiento subsecuentes, y de nuestra tolerancia y aceptación a estas eventuales marchas y contramarchas. Se debe reconocer que una apertura precipitada puede desencadenar un aluvión de enfermos que conduzca a la inexorable y temida saturación del sistema de salud.

Resulta clave que todos nos comprometamos con responsabilidad a adherir a las medidas de autocuidado y cuidado colectivo, fundamentalmente el distanciamiento social, el uso de tapabocas y el lavado de manos. En este grave contexto, la solidaridad y la empatía son imperativos éticos.