“Cuando yo no sabía que iba a cantar tangos, mi viejo ya lo había intuido”
Hace 4 años que Luciano Soria se radicó en Buenos Aires, donde lleva adelante una profusa carrera musical y docente. Habló de las posibilidades que brinda la Capital y de su padre, quien de algún modo le marcó el camino
Ya no es Luciano de Villa Nueva, ahora es Luciano de Almagro. El barrio donde nació San Lorenzo y buena parte del repertorio del género argentino. Pero no. Me equivoco. Porque él, “Luciano de Almagro”, nunca dejó de ser “Luciano de Villa Nueva”. Allí donde él nació a la existencia pero también a la música ciudadana, esa que “de chiquito lo acunaba en la canción paterna”, es decir, la voz del mítico Héctor Sorial (nombre artístico que le pusiera el director de orquesta Deolindo Piñero). Porque en esta charla telefónica, Luciano Soria se emocionará más al hablar de su padre, fallecido en 2004. Y sobre todo, al constatar que, de alguna manera, está siguiendo su mismo destino, los pasos que aquel hombre le dejara como única herencia en la Tierra.
El cantante
-Entonces, Luciano ¿cuándo y por qué te vas a Buenos Aires?
-Fue para fines del 2014 y para expandir posibilidades musicales y de trabajo. Llegó un punto en que sentí que debía salir del lugar donde estaba para mi crecimiento personal y artístico. Y pensé que Buenos Aires podía satisfacer esos deseos. En Villa María yo cantaba cada quince días o una vez al mes. Y era poco para lo que yo quería, que era estar relacionado con la música cada día.
-¿Y ahora?
-Ahora, efectivamente, estoy a tiempo completo. Doy clases de canto grupal en un centro cultural de Flores y doy clases particulares donde tengo muchos compañeros que me vienen a ver. No me gusta decir alumnos porque en realidad son colegas.
-¿Y cantás?
-Canto con mucha más frecuencia que antes. Dos o tres veces por semana. A veces, más. Pero ojo, cantar es sólo una parte de todo lo que me gusta. Lo otro es el piano, la guitarra, el folclore.
-¿Y no te definís como cantante de tangos?
-No me gustaría que se me encasillara ahí. Creo que me relacionan con el tango porque ha sido mi actividad más permanente. Pero ahora, por ejemplo, estoy en un espectáculo con Hernán Piquín que se llama “Entre boleros y tangos”. Me gusta vivir en ese lugar donde la música da infinitas posibilidades. Y también me encanta andar girando todo el tiempo.
-También andás por pubs y boliches de toda la ciudad. ¿Tocás solo o con orquestas?
-Son muchos los proyectos y a veces estoy solo pero otras acompañado. Hace unos días me invitaron unas chicas que hacen tango con bandoneón, contrabajo y piano. Se llaman “Yazmina Raies Trío” y canté con ellas. Y en estos días voy a cantar boleros con Agustina Leoni, que es muy conocida en la ciudad. Me gusta esa versatilidad. Y si tengo que hacer alguna zamba, chacarera o escondido, la hago sin problemas.
-Volviendo al tango, ¿cómo es el público de Buenos Aires, más autóctono, más turista?
-Se mezclan mucho en todos lados. De hecho, hace poco le estuve dando clases de canto a un japonés. En las milongas hay alemanes, franceses, japoneses y muchos porteños. Es muy interesante el abanico de posibilidades.
-¿Cómo te explicás ese interés de japoneses, alemanes y franceses?
-A que el tango tiene muchísimas posibilidades de expresión, muchos colores y muchos sabores. Es increíble pensar que en una misma época hayan convergido Homero Manzi, Cátulo Castillo, Enrique Santos Discépolo y Enrique Cadícamo. Ha sido gente muy especial y a la vez muy universal, con características que no son fáciles de encontrar en otros géneros. El tango es como un plato al que no le falta nada. Tiene lo dulce, lo salado, la pimienta y, por supuesto, lo amargo. Todos los condimentos. Digamos que es apto para todos los paladares del mundo.
Clásico y moderno
-Esto lo decís hablando del tango clásico. ¿Y el nuevo?
-Hay cosas nuevas muy interesantes en el nuevo, pero la verdad es que no hice el ejercicio de búsqueda de nuevos autores como debería. Quizás más adelante.
-Hablando de Homero Manzi, hace poco cantaste en la esquina de San Juan y Boedo. ¿Cómo es actuar ahí?
-Son lugares donde han pasado personas muy talentosas; pero yo lo vivo de una manera natural. No le pongo más de lo que veo. No quiero perder el aquí y ahora de cada lugar.
-Esa esquina es de Boedo y vos vivís en Almagro, dos barrios sanlorencistas y tangueros.
-Sí, y tengo un gran amigo tanguero de 88 años que jugó en la tercera de San Lorenzo. Almagro es un barrio precioso, con un montón de milongas y boliches donde se hace música pero también se enseña. Y hasta en la estación del subte hay pinturas con fuelles.
-¿Cuándo volvés a cantar en Villa María?
-Teóricamente el 21 de diciembre. Me invitó la gente de “A Puro Tango”, la orquesta donde cantaba mi papá. Mientras me llamen para cantar desde Villa María, yo estoy más que feliz.
-¿Qué me podés decir de tu padre, Héctor Sorial?
-Que mi viejo murió hace 14 años pero no hay un solo día en que no piense en él. Su incidencia en mi vida fue crucial. Y cuando yo no sabía que iba a cantar tangos, mi viejo ya lo había intuido. Por eso siempre estuvo presente en todas las decisiones que tomé. Y me apoyaba del mismo modo así hiciera rock o jazz, regalándome una viola o un ampli. Mi viejo era un fenómeno. Ahora que lo veo a la distancia, recién lo dimensiono. Y me doy cuenta de todo lo que hizo por mí y de cuánto le debo.
Iván Wielikosielek Redacción Puntal Villa María.
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El cantante
-Entonces, Luciano ¿cuándo y por qué te vas a Buenos Aires?
-Fue para fines del 2014 y para expandir posibilidades musicales y de trabajo. Llegó un punto en que sentí que debía salir del lugar donde estaba para mi crecimiento personal y artístico. Y pensé que Buenos Aires podía satisfacer esos deseos. En Villa María yo cantaba cada quince días o una vez al mes. Y era poco para lo que yo quería, que era estar relacionado con la música cada día.
-¿Y ahora?
-Ahora, efectivamente, estoy a tiempo completo. Doy clases de canto grupal en un centro cultural de Flores y doy clases particulares donde tengo muchos compañeros que me vienen a ver. No me gusta decir alumnos porque en realidad son colegas.
-¿Y cantás?
-Canto con mucha más frecuencia que antes. Dos o tres veces por semana. A veces, más. Pero ojo, cantar es sólo una parte de todo lo que me gusta. Lo otro es el piano, la guitarra, el folclore.
-¿Y no te definís como cantante de tangos?
-No me gustaría que se me encasillara ahí. Creo que me relacionan con el tango porque ha sido mi actividad más permanente. Pero ahora, por ejemplo, estoy en un espectáculo con Hernán Piquín que se llama “Entre boleros y tangos”. Me gusta vivir en ese lugar donde la música da infinitas posibilidades. Y también me encanta andar girando todo el tiempo.
-También andás por pubs y boliches de toda la ciudad. ¿Tocás solo o con orquestas?
-Son muchos los proyectos y a veces estoy solo pero otras acompañado. Hace unos días me invitaron unas chicas que hacen tango con bandoneón, contrabajo y piano. Se llaman “Yazmina Raies Trío” y canté con ellas. Y en estos días voy a cantar boleros con Agustina Leoni, que es muy conocida en la ciudad. Me gusta esa versatilidad. Y si tengo que hacer alguna zamba, chacarera o escondido, la hago sin problemas.
-Volviendo al tango, ¿cómo es el público de Buenos Aires, más autóctono, más turista?
-Se mezclan mucho en todos lados. De hecho, hace poco le estuve dando clases de canto a un japonés. En las milongas hay alemanes, franceses, japoneses y muchos porteños. Es muy interesante el abanico de posibilidades.
-¿Cómo te explicás ese interés de japoneses, alemanes y franceses?
-A que el tango tiene muchísimas posibilidades de expresión, muchos colores y muchos sabores. Es increíble pensar que en una misma época hayan convergido Homero Manzi, Cátulo Castillo, Enrique Santos Discépolo y Enrique Cadícamo. Ha sido gente muy especial y a la vez muy universal, con características que no son fáciles de encontrar en otros géneros. El tango es como un plato al que no le falta nada. Tiene lo dulce, lo salado, la pimienta y, por supuesto, lo amargo. Todos los condimentos. Digamos que es apto para todos los paladares del mundo.
Clásico y moderno
-Esto lo decís hablando del tango clásico. ¿Y el nuevo?
-Hay cosas nuevas muy interesantes en el nuevo, pero la verdad es que no hice el ejercicio de búsqueda de nuevos autores como debería. Quizás más adelante.
-Hablando de Homero Manzi, hace poco cantaste en la esquina de San Juan y Boedo. ¿Cómo es actuar ahí?
-Son lugares donde han pasado personas muy talentosas; pero yo lo vivo de una manera natural. No le pongo más de lo que veo. No quiero perder el aquí y ahora de cada lugar.
-Esa esquina es de Boedo y vos vivís en Almagro, dos barrios sanlorencistas y tangueros.
-Sí, y tengo un gran amigo tanguero de 88 años que jugó en la tercera de San Lorenzo. Almagro es un barrio precioso, con un montón de milongas y boliches donde se hace música pero también se enseña. Y hasta en la estación del subte hay pinturas con fuelles.
-¿Cuándo volvés a cantar en Villa María?
-Teóricamente el 21 de diciembre. Me invitó la gente de “A Puro Tango”, la orquesta donde cantaba mi papá. Mientras me llamen para cantar desde Villa María, yo estoy más que feliz.
-¿Qué me podés decir de tu padre, Héctor Sorial?
-Que mi viejo murió hace 14 años pero no hay un solo día en que no piense en él. Su incidencia en mi vida fue crucial. Y cuando yo no sabía que iba a cantar tangos, mi viejo ya lo había intuido. Por eso siempre estuvo presente en todas las decisiones que tomé. Y me apoyaba del mismo modo así hiciera rock o jazz, regalándome una viola o un ampli. Mi viejo era un fenómeno. Ahora que lo veo a la distancia, recién lo dimensiono. Y me doy cuenta de todo lo que hizo por mí y de cuánto le debo.
Iván Wielikosielek Redacción Puntal Villa María.