Villa María | Tango | 8m |

Tango en la ciudad: postales previas a la milonga del 8M en el Club Estrada

“Deben soltar el cuerpo y pegarse con el corazón. Deben confiar en el compañero para mantener el equilibrio. Deben juntarse de la cintura para arriba y despegarse de la cintura para abajo", dice la profesora Silvia Roggia

“Deben soltar el cuerpo y pegarse con el corazón. Deben confiar en el compañero para mantener el equilibrio. Deben juntarse de la cintura para arriba y despegarse de la cintura para abajo. Tener autonomía en los pasos y caminar la pista como si caminaran por un patio. Recién ahí empieza el tango. En las piernas libres y en el corazón ofrecido al compañero”, dice la profesora Silvia Roggia una hora antes de la milonga. Y media docena de parejas  intentan coreografiar aquel pensamiento triste que, de momento, sólo se ensaya. 

La banda de sonido no es otra que la de Aníbal Troilo cosecha del cuarenta. Y por más que salga de un pendrive hay algo de aquella vieja fritura de vinilo. Acaso el mismo aceite en el que se quemaron tantos corazones e antaño.

Es interesante ver la escena desde el piso  pero también desde lo alto de las escaleras. Entonces, la pista del “club de los abuelos”, con su aire a cancha de básquet adaptada a una kermes, empieza a convertirse en milonga, esa ceremonia profana que ya es patrimonio. Porque allá abajo, como en una cajita musical, doce muñequitos se deslizan en círculo caminando los quiebres de la música, las quebradas del ritmo y las penas del bandoneón. 

Y curiosamente en el mosaico marmolado de la cancha no hay abuelos. Son todas parejas jóvenes. De la juventud dorada y también de esa otra “eterna y vieja juventud” entre los 40 y los 50 y que, de la mano (o mejor dicho, “del abrazo”) de la Silvia empiezan a gastar sus primeros zapatos en el áspero patinaje del arrabal.

La profe vuelve a insistir en la confianza en el compañero y en el “aquí y ahora” del baile. 

“Ningún tango es igual a otro, como ningún compañero de baile es igual a otro compañero. Cada pieza es única y se camina con los pies y se baila con el corazón”. Y las parejas se pegan una vez más en ese punto de equilibrio equidistante entre el aliento y el deseo.  

Fueyes de la ciudad

En la cocina azulejada como en las viejas cantinas, las chicas van y vienen con las prepizzas como lunas precocidas. Y los hombres con delantal blanco meten los discos en el horno. 

De pronto el salón hierve con el perfume de la levadura. Y quizás del mismo modo se va cocinando a fuego lento la noche. Porque de a poco van llegando los músicos de la orquesta de la universidad. Lucas Leguizamón, Ezequiel Infante, Valentín Gómez… Uno a uno dejan el bolso negro con sus fueyes, tan parecidos a los bolsos conque se transportan los órganos de un trasplante. Y algo de eso hay. Porque un bandoneón es órgano que late. Un corazón que se hincha y se deshincha respirando el asma de su melancolía ya sea que lo abran o lo cierren o sencillamente lo dejen solo. Porque un bandoneón nunca se está quieto. Es un latido vivo que jadea una pulsión continua como un quásar de vieja nostalgia.

Luego, los muchachos se van escaleras arriba a cambiarse. Su ropa deportiva le deja paso a la obligatoria pilcha negra. “Ya salen las pizzas, muchachos” les gritan desde abajo los hombres de la cantina. Y Villa María vuelve a ser la de los años cuarenta.

Han llegado más bailarines, más músicos y más violinistas. Y también las cantantes que esta noche pondrán perfume de mujer al micrófono. Es 8 de marzo y hay festejo pasional entre las chicas raras como encendidas. 

“Hay bastante gente pero tendría que haber todavía más -me dice Ezequiel- Pero la situación económica está dura y el tango no es parte de ninguna agenda. Mirá, ya estoy por recibirme y armamos esta orquesta para formarnos  en vivo. Soy santiagueño y te digo que esta universidad es uno de los pocos lugares académicos del país en donde hay espacio para el tango, que de nuevo está volviendo a ser orillero como en sus orígenes”.

Y el otro director de la orquesta, el pianista correntino Lucas Leguizamón, corrobora los dichos de su amigo. 

“Cuando llegué a Villa María nunca había tocado tangos. Pero me marcó a fuego mi paso por la orquesta del maestro Alberto Bacci. Él me enseñó los primeros rudimentos del piano tanguero y ya no pude parar”.

Aquel abrazo

Vuelvo a la pista. Ahora suena una “suite troileana” más lenta y los abrazos son pesados como los pasos y los latidos. Hay muchas más parejas tomando clase con la profe Silvia previa a la milonga. Una docena por lo menos. Y ahora el tango es un “baile profundo que se piensa”.  Los danzarines se arrastran por la pista; herencia directa de los zapatos gastados de guapos y percantas. Como si hubieran dejado escrito con sus pies en el piso un saludo y una promesa a los milongueros del mañana.

Salgo a la vereda y miro la noche fría que preanuncia el otoño porque el tango nació así, al aire libre, con las primeras letras grabadas en los muros con acero. Pero hoy sería tan impensado sin una pista como sin un cielo. Una cosmogonía imposible sin “las estrellas de la esquina de la casa de mi vieja”. Porque además de arrabal, el tango también es universo. 

En el ingreso al galpón veo las primeras parejas sacando entradas. “Dos, por favor”, dice el hombre invariablemente. Ahora sí que no hay solo jóvenes. Hay hombres y mujeres de todas las edades. Veinteañeras de aleopardada figura o señoras de las siete décadas embutidas en cancanes color damasco en almíbar. Hombres gastando un traje que sólo se saca para los casamientos o los entierros plateados como el plumaje de los teros contra la tarde dorada. De oro y plata, cantaría Charlo. Y el perfume, claro… El perfume no es un detalle menor. El aire de la noche compacta en su frío todas las esencias de esos viejos frasquitos para que esta no sea una noche triste. Almizcle, orégano, esencia de claveles amarillos y madera de oriente. Todo flota en el aire como cuando los músicos prueban los instrumentos y liberan todos los aromas del sonido. Y así, uno a uno y “después de usted” (el privilegio de las damas en el mundo del tango no se corresponde con los aullidos de guerra del 8M) ellas pasan primero. Luego el hombre le toma el abrigo y, acomodándole la silla, le pide que se siente. 

Las pizzas siguen subiendo para los músicos pero también empiezan a correr como discos de vinilo entre los caballetes vueltos alargadas mesas. Será por eso que la fritura de Atilio Stampone suena por altoparlantes con aroma a albahaca y fugaceta. 

Y como un periodista no tiene lugar en ninguna milonga del mundo, me digo que ya va siendo hora de irme. Levanto la mano a Ezequiel y Lucas, que me hacen señas desde arriba. Luego saludo a una de las cantantes, Eugenia Lauría, que viene de la marcha del 8M con su pañuelo verde y brillantina esmeralda en las mejillas, ojeras con verdín para pintar de amor su máscara de arcilla. Hecho un último vistazo para elegir la reina de la noche: es una de las musicalizadoras. Su vestido negro de tajo criminal es deslumbrante. Una cuchillada de sensualidad que va del muslo a los tobillos para ese triple asesinato de saber amar, partir y andar sin pensamientos  . 

Y veo por última vez a la profe Silvia caminando “Malevaje” cuando voy entre las mesas como un pensamiento triste que se calla. Entonces una  mano me agarra del brazo. “¿Qué hacés, querido?” Es Renato Sansinanea, leyenda de los micrófonos de la ciudad. “¡Renato!” le digo. “¿Vas a presentar esta noche?” “¡No, hijo! Sólo vine a despuntar el vicio. Me tomo un vinito, me bailo un tango y me vuelvo a casa”. Este hombre dice tener ochenta años pero su corazón vive en los cuarenta como los vinilos de Troilo. Como los fueyes de los muchachos que en unos minutos saldrán a latir en la pista para a decir que hay vida en las orillas; cuando una noche más el arrabal se vuelva cosmos. 



Iván Wielikosielek. Redacción Puntal Villa María

TEMAS: tango 8m
Comentá esta nota

Noticias Relacionadas