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Lacase fue "de colado" a Punta del Este y quiso llevar al juez de Control

El testigo fue uno de los organizadores del viaje a Uruguay. Contó que "a último momento" Macarrón sumó a su amigo y luego vocero, sin consultar a nadie. Agregó que el abogado intentó sumar sin éxito a Daniel Muñoz, el magistrado que acabaría liberando al perejil

Es una mañana de noviembre de 2006. Falta una semana para que el contingente de golfistas riocuartenses viaje a participar de la Copa Mercosur, en el Cantegril Country Club de Punta del Este, y uno de los viajeros, el traumatólogo Marcelo Macarrón, sale de su consultorio de calle SobreMonte y recorre con paso decidido los setenta metros que lo separan del consultorio de otro de los viajeros, el odontólogo Justo César Magnasco, en calle Pedernera.

Parece un asunto urgente porque la secretaria le avisa a Magnasco, y éste interrumpe el tratamiendo de un paciente para salir a atender a su amigo.

-Che, Daniel Lacase va con nosotros -lo anoticia el traumatólogo.

El anuncio de Macarrón, el tono imperioso con que lo dice, al odontólogo le cambia el humor.

Ambos son miembros de “La peña del 36”, un grupo cerrado que difícilmente aceptaría un extraño en sus filas.

Menos para compartir un viaje que vienen organizando hace meses.

Magnasco intenta disuadirlo, le dice que nadie invitó a Lacase, que no es parte de la peña y que lo convenza para que desista de la idea de acompañarlos.

-Mirá, Macarra. Nadie quiere que vaya Lacase, no es de la peña. No se quién lo invitó.

Su amigo se rehúsa:

-No, yo no voy a decirle que no ahora.

Pero como Magnasco insiste, Macarrón le suelta el ultimátum.

-Mirá, si no va Daniel, yo tampoco voy.

Así, sin invitación previa y a espaldas de toda la peña, al contingente que viajaba al Uruguay se le adicionaba un pasajero inesperado.

El encuentro fue evocado ayer por Justo César Magnasco (62), en el juicio que tiene a Macarrón sentado en el banquillo, acusado de haber instigado el crimen de su esposa, Nora Dalmasso.

El testigo agregó que su indignación fue en aumento cuando supo que el “pasajero colado” había tenido el desparpajo de invitar a sumarse al viaje a otro personaje extraño a la peña: Daniel Muñoz.

Magnasco dijo que conocía a Muñoz por haberlo cruzado alguna vez en un campo de golf. Agregó que sabía que era abogado y que tenía “algún cargo” en la Justicia. Pero dejó en claro que no pertenecía al grupo que se juntaba a compartir comidas y torneos.

-¡Lo único que falta es que también vaya Muñoz, invitado por Lacase! -se indignó el dentista, pero su amigo lo tranquilizó. “No, Muñoz ya dijo que él no va”.

El rostro del fiscal de Cámara, Julio Rivero, se encendió tras escuchar durante más dos horas el testimonio de Magnasco.

No era para menos. Después de tres semanas de juicio que se consumieron entre testimonios del círculo familiar que encomiaron la personalidad del viudo y apuntaron sus sospechas contra el empresario Michel Rohrer, y los dichos de las amigas de Nora que recelaron del caracter frío y el desinterés del viudo, por primera vez surgieron pistas relacionadas con la acusación que formulara el fiscal de instrucción Luis Pizarro.

De papel secundario a un rol central

Lo que sobrevino después del ansiado viaje de los golfistas, la cruel muerte de Nora Dalmasso en una habitación de su casa en el Golf, operó un drástico cambio en aquel pasajero que se les había colado por sorpresa.

Así lo recordó el testigo.

De haberse sumado casi “por la ventana”, al punto de que ninguno de los golfistas de Río Cuarto quiso incluirlo en la línea de partida del torneo en Punta del Este, la figura de Lacase pasó a cobrar otra dimensión tras la tragedia, cuando el contingente tuvo que regresar de urgencia.

Justo Magnasco también fue testigo de ese momento, porque se ofreció a viajar en el mismo auto con Lacase y con el viudo.

Relató que Lacase estuvo al volante las 11 horas que duró el retorno desde Uruguay a Río Cuarto, dijo que en un par de ocasiones lo oyó darle instrucciones al comisario Comugnaro para que fuera a fondo con la investigación. Recordó que también lo escuchó hablar con alguien vinculado a los medios para pedirle que el hecho no tuviese tanta trascendencia, y dijo que hasta cruzó a su amigo, cuando Macarrón le preguntó cómo debía hacer con un plazo fijo de 20 mil pesos que estaba a nombre suyo y de su fallecida esposa.

-¡Qué calienta eso! -habría sido la respuesta del vocero, según el testimonio de Magnasco.

Evitó una injusticia

Más determinante aún fue el rol que la tragedia le deparó al ya fallecido Daniel Muñoz, el pasajero al que -según el testigo- Lacase quiso sumar a último momento a Punta del Este.

La oportuna participación del entonces juez de Control y Garantías en la causa que estaba llevando adelante el fiscal Javier Di Santo posibilitó la liberación del pintor Gastón Zárate, a quien el país apodó “El perejil”. Así, Muñoz impidió que se consumara una de las injusticias más flagrantes en la historia de la Justicia cordobesa.

Consciente de que buena parte del jurado popular que participa del juicio ignoraba quién era el ya fallecido Muñoz, y cuán decisiva fue su participación en la causa, el fiscal Rivero se ocupó de ponerlos al tanto.

-Que ninguno de los jurados populares se retire hoy de esta sala sin saber quién fue Daniel Muñoz y cuál fue su tarea en la causa Dalmasso -pidió al tribunal, en tono enérgico.

Lo que Rivero no dijo, pero todos en la sala ya podían inferir, es que si Muñoz hubiese aceptado la invitación a viajar a Punta del Este el desenlace de esta compleja causa judicial podría haber sido muy diferente.