Se hacen entre 3 y 4 Cámaras Gesell por día en Tribunales
La Cámara Gesell funciona desde aproximadamente 2006. Allí se entrevista a niños, niñas y adolescentes de hasta 18 años —y a personas con discapacidad que presenten, por ejemplo, un retraso madurativo— que hayan sido víctimas o testigos de agresiones sexuales o de hechos de maltrato. En 2018 se tomó, en promedio, una Gesell por día.
—Ahora estamos haciendo entre tres y cuatro por día.
Ahora es desde la segunda mitad de 2019. Y se mantuvo, por lo menos, hasta la primera quincena de febrero inclusive. Los testimonios que se receptan son, habitualmente, por denuncias —en más del 90 por ciento de los casos por delitos de índole sexual— ingresadas en lo inmediato. Pero pueden no serlo y estar relacionadas con sucesos ocurridos mucho tiempo atrás.
En la sala donde las profesionales realizan sus tareas se intenta rastrear el relato. Se pregunta.
—Hay un mayor incremento de las denuncias porque las escuelas concientizan sobre el tema. Los niños, cuando son pequeños, por más que no entiendan a nivel cognitivo, a nivel de pensamiento, viven las situaciones como invasivas, intrusivas. Sí tienen en claro que es desagradable, algo forzado. Poder ponerle palabras les ayuda a procesar, a organizar la información que tienen.
—Ahora se educa. Se hace más fácil para los chicos que saben que alguien los escucha —añade Ruth Guillén.
—Lo escucha el médico, lo escucha el pediatra. Ingresa un niño en el hospital con alguna sintomatología o enfermedad y se da inversión. Antes, por ahí, no estaba esa conciencia y ese compromiso de todos los sectores. Se tendía a silenciarlo. Es tan fuerte escuchar que alguien de la familia puede ser.
¿Cómo reacciona el adulto ante el horror? Calla. No cree.
—Es un mecanismo defensivo que tenemos las personas ante una realidad tan dura.
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Los que sufren una agresión sexual, según diferentes autores, son sobrevivientes. Hay un proceso de disociación.
—No hay modo que semejante invasión, un hecho traumático de tales características no deje huella —dice la coordinadora.
Y no hay otra situación que se le asemeje: el agravante reside en que el trauma proviene de un humano, de otro igual.
—La disociación le permite a la persona poder seguir sin caer en una depresión, en algo más complejo. Porque, si no, ante un hecho traumático, el psiquismo puede disparar para cualquier lado. Le permite continuar con su vida sin tener ningún impacto traumático inmediato.
Sin embargo, las consecuencias aparecen.
—Se ven en los sueños. Se ve en lo físico, en lo corporal, en los vínculos afectivos. Después en la sexualidad —dice Ruth Guillén.
—Hay niñas que dicen que ellas se veían como de afuera. Es un modo adaptativo pero fallido —agrega Adriana Madrid.
—Muchas de las víctimas ni siquiera hablan. O lo hacen a los seis, siete años —dice su compañera.
Hablar es necesario. Hay ocasiones en las que no se puede. Y, a veces, no se puede nunca.
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—Otra característica del abuso sexual intrafamiliar es que la mayorías de las veces no hay secuelas físicas, lo cual hace mucho más difícil el esclarecimiento del hecho. Nosotras a nivel psicológico podemos detectar indicadores, cambios de conducta. Puede haber niños que empiezan a tener problemas de aprendizaje y hay otros que, al contrario, empiezan a tener un rendimiento superior porque encuentran en la escuela un espacio de refugio, de aislamiento de todo lo que implica la realidad dolora de la familia. Se abocan ahí, vuelcan todas las energías. ¿Qué es lo que cuenta? Los cambios comportamentales significativos. Aun cuando esos cambios aparezcan socialmente como favorables —cuenta Madrid.
Hay otras modificaciones: dificultades para dormir.
—Muchos niños empiezan a hablar de necesitar dormir con la luz prendida (cuando antes no lo hacían), otros necesitan estar acompañados, algunos se despiertan con lo que nosotras llamamos pesadillas o terrores nocturnos.
Cuando se indaga en los sueños, las respuestas son siempre las mismas: “Lo sueño a él”, “Se me viene a la cabeza”, “Se me aparece”, “Me imagino que lo tengo sentado”.
—Sueños vívidos —sintetiza Guillén.
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Sobre los agresores sexuales hay que desmitificar. No hay un perfil: no se trata de alguien que tiene determinadas características de personalidad.
—No necesariamente tiene que ver con una conflictiva sexual, con lo que se podía conocer antes como perversión. Tiene que ver con un montón de otras cosas y sobre todo con el placer que genera la asimetría de poder, de someter al otro, de humillarlo.
La recuperación de las personas condenadas por este tipo de delitos tiene que ver estrictamente con el caso.
—Si partimos de alguien que dice que la niñita de ocho años lo seducía, se le sentaba en la falda, lo buscaba, poca posibilidad de trabajar hay porque no existe un reconocimiento del papel que tiene el adulto.
Y la realidad de los niños hiperestimulados o hipersexualizados también está.
—Tienen conductas erotizadas respecto de los adultos. La cuestión es qué hace el adulto ante una conducta de un adolescente que puede ser sexualmente provocativa. Qué le pasa a una persona de 30 que se siente seducida por una niña de 13 o 14 que no puede separar la distancia.
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Digamos que desde la segunda parte de 2019 —desde mediados de julio por la feria chica— hasta la primera quincena de febrero inclusive—sin contar enero (también por feria) y sin tener en cuenta por supuesto los fines de semana— se tomaron unas tres Cámaras Gesell por día: el total es 318 y corresponde a 106 días (se dejaron de lado unos 10 feriados inamovibles).
Tribunales, con la siesta aterrizando sobre sus paredes, es apenas un rumor lejano. Antes de despedirse, las profesionales comentan que, en los más pequeños, el porcentaje más alto de víctimas son mujeres. Hasta los diez años, hay un número importante de varones. En adultos y personas con discapacidad, nuevamente mujeres.
Y pensar que todos, absolutamente todos, a veces, dicen: “Me habré confundido”, “Lo habré soñado”, “Estaré imaginando”. A veces, dicen eso, para que no duela.