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Un multimillonario con dos obsesiones: ganar y ser adorado

En los últimos cuatro años, como presidente del país más poderoso, Donald Trump mantuvo la personalidad que lo convirtió en uno de los multimillonarios de Estados Unidos más mediáticos y con una comprobada tendencia a exagerar logros y esconder fracasos.

"Creo en el trabajo duro. Creo en estar preparado y todo eso. Pero en gran parte, creo que lo más importante es la habilidad innata", le explicó Trump a uno de sus biógrafos cuando aún no coqueteaba con llegar a la Casa Blanca.

Esa definición acompañó su carrera y, en estos tiempos, una presidencia marcada por el apoyo de la derecha religiosa y de los sectores más abiertamente racistas del país, y por un discurso nacionalista, aislacionista y unilateral.

Mark Singer, un periodista que escribió en 1997 un extenso perfil del millonario en la revista The New Yorker y luego publicó un libro titulado "Trump y yo", lo describió en toda su complejidad: "Un adicto de la hipérbole que divaga por diversión y ganancia; un narcisista cuyo egocentrismo no eclipsa su habilidad para explotar las debilidades de los otros; un joven perpetuo de 17 años que corteja a la prensa todos los días por publicidad y luego no le gusta lo que lee y ataca a los mensajeros"; y la enumeración sigue.

Mientras es imposible conocer las complejidades del ser humano en sus interacciones más íntimas, sí quedó claro en esta campaña que Trump impone la misma adoración y lealtad ciega en sus hijos, yerno, nueras y esposa que cultivó su padre, y las considera su mejor carta de presentación, más que cualquier ideología política.