La pandemia del coronavirus en la Argentina ingresó evidentemente en una fase diferente, más allá de lo que dispusieron las autoridades nacionales y cada una de las provincias en particular. El salto de nuevos casos que se produjo en Buenos Aires y el conurbano, como los focos de Córdoba, empiezan a mostrar que lo peor está un poco más cerca.
La cuarentena permitió ir corriendo el calendario, postergando el pico, pero la ola va a llegar. Dependerá del comportamiento colectivo y de un abanico amplio de variables adicionales, que sea lo menos alta posible y no se transforme en un tsunami.
Las defensas son mucho mejores que las que existían a fines de marzo. Las instituciones sanitarias tienen otra organización, más infraestructura y los recursos humanos están mucho más preparados que hace 67 días atrás. Tanto en el sector público como en el privado.
Según Unicef, para fin de año el 58,6% de los niños, niñas y adolescentes del país serán pobres. El trabajo se hizo sólo desde el punto de vista monetario.
Sin embargo, los efectos colaterales son inevitables. Sí pueden morigerarse y para eso hay varios intentos, no siempre efectivos.
La parálisis de la actividad que existió en el último tercio de marzo provocó un desplome del 9,8% en el indicador específico del Indec que se conoció en los últimos días. A modo comparativo, el economista Esteban Domecq revisó las cifras de los peores meses incluidos en crisis económicas importantes. Así, recordó, por ejemplo, que en abril de 1995, en pleno Tequila, el derrumbe fue del -4,3%. Un poco más acá en el tiempo, en diciembre de 2008, con el temblor internacional que llegó de la mano de las subprime y la quiebra de Lehman Brothers declarada el 15 de septiembre de ese año, la caída de la actividad económica argentina fue del 3,3%. Por último, la mayor crisis política, social y económica del país, desatada en 2001, tuvo en diciembre un 3% de caída, en años de convertibilidad.
La más clara diferencia es que en esta oportunidad se bajó la perilla. No se trató de un descenso más o menos brusco de la actividad, sino de la parálisis total. Ayer Came, como lo hicieron otras entidades empresariales antes, mostró cifras contundentes sobre cómo transitaron las pymes estos dos meses de cuarentena. Para muchas que no estuvieron en los rubros esenciales significó una merma en las ventas de hasta el 80%. Y, trascartón, alertó porque, más que el empleo, lo que peligra son las empresas.
Sin dudas que el coletazo económico será singular. El difícil equilibrio entre salud y economía no tiene recetas probadas y se trata de un ensayo y error constante. De allí que el especialista en infectología Juan Pablo Caeiro explicó que la “nueva normalidad” corresponda a un tránsito permanente entre el avance y retroceso de fases de la cuarentena. “Vamos a entrar y salir, nos tenemos que acostumbrar a eso. Por momentos vamos a tener algunas cosas y en el momento siguiente se cerrará”, dijo el jefe de Infectología del Hospital Privado de Córdoba.
El avance del virus hace retroceder la economía y cuando el contagio se amesete habrá más libertades. Y las autoridades, tanto el presidente Alberto Fernández como el gobernador Juan Schiaretti, insisten en que la prioridad siempre es la salud. De todos modos, el foco de atención principal es hoy el AMBA. Aunque Córdoba también muestra sus dificultades, a otra escala.
Pero las consecuencias económicas serán, sin dudas, los desafíos del mañana. Cuando Argentina comience a descender la montaña de contagios, se encontrará con los nuevos escombros apilados sobre los viejos, los que venían acumulándose desde hace años. La tarea de reconstrucción exigirá una pericia titánica.
Pero, además de la observación de Came sobre empresas y puestos de trabajo, lo que se recorta en el fondo es el costo social que dejará el Covid-19 en un país cuya base era demasiado frágil.
La última semana Unicef advirtió sobre el costado más dramático de ese costo: el de los niños pobres en el país. A fines del año pasado se estimaba que el 53% de los adolescentes y niños no cubrían la canasta básica. Ahora, con una nueva proyección para el próximo diciembre, la cifra de los técnicos de Unicef habla de un 58,6%, en una mirada algo optimista. En rigor, admiten que el porcentaje los sorprendió porque imaginaban un deterioro más significativo aún. Entre las expectativas y la realidad aparecieron los esfuerzos del Estado porque la pobreza fue medida en términos estrictamente monetarios. Antes, Unicef realizaba estos estudios de manera multidimensional pero ahora, dada la urgencia y la relavancia del aspecto monetario, rompió excepcionalmente con la metodología. Jorge Paz, que fue el que lideró el trabajo para el organismo internacional, fue claro con la radiografía: “Es una bomba al capital humano del país”, explicó al valorar las cifras y lo que quedará.
Incluso fue más atrás y también, como desde la economía, planteó algunas comparaciones, especialmente con 2001. “Hoy estamos viendo las consecuencias y seguimos a aquellos niños y adolescentes que padecieron la crisis. Y lo que vemos es que tienen serias dificultades para conseguir empleo, para estructurar una familia, y en muchos casos reproducen la pobreza”. La Argentina viene de muchos ciclos de reproducción de pobreza que van solidificando capas de postergación. Esta parece que no será la excepción y, por el contrario, podría agregar un sedimento tal vez más denso que nunca. Por eso la meta no es cruzar el pico de coronavirus, ese será un nuevo punto de partida.
Gonzalo Dal Bianco. Redacción Puntal

