Como en las gradas del mundial de Rusia (a esa hora jugaban Inglaterra y Croacia por semifinales) los chicos en el Verdi formaron una verdadera grada de hinchas fanáticos en la tribuna.
No era por las pisadas de Messi ni los cruces de Mascherano, ni por ningún motivo futbolístico. Era, simplemente, por simples y fabulosas canciones. Aquellas que las chicas de Piedra Papel Tijera trajeron en la tarde de invierno al escenario del Verdi. La saga de “Sonia Disparate”, la canción del libro no escrito y aquel hit hecho de recetas de cocina y golosinas: caramelos y helados de limón, alfajores y pedazos de turrón.
La frutilla del postre (ya que hablamos de las “delicatessen” de la infancia) o el momento más emotivo del recital, tuvo lugar con la entrada del coro de niños de la UNVM. Allí, unos cuarenta mini coristas se dieron cita para cantar la canción de los mosquitos. Y como en una cancha o en un recital, todos los celulares de la sala se encendieron para filmar el momento cumbre. Los niños fueron la esencia del espectáculo tanto arriba como abajo del escenario.
A modo de conclusión de lo que dejó la tarde, este cronista puede decir que, en momentos de crisis económica donde tanto cuesta una entrada al teatro o al cine, la iniciativa de la Fundación OSDE es un fabuloso signo de cambio, un gesto hacia la niñez más carenciada de una ciudad que, de no mediar iniciativas como esta, no tendría muchas ofertas para renovar la alegría en sus pequeños corazones. Ese estado de gracia que ilumina sus ojos y a la cual los adultos llamamos inocencia.
Iván Wielikosielek. Redacción Puntal Villa María
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La frutilla del postre (ya que hablamos de las “delicatessen” de la infancia) o el momento más emotivo del recital, tuvo lugar con la entrada del coro de niños de la UNVM. Allí, unos cuarenta mini coristas se dieron cita para cantar la canción de los mosquitos. Y como en una cancha o en un recital, todos los celulares de la sala se encendieron para filmar el momento cumbre. Los niños fueron la esencia del espectáculo tanto arriba como abajo del escenario.
A modo de conclusión de lo que dejó la tarde, este cronista puede decir que, en momentos de crisis económica donde tanto cuesta una entrada al teatro o al cine, la iniciativa de la Fundación OSDE es un fabuloso signo de cambio, un gesto hacia la niñez más carenciada de una ciudad que, de no mediar iniciativas como esta, no tendría muchas ofertas para renovar la alegría en sus pequeños corazones. Ese estado de gracia que ilumina sus ojos y a la cual los adultos llamamos inocencia.
Iván Wielikosielek. Redacción Puntal Villa María


