Es sabido que ha ocurrido la muerte de un joven llamado Fernando. El relato público dice que inicialmente hubo señales de que algo no estaba del todo bien, dentro del lugar bailable, en la costa de la Argentina, donde estaban los jóvenes.
Pese a que se supone que había adultos monitoreando lo que sucedía entre dos grupos de jóvenes, la respuesta fue la de expulsar con fuerza física a la calle la situación, lo que llamaríamos el "problema", y desentenderse.
Fuera del boliche, más tarde, en un ataque descarnado mataron a Fernando Báez Sosa. Un golpe en la cabeza aplicado con una fuerza descomunal provocó su muerte con una gran alevosía.
Los otros culpables
Al tratarse de un delito, quienes hayan sido materialmente los autores deberán asumir las consecuencias. Pero ¿quiénes somos los responsables primarios? Nosotros, los adultos como sociedad. ¿Se podría haber evitado? Surgen muchas preguntas.
Lo cierto es que para que se llegue a una situación tan grave, algo se nos perdió en el camino. La mirada, el acompañamiento, la comunicación, el cómo transmitimos y educamos en valores en el interior de las familias.
Ya desde los primeros aprendizajes se arman las matrices para los futuros comportamientos fuera de casa. Son el antídoto para tanto descontrol.
Las instituciones, los padres, las madres y los cuidadores les debemos a los niños-niñas y adolescentes el derecho a ser protegidos, desde un lugar de autoridad confiable, como transmisores de derechos y responsabilidades.
Y no se trata de ejercer poder bajo amenazas de premios y castigos, sino de darles herramientas para que luego puedan manejarse solos en la vida, para que puedan conocer sus propios límites y decir: ¡Hasta aquí llego!
Así, se van armando las normas y los límites en el interior de las familias, la tolerancia a la frustración, y la capacidad de medir las consecuencias de los actos propios.
Sin esta construcción del no, se replican ciertos modelos de impunidad, de masculinidad entendida como el ejercicio de poder y de sometimiento.
Entonces, ¿qué lugar se le estarían dando al amor y al respeto en las prácticas de crianza, especialmente en la educación de los varones?
Además, creo que también falló el ejercicio por parte del Estado de su rol de protector y garante de que se cumplan ciertas normas y prohibiciones.
Sin estos diques y soportes de prevención y protección, dejamos a los jóvenes totalmente expuestos y desamparados. Vemos niños devenidos en adolescentes, sometidos también a la gran cantidad de alcohol que circula indiscriminadamente, levantando ciertas barreras que hacen que el impulso no se detenga y se magnifique el nivel de agresión en grupos con líderes negativos que ya previamente poseen cierta violencia.
Algunos jóvenes, en grupos, potencian estos aspectos agresivos personales; y en muchos casos, si no se demuestra esta agresividad, los dejan afuera: si no los seguís, no pertenecés y no sos aceptado. ¿Dejan de ser quienes son para ser aceptados, incluso a costa de sí mismos y de su propia voluntad?
El papel del deporte
En tanto, si pensamos en los grupos deportivos como los de rugbiers, habría que preguntarse qué tienen de especial, quiénes los conforman. Cómo se capacitan y se hacen cargo de su fuerza, qué valores sustentan, cuáles son los ideales que componen su mística. Y si tienen registro de cierto grado de agresividad propia de la práctica deportiva, ¿pueden diferenciarla del mundo real sin el uso de la violencia?
¿Que lugar le dan al valor de la hermandad y amistad? ¿Cómo se les enseña el autocontrol y la toma de conciencia de su esquema corporal y el manejo de su poder físico? ¿Existen pactos de silencio incluso ante situaciones de tanta gravedad?
Más y más preguntas que se acumulan sin respuesta.
¿Qué tenemos qué ver nosotros los adultos entonces? Todo. Ellos no pudieron manejar sus fuerzas, aceptar las diferencias y no confrontar desde el odio.
Me dedico hace más de 25 años a la crianza y considero que es necesario hablar de estos temas. Por eso estas líneas y la necesidad de comunicar al respecto. Revisar nuestras prácticas de crianza será una de las claves y reconocer las propias violencias también es un gran desafío.
* Especialista en educación, crianza sin violencia y nuevas parentalidades.
Alejandra Libenson * Psicóloga y psicopedagoga
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Fuera del boliche, más tarde, en un ataque descarnado mataron a Fernando Báez Sosa. Un golpe en la cabeza aplicado con una fuerza descomunal provocó su muerte con una gran alevosía.
Los otros culpables
Al tratarse de un delito, quienes hayan sido materialmente los autores deberán asumir las consecuencias. Pero ¿quiénes somos los responsables primarios? Nosotros, los adultos como sociedad. ¿Se podría haber evitado? Surgen muchas preguntas.
Lo cierto es que para que se llegue a una situación tan grave, algo se nos perdió en el camino. La mirada, el acompañamiento, la comunicación, el cómo transmitimos y educamos en valores en el interior de las familias.
Ya desde los primeros aprendizajes se arman las matrices para los futuros comportamientos fuera de casa. Son el antídoto para tanto descontrol.
Las instituciones, los padres, las madres y los cuidadores les debemos a los niños-niñas y adolescentes el derecho a ser protegidos, desde un lugar de autoridad confiable, como transmisores de derechos y responsabilidades.
Y no se trata de ejercer poder bajo amenazas de premios y castigos, sino de darles herramientas para que luego puedan manejarse solos en la vida, para que puedan conocer sus propios límites y decir: ¡Hasta aquí llego!
Así, se van armando las normas y los límites en el interior de las familias, la tolerancia a la frustración, y la capacidad de medir las consecuencias de los actos propios.
Sin esta construcción del no, se replican ciertos modelos de impunidad, de masculinidad entendida como el ejercicio de poder y de sometimiento.
Entonces, ¿qué lugar se le estarían dando al amor y al respeto en las prácticas de crianza, especialmente en la educación de los varones?
Además, creo que también falló el ejercicio por parte del Estado de su rol de protector y garante de que se cumplan ciertas normas y prohibiciones.
Sin estos diques y soportes de prevención y protección, dejamos a los jóvenes totalmente expuestos y desamparados. Vemos niños devenidos en adolescentes, sometidos también a la gran cantidad de alcohol que circula indiscriminadamente, levantando ciertas barreras que hacen que el impulso no se detenga y se magnifique el nivel de agresión en grupos con líderes negativos que ya previamente poseen cierta violencia.
Algunos jóvenes, en grupos, potencian estos aspectos agresivos personales; y en muchos casos, si no se demuestra esta agresividad, los dejan afuera: si no los seguís, no pertenecés y no sos aceptado. ¿Dejan de ser quienes son para ser aceptados, incluso a costa de sí mismos y de su propia voluntad?
El papel del deporte
En tanto, si pensamos en los grupos deportivos como los de rugbiers, habría que preguntarse qué tienen de especial, quiénes los conforman. Cómo se capacitan y se hacen cargo de su fuerza, qué valores sustentan, cuáles son los ideales que componen su mística. Y si tienen registro de cierto grado de agresividad propia de la práctica deportiva, ¿pueden diferenciarla del mundo real sin el uso de la violencia?
¿Que lugar le dan al valor de la hermandad y amistad? ¿Cómo se les enseña el autocontrol y la toma de conciencia de su esquema corporal y el manejo de su poder físico? ¿Existen pactos de silencio incluso ante situaciones de tanta gravedad?
Más y más preguntas que se acumulan sin respuesta.
¿Qué tenemos qué ver nosotros los adultos entonces? Todo. Ellos no pudieron manejar sus fuerzas, aceptar las diferencias y no confrontar desde el odio.
Me dedico hace más de 25 años a la crianza y considero que es necesario hablar de estos temas. Por eso estas líneas y la necesidad de comunicar al respecto. Revisar nuestras prácticas de crianza será una de las claves y reconocer las propias violencias también es un gran desafío.
* Especialista en educación, crianza sin violencia y nuevas parentalidades.
Alejandra Libenson * Psicóloga y psicopedagoga

