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Investigación refleja un alto índice de violencia en parejas adolescentes

El psicólogo Nicolás Ampoli remarcó que el trabajo debe servir para actuar "porque estos chicos tienen naturalizada la violencia". Demandó abordar las nuevas masculinidades y destacó el impacto que genera la ESI en los jóvenes

Una investigación realizada por profesionales de la salud determinó preocupantes cifras de violencia en parejas adolescentes, con la particularidad de que los datos alcanzados son cifras sostenidas y en algunos casos en franco crecimiento en comparación con estudios anteriores. En concreto, 7 de cada 10 casos admitieron al menos uno de los indicadores de violencia psicológica en las relaciones, lo que indefectiblemente debe marcar una luz de alarma en la sociedad.

El trabajo estuvo a cargo del psicológico Nicolás Ampoli (MP 10.841), quien entendió que este tipo de investigaciones debe servir para actuar. El relevamiento fue efectuado con alcance nacional (respondieron jóvenes de Córdoba, Buenos Aires y Santa Fe, entre otros) “y en diferentes territorios, incluso medimos si eran ciudades chicas o grandes y quedó reflejado que la violencia está independientemente de la geografía, el estrato social y hasta el capital cultural que uno puede llegar a tener”.

“La violencia está atravesada en todos los ámbitos de la sociedad, y más la violencia de género. Y dentro de ella la violencia en la pareja, entendiendo a esta como cualquier relación sexo-afectiva que cualquier adolescente puede llegar a tener”, explicó al dar cuenta detalles de lo que se investigó. Consideró además que los resultados fueron concordantes con datos publicados a nivel país, y también puntualmente con estudios provinciales “con altos índices de violencia, pero no sólo física sino otros tipos que están tan naturalizados que ni siquiera uno se da cuenta cuando aparecen y cuando hasta uno lo ejerce”.

De hecho, entendió que en una escala sobre violencia en la pareja resulta “que soy más tóxico de lo pensaba”, en virtud de que no se aborda sólo la violencia física sino también la simbólica, emocional, psicológica, económica.

En la adolescencia

Sin lugar a dudas, entre las mayores preocupaciones surge que los índices de violencia sean tan altos en la adolescencia misma. Y abordado al respecto, Ampoli explicó que al ingresar en esa etapa de la vida “uno se constituye como ser social, o como la persona psíquicamente saludable que vas a ser en la adultez. Por eso digo que uno tiene tiempo, entre comillas, para solucionar grandes problemas que puede tener el ser humano en la niñez o adolescencia, y si es en la primera mucho mejor. En la adolescencia es como que todavía se está a tiempo, según los problemas”.

Puntualmente referido a la violencia que se detecta, explicó que en la adolescencia “uno empieza a configurar el tipo de relaciones que va a tener a futuro, y si desde esa etapa se naturaliza la violencia en la pareja es probable que exista mucha violencia en la pareja de adultos, que van desde los maltratos hasta el extremo, como un femicidio”. Entendió que es necesario poner luces de alerta en la población juvenil “para empezar a tratarla. La investigación se hace para fomentar la prevención, y no esperar que sean adultos y se golpeen. Debemos hacer esa prevención porque estos chicos tienen naturalizada la violencia”.

La importancia de la ESI

Ampoli hizo hincapié en la diferencia que se percibe entre los jóvenes que recibieron Educación Sexual Integral y los que no, formación que es cuestionada y que en determinadas escuelas no se dicta. Al respecto, recalcó que los adolescentes “que tuvieron ESI están absolutamente deconstruidos. No quiere decir que no vayan a ocurrir determinadas situaciones, pero sí es concreto que desnaturalizaron cuestiones de roles de género, de lo que se espera del ser varón o mujer”.

Educar y prevenir

Ampoli dicta clases en la Universidad Siglo XXI, desde donde se afianza un proyecto de intervención comunitaria junto al ministerio de la Mujer destinado a varones, y en el que se brinda asistencia a hombres con denuncias penales y hasta con tratamientos terapéuticos. “Después de habernos entrevistados la mayoría coincide en que deberían haber sido educados, o prevenidos, tanto en violencia de género como en emocionalidad para poner freno a todo”, destacó.

Y esta situación disparó en la generación de talleres de masculinidad que apuntan a sacar el estereotipo de varón, “que tiene que ser fuerte, no llorar. Todas esas cuestiones que se interiorizan hace que nosotros como varones suframos determinadas situaciones que la sociedad nos exige, cuando en realidad no es algo natural sino impuesto”.

Entendió también que la propia investigación debe servir para el abordaje en jóvenes de las nuevas masculinidades, “que pueden ser sensibles y no deben ser violentos. Hay que derribar mitos y creencias, poniendo en tela de juicio todo lo que supuestamente está instalado naturalmente”.