“El hambre puede esperar. Lo que no puede esperar es la dignidad”. Palabras más, palabras menos, fue lo que hace doce años le dijo el “Coach Robert” a una niña negra que llegaba al club de ajedrez de Katwe para poder comer. Y antes de ponerle el plato de arroz le puso un tablero con 32 piezas color marfil y barro. Acaso para que se cumpliera la palabra de Jesús que decía “no sólo de pan vive el hombre sino de toda palabra de Dios”.
Y en aquel centro cristiano a cargo de un predicador, el ajedrez era palabra santa.
Ese día, ninguno de los dos, ni el “Coach Robert” ni la niña, tenían conciencia de que estaban iniciando una de las historias más conmovedoras de autosuperación y ayuda en la brutal posmodernidad. Mucho menos que, luego de terminada la primera lección y servido el primer plato, le estaban escribiendo un guión a Disney.
La reina de Katwe en la Medioteca
La entrada de Phiona al auditorio de la Medioteca coincidió con el fin de la película; esa que los chicos de varias escuelas primarias presenciaban embelesados. Por eso es que los aplausos se volvieron ovación. Como si hubiese entrado la princesa Tiana. Pero los aplausos no eran sólamente para Phiona Mutesi sino para “La reina de Katwe”, esa niña negra que fue la Cenicienta del film y los había llevado por los barrios más pobres de Kampala, de la imposibilidad de casi ya no ser a la tentación de existir en luz y libertad.
Phiona entró acompañada de su maestro Robert Katende y una intérprete. Previamente había sido recibida por la directora de la Biblioteca Mariano Moreno, Anabella Gill; el jefe de gabinete municipal Héctor Muñoz y la secretaria de Cultura Gabriela Redondo. Y también por dos celebridades del ajedrez; el maestro internacional cordobés Guillermo Soppe y el profesor Pablo Paris, de la Escuela Municipal de Ajedrez de la Medioteca.
Tras las presentaciones, los saludos y regalos, Phiona se presentó a los chicos que la esperaban en un auditorio absolutamente colapsado: unas 150 almas apretadas entre las que había nenes y mamás, maestras y alumnos, ajedrecistas y gente de la cultura. Y entonces, en un tono pausado y con una cantarina voz africana, Phiona contó su historia.
Ocho por ocho igual a infinito
“Cuando tenía seis años tuve que dejar la escuela porque mi madre no podía pagar más la cuota. Ella tampoco había podido estudiar. En Uganda no hay educación libre y gratuita y todo era muy difícil. Cuando tuve 9 años nos desalojaron de la casa donde vivíamos y fuimos con mis hermanos a vivir a la calle. Era muy difícil conseguir comida y pedíamos a la gente. A veces conseguíamos algunas monedas y podíamos comprar algo. Así sobrevivíamos. Mi hermano ya era jugador de ajedrez y un día me contó lo del programa. Hasta ese momento yo nunca había escuchado sobre el ajedrez porque sólo lo jugaban las familias ricas. Me dijo que viniera y que conseguiría algo para comer. Y como yo tenía mucha hambre, fui. Así lo conocí al “Coach Robert”. Él me dio la bienvenida y me dijo: “Pasá a comer. La única condición es que primero tenés que aprender a jugar al ajedrez y después comer”. Yo en realidad sólo quería comer pero aprendí la primera clase de todas maneras. Y empecé a ir más seguido. Durante mucho tiempo jugaba pero los otros me ganaban y eso me hacía sentir triste. Le dije al Coach lo que me pasaba y él me dio unas instrucciones. Y entonces le pude ganar al más fuerte. “¿Cómo te va a ganar una nena?” le dijeron. Y el chico lloró y se fue. Esa fue la vez que más me interesó jugar al ajedrez. Porque las mujeres y las nenas son consideradas menos en muchos lugares, pero en Uganda más que en ningún otro lugar. Ese día entendí que el ajedrez me iba a poder llevar a todas partes del mundo y entonces empecé a jugar seriamente. Olimpíadas, torneos, y entonces salió el libro “La reina de Katwe” y la película. Yo creo que mi vida cambió no sólo porque tenía que cambiar sino porque trabajé mucho y tuve muchas esperanzas en mi vida. Y ese es el mensaje que les quiero dejar. Que no pierdan las esperanzas. Quizás muchos de ustedes estén pasando por situaciones muy difíciles. Pero permanezcan firmes. No se den por vencidos. Don´t give up and have hopes. Thank you Everybody”.
Pioneros y maestros
Los aplausos llovieron otra vez sobre la joven reina negra; esa que pasó de mendigar por las calles de Katwe a ser la primera campeona juvenil mujer de la historia de su país y participar de las Olimpiadas de Noruega en 2014.
Luego vinieron las preguntas de los chicos: ¿A dónde vivís ahora? En Estados Unidos ¿Qué hacés? Estudio para ser una mujer de negocios ¿Seguís jugando? ¡Claro! ¿Cómo te sentiste cuando ganaste el torneo de la película? Muy bien, pero nunca me sentí tan bien como cuando le gané a ese chico en Kampala. ¿Qué te gustaría hacer de tu vida? Seguir enseñando el ajedrez a los chicos.
Para el final, quedó la palabra del “Coach Robert”.
“El programa de ajedrez sigue en pie. Los chicos que empezaron con Phiona ahora son maestros. La idea es difundirlo por África y el mundo. Ya estamos en Kenya, Francia y Botswana”.
Y aunque Robert no lo repita, sabe que lo importante del programa es el orden. Que el hambre puede esperar, que lo que no puede esperar es la dignidad porque no sólo de pan se vive.
Iván Wielikosielek. Redacción Puntal Villa María
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Ese día, ninguno de los dos, ni el “Coach Robert” ni la niña, tenían conciencia de que estaban iniciando una de las historias más conmovedoras de autosuperación y ayuda en la brutal posmodernidad. Mucho menos que, luego de terminada la primera lección y servido el primer plato, le estaban escribiendo un guión a Disney.
La reina de Katwe en la Medioteca
La entrada de Phiona al auditorio de la Medioteca coincidió con el fin de la película; esa que los chicos de varias escuelas primarias presenciaban embelesados. Por eso es que los aplausos se volvieron ovación. Como si hubiese entrado la princesa Tiana. Pero los aplausos no eran sólamente para Phiona Mutesi sino para “La reina de Katwe”, esa niña negra que fue la Cenicienta del film y los había llevado por los barrios más pobres de Kampala, de la imposibilidad de casi ya no ser a la tentación de existir en luz y libertad.
Phiona entró acompañada de su maestro Robert Katende y una intérprete. Previamente había sido recibida por la directora de la Biblioteca Mariano Moreno, Anabella Gill; el jefe de gabinete municipal Héctor Muñoz y la secretaria de Cultura Gabriela Redondo. Y también por dos celebridades del ajedrez; el maestro internacional cordobés Guillermo Soppe y el profesor Pablo Paris, de la Escuela Municipal de Ajedrez de la Medioteca.
Tras las presentaciones, los saludos y regalos, Phiona se presentó a los chicos que la esperaban en un auditorio absolutamente colapsado: unas 150 almas apretadas entre las que había nenes y mamás, maestras y alumnos, ajedrecistas y gente de la cultura. Y entonces, en un tono pausado y con una cantarina voz africana, Phiona contó su historia.
Ocho por ocho igual a infinito
“Cuando tenía seis años tuve que dejar la escuela porque mi madre no podía pagar más la cuota. Ella tampoco había podido estudiar. En Uganda no hay educación libre y gratuita y todo era muy difícil. Cuando tuve 9 años nos desalojaron de la casa donde vivíamos y fuimos con mis hermanos a vivir a la calle. Era muy difícil conseguir comida y pedíamos a la gente. A veces conseguíamos algunas monedas y podíamos comprar algo. Así sobrevivíamos. Mi hermano ya era jugador de ajedrez y un día me contó lo del programa. Hasta ese momento yo nunca había escuchado sobre el ajedrez porque sólo lo jugaban las familias ricas. Me dijo que viniera y que conseguiría algo para comer. Y como yo tenía mucha hambre, fui. Así lo conocí al “Coach Robert”. Él me dio la bienvenida y me dijo: “Pasá a comer. La única condición es que primero tenés que aprender a jugar al ajedrez y después comer”. Yo en realidad sólo quería comer pero aprendí la primera clase de todas maneras. Y empecé a ir más seguido. Durante mucho tiempo jugaba pero los otros me ganaban y eso me hacía sentir triste. Le dije al Coach lo que me pasaba y él me dio unas instrucciones. Y entonces le pude ganar al más fuerte. “¿Cómo te va a ganar una nena?” le dijeron. Y el chico lloró y se fue. Esa fue la vez que más me interesó jugar al ajedrez. Porque las mujeres y las nenas son consideradas menos en muchos lugares, pero en Uganda más que en ningún otro lugar. Ese día entendí que el ajedrez me iba a poder llevar a todas partes del mundo y entonces empecé a jugar seriamente. Olimpíadas, torneos, y entonces salió el libro “La reina de Katwe” y la película. Yo creo que mi vida cambió no sólo porque tenía que cambiar sino porque trabajé mucho y tuve muchas esperanzas en mi vida. Y ese es el mensaje que les quiero dejar. Que no pierdan las esperanzas. Quizás muchos de ustedes estén pasando por situaciones muy difíciles. Pero permanezcan firmes. No se den por vencidos. Don´t give up and have hopes. Thank you Everybody”.
Pioneros y maestros
Los aplausos llovieron otra vez sobre la joven reina negra; esa que pasó de mendigar por las calles de Katwe a ser la primera campeona juvenil mujer de la historia de su país y participar de las Olimpiadas de Noruega en 2014.
Luego vinieron las preguntas de los chicos: ¿A dónde vivís ahora? En Estados Unidos ¿Qué hacés? Estudio para ser una mujer de negocios ¿Seguís jugando? ¡Claro! ¿Cómo te sentiste cuando ganaste el torneo de la película? Muy bien, pero nunca me sentí tan bien como cuando le gané a ese chico en Kampala. ¿Qué te gustaría hacer de tu vida? Seguir enseñando el ajedrez a los chicos.
Para el final, quedó la palabra del “Coach Robert”.
“El programa de ajedrez sigue en pie. Los chicos que empezaron con Phiona ahora son maestros. La idea es difundirlo por África y el mundo. Ya estamos en Kenya, Francia y Botswana”.
Y aunque Robert no lo repita, sabe que lo importante del programa es el orden. Que el hambre puede esperar, que lo que no puede esperar es la dignidad porque no sólo de pan se vive.
Iván Wielikosielek. Redacción Puntal Villa María

