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Un franciscano de Bengolea ayuda a migrantes en el refugio mexicano La 72

Se trata de Carlos Turelli, quien junto a otros integrantes de una fraternidad de hermanos franciscanos salieron el pasado 2 de diciembre rumbo al albergue para un voluntariado de asistencia y contención

La 72 es un albergue para refugiados y migrantes situado al sudeste de México, cerca de la frontera con Guatemala. Por allí pasan miles de personas en su periplo desgraciado. No es un refugio más sino que tiene la particularidad de recibir y brindar contención a todos, sin distinción de nacionalidad, género ni sexo. Funciona desde el 2011 y es administrado por Fray Tomás González Castillo -miembro de la orden de los franciscanos- quien cada noche con las luces apagadas da la bienvenida a los recién llegados, anuncia nuevas actividades y ora por los sufrientes, que son la inmensa mayoría. 

Allí se dedican a proteger a refugiados y migrantes en México, generalmente rumbo a los Estados Unidos. Incluso antes de llegar a la frontera con el país del norte sufren persecuciones, secuestros,  violaciones, maltratos, enfermedades y hasta muerte en la búsqueda de un destino mejor. Familias enteras y particulares que desean mejorar su suerte y en el camino son ultrajados. Es así que deportados, discriminados, sufrientes de esclavitud, sometidos a prostitución y abusados de todas edades conviven en su derrotero y, en este lugar, encuentran contención, comida, baños, actividades deportivas y recreativas, un espacio de sanación y descanso. También se les brinda asesoramiento para aquellos que puedan cumplimentar requisitos de residencia y permanencia. 

  En La 72 la rutina empieza bien temprano, a las 6.30, con limpieza general y aseo personal para luego desayunar. Son miles y miles de centroamericanos que huyen de sus países aunque no siempre sea Estados Unidos el objetivo, sino un lugar digno en el que residir, trabajar y crecer. Un sitio que les permita asentar raíces. Son muchos los voluntarios, misioneros, trabajadores sociales y profesionales médicos que brindan atención a la multitud. Las trágicas historias son moneda corriente, se cruzan entre los protagonistas que tratan de huir de la violencia de sus países de origen pero que generalmente en sus recorridos son perseguidos por más infortunios. Pese a los centenares de cadáveres que son encontrados en la región, Médicos Sin Fronteras sigue con su tarea con la convicción de que salvar a uno, es salvar a la humanidad.

En este refugio, internacionalmente reconocido, desarrolla su vocación un joven de Bengolea, Carlos Turelli. 

La odisea del viaje y la vocación de un joven de Bengolea

Llegar hasta el albergue no fue tarea fácil; fueron nueve  los que se fijaron la misión y salieron con destino México, siete lo hicieron a dedo y dos en avión. Partieron el 2 de diciembre desde Argentina, solos o de a dos, a dedo o en tren; prácticamente con lo puesto y sin dinero. Sólo el hábito franciscano marrón y las sandalias delataban su condición; munidos apenas por alguna pequeña mochila donde lo más preciado que contenía eran las ostias consagradas para impartir comunión. Luego de un mes y tras cruzar una decena de países en camiones, cajas de camionetas, barcazas y trenes fueron recibidos e inmediatamente comenzaron a prestar servicio en las diversas tareas que allí se desarrollan. 

José Luis Turelli, papá de Carlos, dice que su hijo tiene 24 años, “pero a los 19 comenzó a interiorizarse en las distintas órdenes, sintiéndose identificado con la orden franciscana de los hermanos menores”, que siempre tuvo ese perfil de servicio y que “de chico participaba en el grupo de jóvenes de la capilla de Bengolea”. 

Agrega que tras decidirse “viajó a un paraje a 10 kilómetros de Tartagal, dónde se encuentra el santuario de la Virgen de la Peña en el que todos los años se juntan miles de fieles en agosto, allí estuvo 2 años en el apostolado. Continuó el noviciado en San Antonio de Arredondo y, después de un año, profesó sus primeros votos. Desde el año pasado continúa su formación en Buenos Aires, en el partido de Merlo, barrio de La Teja, un barrio sumamente humilde”. Allí junto a los otros frailes es que deciden ofrecer su vocación en el mencionado refugio mexicano. 

“Cuando nos cuenta la misión a nosotros, los padres, lo primero que le dijimos fue: ‘¡Estás loco! es muy peligroso’. A lo que nos contestó un poco en broma y un poco en serio: ‘les estoy contando, no pidiendo permiso’. Y bueno, comenzamos a digerirlo. Siempre con bastante miedo, como cualquier padre por la vida de su hijo, pero los escuchas a ellos con tanta seguridad, entrega y entusiasmo por ayudar al prójimo que te enorgullece y te enseña siempre una lección”, relata.

La familia, compuesta además por la mamá Verónica Barreto y las hermanas Julia y Valeria,  siguió los pormenores del viaje y está en contacto permanente a través de un grupo de Facebook creado especialmente, y por audios de WhatsApp, en los que Carlos les describe las actividades diarias y transmite tranquilidad y cariños.  

“Él está muy bien, impactado por la situación de los migrantes, por sus historias -la mayoría tristes- pero se siente bien ayudando. Se dividen las tareas, hay días que le toca ayudar en enfermería, ya sea curando ampollas, dando la medicación, etcétera. Hay muchos voluntarios. Otro día les toca con los niños, por ejemplo prepararon el festejo de Reyes para ellos, también celebran misas. Con los más jóvenes realizaron pinturas de muro. Y los acompañan al ciber, en el que les dan 15 minutos a cada uno para contactarse con sus familiares”, comentan los padres, mientras adelantaron que en una semana aproximadamente ya emprenden el regreso.



Gustavo Perusia.  Redacción Puntal

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