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La historia oculta del Boca campeón del 2000: táctica, adaptación y la anécdota del café que marcó el viaje

A un cuarto de siglo de la inolvidable final en Tokio, salen a la luz detalles del plan de Carlos Bianchi para vencer al Real Madrid y las situaciones insólitas que vivió el plantel al llegar a Japón tras un viaje agotador.

 

Este 28 de noviembre se cumplen 25 años de la consagración de Boca Juniors en la Copa Intercontinental 2000, una de las victorias más emblemáticas de su historia. Aquel 2-1 sobre el Real Madrid no solo se construyó dentro de la cancha, sino también a partir de una estrategia minuciosa, decisiones tajantes y anécdotas que hoy forman parte del mito xeneize.

La delegación azul y oro aterrizó en el aeropuerto de Narita tras más de 30 horas de viaje y con varias escalas encima. El recibimiento fue multitudinario: unos 200 hinchas los esperaban desde temprano, preludio de los 20.000 argentinos que poblarían las tribunas del Estadio Nacional de Tokio.

A pesar del cansancio extremo, Carlos Bianchi y el preparador físico Julio Santella impusieron una regla innegociable: “Nadie se queda en la habitación”. El objetivo era adaptarse de inmediato al horario japonés para llegar en las mejores condiciones a la final. Por eso, apenas alojados en el Hotel Keio Plaza, el plantel salió a caminar por los alrededores, incluso trotó en un parque lindero al Jardín Nacional Shinjuku Gyoen. “Teníamos que mantenernos despiertos sí o sí hasta las once”, recordó Guillermo Barros Schelotto.

En esa búsqueda de mantenerse activos surgió una de las anécdotas más repetidas. Guillermo pidió un café en el lobby del hotel y consultó el precio. El mozo respondió: “Cien”. El delantero, suponiendo que se trataba de yenes, extendió una moneda de 100. Pero la aclaración lo dejó helado: “Cien dólares”. La broma de sus compañeros y la factura solicitada como recuerdo completaron la escena que los mellizos usarían un año después para evitar una nueva invitación.

Mientras los jugadores se acomodaban al nuevo huso horario, Bianchi trabajaba en silencio desde la habitación 3711. Ahí diseñó la estrategia que mezclaría análisis del rival, motivación emocional y una selección quirúrgica de titulares. Apostó por la experiencia, decidió que Aníbal Matellán fuera el encargado de controlar a Luis Figo y ratificó la dupla ofensiva de Marcelo Delgado y Martín Palermo. El tiempo le dio la razón: en apenas seis minutos, el “Titán” anotó dos goles que quedaron grabados en la historia.

Dos días antes de la final, el entrenador reunió al plantel para una charla que emocionó a todos. Les habló del sacrificio realizado, de la oportunidad irrepetible y de la responsabilidad de representar al club ante uno de los equipos más poderosos del mundo. Jorge Bermúdez recordó que, en la manga antes de salir a la cancha, Boca estaba “como una fiera enjaulada”, mientras que el Real Madrid exhibía una calma sorprendente.

El 2-1 consumado —con el descuento de Roberto Carlos a los 13 minutos— fue solo el último paso de un plan que comenzó mucho antes del pitazo inicial. Al día siguiente, fiel a su estilo, Bianchi bajó a desayunar y le dijo a Óscar Córdoba: “Lo del Real Madrid ya pasó. Ahora pensemos en San Lorenzo”. Boca regresó al país, ganó ese encuentro y selló el título del Apertura 2000.

A un cuarto de siglo de aquella noche en Tokio, todavía circulan historias que alimentan la leyenda, como la del hincha que hipotecó su casa para viajar a Japón. Un gesto que sintetiza la pasión que acompañó al equipo en una epopeya que sigue vigente en la memoria del fútbol argentino.