La Cámara del Crimen es un rostro insomne: sus gestos son lúgubres y están minados de tiempo y hábitos. Sus ojos son luces débiles. Su cuerpo, comprendido por paredes habituadas a la indiferencia, se sostiene, fatigado, como una melodía cantada por una voz enferma. Es una mañana fría de otoño, aburrida, postergada, dibujada por el azar. Es una acuarela anónima. Los edificios con sus balcones vacíos pasan desapercibidos bajo el cielo gris. La Cámara del Crimen es un rostro desvelado, el semblante cansado de un hombre que vive en el pasado.
Son las nueve y veinte de la mañana. Están los doce jurados populares: son seis varones y seis mujeres (ocho son los titulares). La secretaria Gabriela Sanz les informa las fórmulas para que opten, previo a que se les tomen juramento: por Dios, la Patria y los Santos Evangelios; por Dios, la Patria y el Honor; o por la Patria y el Honor. Las elecciones son diversas. Minutos después, una mujer expresa que se siente mal: cree tener fiebre. Se retira. El fiscal Francisco Márquez, que se encuentra en el recinto desde aproximadamente las nueve, le pregunta si quiere ser revisada por el médico forense. Ella accede. Se retira acompañada para que la asistan.
Llega Silvina Muñoz, la asesora letrada del imputado. Saluda a cada uno de los integrantes del jurado. Deja el bolso, como es habitual, en la silla y un manojo de llaves sobre el escritorio. Entretanto, regresa la mujer y le comenta a sus compañeros que su temperatura es elevada y que, por ello, debe irse. Uno de los miembros suplentes la reemplaza. Un vaso de agua, el Código Procesal Penal y un expediente son los únicos elementos sobre el pupitre del fiscal. En la gran mesada del Tribunal, varios documentos se apilan. Un policía recorre la sala que se hunde en una profunda espera.
Diez menos diez. Fotografían. Disparos en ráfagas. Uno detrás del otro. Mariano Ángel Gutiérrez Cingolani, el imputado, ingresa acompañado por dos policías. Es un hombre menudo. Quizás mida un metro setenta. O menos. Se sienta. Le pide a uno de los efectivos que le saque las esposas. Le responde que espere. Segundos después se las quitan. Parece inquieto. Cruza los brazos. Mete las manos en los bolsillos. Luego, los dedos en la boca. Se los muerde, con cierto nerviosismo. Abuso sexual con acceso carnal y homicidio doblemente calificado por criminis causae y violencia de género es la acusación en su contra, por ser el presunto autor del femicidio de la pequeña Luna Viera, ocurrido en Tío Pujio, hace casi dos años.
El responsable de la Oficina de Jurados Populares del Tribunal Superior de Justicia de Córdoba, Marcelo Gilli, se hace presente. Charla con el fiscal. Mientras, un funcionario policial entrega botellas de agua a los jurados populares. Hay cierta distracción. Pero la habitación enmudece. Los magistrados ocupan sus lugares.
***
Félix Martínez preside la audiencia. A su derecha está la jueza Eve Flores y a su izquierda, Inés Beatriz Mariel. Sanz informa la presencia de partes y testigos. Entre estos últimos se encuentra Gabriela Viera, la mamá de la víctima. Martínez le toma juramento a los jurados populares. Muñoz solicita que la tía de Cingolani, a quien el hombre llama 'mamá' (su progenitora falleció), esté cerca de él durante el debate. Los jueces deliberan. No hacen lugar al planteo.
En el diario "El País", la periodista Leila Guerriero publicó a mediados de enero una columna titulada "Hoy es ayer". Y cito el inicio: "El tiempo es un asesino. Hay días que transcurren en el pasado". Por eso diremos que hoy es 19 de julio de 2017. Es aproximadamente la una de la tarde. Cingolani está solo en su vivienda, situada en Alcántara 385. De acuerdo a la pieza acusatoria, Luna Viera, como otras tantas veces, ingresa al patio del domicilio por la entrada lateral para autos, desde la calle, para cortar naranjas de un árbol de la propiedad colindante. Se sube a una mesa de cemento. Allí, el imputado la agarra, le tapa la boca para que no grite y la trasladó al interior de la casa. La abusa sexualmente por vía indirecta. Y para encubrir ese delito (criminis causae), le cubre la boca y la nariz con las manos. La asfixia. Luego la lleva al patio de otro hogar vecino. Abandona el cuerpo. Posteriormente advierte que el calzado de la niña —unas pantubotas marrones— quedó en su morada y, por ello, las arroja por la medianera hacia el techo de otra casa. Ahora se dirige a un quiosco localizado a metros y le dice a la propietaria que Luna se cayó de la tapia mientras robaba naranjas. Y le dice también que, pese a su esfuerzo, no pudo rescatarla. La encuentran: tiene diversas lesiones internas. Sufrió un fallo multisistémico. Sufrió. Y por eso hoy es ayer.
***
Tras la lectura del requerimiento, el fiscal Márquez le presenta el caso a los jurados populares. Califica al caso como un "drama triste y patético". Señala que si bien posee un retraso madurativo, comprende lo que hizo y refiere que, momentos antes (como se indicó) pidió que su tía regresara a la sala (había sido retirada porque le sonó su celular). Describe, brevemente, lo que acaba de contarse. "Quiero que se imaginen una siesta de invierno", comenta, y avanza en el relato. Y, al terminar, destaca que pedirá que Cingolani sea condenado a prisión perpetua.
Es el turno de Muñoz. La asesora letrada se dirige a los miembros y les manifiesta que ellos deberán demostrar que "Mariano" es el autor del delito. Resalta que la prueba deberá darles "certeza" y que, además, deberán poder acreditar que su defendido cuenta con la "capacidad suficiente para ser declarado culpable" del ilícito. Por otra parte, se refiere a la discapacidad intelectual del hombre: hace hincapié en que este tipo de "condición particular" puede generar deficiencias en el habla, la motricidad y en la capacidad para socializar y adaptarse. Seguidamente, explica que, sobre este tipo de discapacidad hubo un "cambio de paradigma". Precisa que antes se los demonizaba y aislaba, o que se los infantilizaba. En este sentido, dijo que se los "deshumanizaba" porque no podían acceder a una vida laboral, afectiva y sexual. En contrapartida, puntualiza que, actualmente, son mirados como "personas" y añade: "En la medida en que el entorno es accesible, la discapacidad se reduce". Agrega que, con apoyo, cualquier persona con discapacidad "puede tener un proyecto de vida".
—Quiero que conozcan a quién van a juzgar— dice Muñoz y precisa que ella buscará que se garantizan sus derechos para llegar a un pronunciamiento justo.
***
Cingolani se sienta frente al Tribunal. Le toman los datos personales. Tiene 32 años y que es tiopujiense. Previo a ser detenido, vivía con su tía, su abuela y un hermano (son cuatro: tres varones y una mujer). Es soltero. No tiene hijos. Sabe escribir el nombre y firmar. No sabe leer. Trabajaba con su hermano como peón de albañil. No consume drogas pero sí alcohol.
Las partes lo interrogan. Y el acusado responde. Cuenta que estuvo internado en Oliva, de donde intentó escapar. Narra que, en ocasiones, lo trasladaron a la comisaría por cuestiones menores. Dice que estuvo alojado en el penal de Cruz del Eje y que, en el Hospital Neuropsiquiátrico “Aurelio Crespo" de esa cárcel y que, allí, lo dopaban. Agrega que anoche (por el lunes) le dieron tres pastillas para dormir.
—¿Sabe para qué le dan las pastillas?— pregunta la jueza Flores.
—Para descansar el cuerpo— contesta Cingolani.
Sigue escuchando las preguntas. Se ata los cordones.
—¿Quiere declarar o no quiere declarar?— pregunta el juez Martínez.
—Sí— responde.
Y dice que lo hará porque así se lo recomendó un "amigo" del penal de Cruz del Eje.
—Voy a contar toda la verdad—, expresa.
Muñoz, entretanto, aclara que ella le aconsejó que se abstuviera hacerlo.
Sin embargo, su asistido declarara. Y confiesa.
—Sí. Le tapé la boquita a la nena para que no gritara. Estoy arrepentido. No sé por qué lo hice
Comenta que solía ir a jugar con la pequeña. Y añade que el padrastro de la niña no quería que se juntara con él.
—Cuando murió me largué a llorar— agrega.
Y confirma que la ve cuando se produce su deceso, en el patio de la vivienda. "Lunita", le dijo. Y ella no respondió. Y fue ahí cuando la traslada al patio de un domicilio colindante.
—Habrá fallecido con su propia saliva— hipotetiza.
El Tribunal escucha. Toma notas. Cingolani vuelve al banquillo.
***
Se solicita la incorporación de toda la prueba. Y, previo acuerdo entre la fiscalía y la defensa, se requiere la citación de los peritos (un psiquiatra y una psicóloga). Los magistrados dictan un cuarto intermedio para el viernes a las diez de la mañana.
***
Disparos en ráfaga. Otra vez. El hombre desaparece por un pasillo. Es 7 de mayo de 2019. Falta poco para las once y media de la mañana. La Cámara, paulatinamente, se vacía. Se insiste, hoy, es ayer: los restos, los vestigios de aquella siesta de invierno.
Franco Gerarduzzi. Redacción Puntal Villa María
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Llega Silvina Muñoz, la asesora letrada del imputado. Saluda a cada uno de los integrantes del jurado. Deja el bolso, como es habitual, en la silla y un manojo de llaves sobre el escritorio. Entretanto, regresa la mujer y le comenta a sus compañeros que su temperatura es elevada y que, por ello, debe irse. Uno de los miembros suplentes la reemplaza. Un vaso de agua, el Código Procesal Penal y un expediente son los únicos elementos sobre el pupitre del fiscal. En la gran mesada del Tribunal, varios documentos se apilan. Un policía recorre la sala que se hunde en una profunda espera.
Diez menos diez. Fotografían. Disparos en ráfagas. Uno detrás del otro. Mariano Ángel Gutiérrez Cingolani, el imputado, ingresa acompañado por dos policías. Es un hombre menudo. Quizás mida un metro setenta. O menos. Se sienta. Le pide a uno de los efectivos que le saque las esposas. Le responde que espere. Segundos después se las quitan. Parece inquieto. Cruza los brazos. Mete las manos en los bolsillos. Luego, los dedos en la boca. Se los muerde, con cierto nerviosismo. Abuso sexual con acceso carnal y homicidio doblemente calificado por criminis causae y violencia de género es la acusación en su contra, por ser el presunto autor del femicidio de la pequeña Luna Viera, ocurrido en Tío Pujio, hace casi dos años.
El responsable de la Oficina de Jurados Populares del Tribunal Superior de Justicia de Córdoba, Marcelo Gilli, se hace presente. Charla con el fiscal. Mientras, un funcionario policial entrega botellas de agua a los jurados populares. Hay cierta distracción. Pero la habitación enmudece. Los magistrados ocupan sus lugares.
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Félix Martínez preside la audiencia. A su derecha está la jueza Eve Flores y a su izquierda, Inés Beatriz Mariel. Sanz informa la presencia de partes y testigos. Entre estos últimos se encuentra Gabriela Viera, la mamá de la víctima. Martínez le toma juramento a los jurados populares. Muñoz solicita que la tía de Cingolani, a quien el hombre llama 'mamá' (su progenitora falleció), esté cerca de él durante el debate. Los jueces deliberan. No hacen lugar al planteo.
En el diario "El País", la periodista Leila Guerriero publicó a mediados de enero una columna titulada "Hoy es ayer". Y cito el inicio: "El tiempo es un asesino. Hay días que transcurren en el pasado". Por eso diremos que hoy es 19 de julio de 2017. Es aproximadamente la una de la tarde. Cingolani está solo en su vivienda, situada en Alcántara 385. De acuerdo a la pieza acusatoria, Luna Viera, como otras tantas veces, ingresa al patio del domicilio por la entrada lateral para autos, desde la calle, para cortar naranjas de un árbol de la propiedad colindante. Se sube a una mesa de cemento. Allí, el imputado la agarra, le tapa la boca para que no grite y la trasladó al interior de la casa. La abusa sexualmente por vía indirecta. Y para encubrir ese delito (criminis causae), le cubre la boca y la nariz con las manos. La asfixia. Luego la lleva al patio de otro hogar vecino. Abandona el cuerpo. Posteriormente advierte que el calzado de la niña —unas pantubotas marrones— quedó en su morada y, por ello, las arroja por la medianera hacia el techo de otra casa. Ahora se dirige a un quiosco localizado a metros y le dice a la propietaria que Luna se cayó de la tapia mientras robaba naranjas. Y le dice también que, pese a su esfuerzo, no pudo rescatarla. La encuentran: tiene diversas lesiones internas. Sufrió un fallo multisistémico. Sufrió. Y por eso hoy es ayer.
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Tras la lectura del requerimiento, el fiscal Márquez le presenta el caso a los jurados populares. Califica al caso como un "drama triste y patético". Señala que si bien posee un retraso madurativo, comprende lo que hizo y refiere que, momentos antes (como se indicó) pidió que su tía regresara a la sala (había sido retirada porque le sonó su celular). Describe, brevemente, lo que acaba de contarse. "Quiero que se imaginen una siesta de invierno", comenta, y avanza en el relato. Y, al terminar, destaca que pedirá que Cingolani sea condenado a prisión perpetua.
Es el turno de Muñoz. La asesora letrada se dirige a los miembros y les manifiesta que ellos deberán demostrar que "Mariano" es el autor del delito. Resalta que la prueba deberá darles "certeza" y que, además, deberán poder acreditar que su defendido cuenta con la "capacidad suficiente para ser declarado culpable" del ilícito. Por otra parte, se refiere a la discapacidad intelectual del hombre: hace hincapié en que este tipo de "condición particular" puede generar deficiencias en el habla, la motricidad y en la capacidad para socializar y adaptarse. Seguidamente, explica que, sobre este tipo de discapacidad hubo un "cambio de paradigma". Precisa que antes se los demonizaba y aislaba, o que se los infantilizaba. En este sentido, dijo que se los "deshumanizaba" porque no podían acceder a una vida laboral, afectiva y sexual. En contrapartida, puntualiza que, actualmente, son mirados como "personas" y añade: "En la medida en que el entorno es accesible, la discapacidad se reduce". Agrega que, con apoyo, cualquier persona con discapacidad "puede tener un proyecto de vida".
—Quiero que conozcan a quién van a juzgar— dice Muñoz y precisa que ella buscará que se garantizan sus derechos para llegar a un pronunciamiento justo.
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Cingolani se sienta frente al Tribunal. Le toman los datos personales. Tiene 32 años y que es tiopujiense. Previo a ser detenido, vivía con su tía, su abuela y un hermano (son cuatro: tres varones y una mujer). Es soltero. No tiene hijos. Sabe escribir el nombre y firmar. No sabe leer. Trabajaba con su hermano como peón de albañil. No consume drogas pero sí alcohol.
Las partes lo interrogan. Y el acusado responde. Cuenta que estuvo internado en Oliva, de donde intentó escapar. Narra que, en ocasiones, lo trasladaron a la comisaría por cuestiones menores. Dice que estuvo alojado en el penal de Cruz del Eje y que, en el Hospital Neuropsiquiátrico “Aurelio Crespo" de esa cárcel y que, allí, lo dopaban. Agrega que anoche (por el lunes) le dieron tres pastillas para dormir.
—¿Sabe para qué le dan las pastillas?— pregunta la jueza Flores.
—Para descansar el cuerpo— contesta Cingolani.
Sigue escuchando las preguntas. Se ata los cordones.
—¿Quiere declarar o no quiere declarar?— pregunta el juez Martínez.
—Sí— responde.
Y dice que lo hará porque así se lo recomendó un "amigo" del penal de Cruz del Eje.
—Voy a contar toda la verdad—, expresa.
Muñoz, entretanto, aclara que ella le aconsejó que se abstuviera hacerlo.
Sin embargo, su asistido declarara. Y confiesa.
—Sí. Le tapé la boquita a la nena para que no gritara. Estoy arrepentido. No sé por qué lo hice
Comenta que solía ir a jugar con la pequeña. Y añade que el padrastro de la niña no quería que se juntara con él.
—Cuando murió me largué a llorar— agrega.
Y confirma que la ve cuando se produce su deceso, en el patio de la vivienda. "Lunita", le dijo. Y ella no respondió. Y fue ahí cuando la traslada al patio de un domicilio colindante.
—Habrá fallecido con su propia saliva— hipotetiza.
El Tribunal escucha. Toma notas. Cingolani vuelve al banquillo.
***
Se solicita la incorporación de toda la prueba. Y, previo acuerdo entre la fiscalía y la defensa, se requiere la citación de los peritos (un psiquiatra y una psicóloga). Los magistrados dictan un cuarto intermedio para el viernes a las diez de la mañana.
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Disparos en ráfaga. Otra vez. El hombre desaparece por un pasillo. Es 7 de mayo de 2019. Falta poco para las once y media de la mañana. La Cámara, paulatinamente, se vacía. Se insiste, hoy, es ayer: los restos, los vestigios de aquella siesta de invierno.
Franco Gerarduzzi. Redacción Puntal Villa María

