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Remedian un herbicida usando bacterias­­­­ de origen ambiental

Un microorganismo nativo de la región resultó eficiente en las pruebas de laboratorio y se convirtió en un potencial candidato en ensayos de biorremediación de ambientes contaminados

En el marco de una línea de investigación que monitoreó la presencia de atrazina en ríos, canales, arroyos y lagunas de la cuenca del Río Tercero, lograron aislar una bacteria con capacidad para degradar el herbicida hasta llegar a un compuesto que no es tóxico. 

El microorganismo, denominado Arthrobacter sp. AAC22, posee la capacidad de reducir la toxicidad del herbicida en aguas superficiales contaminadas. “En mi tesis doctoral logramos el aislamiento de la bacteria de un arroyo de la región, ahora sabemos qué genes tiene que son los responsables de que degrade la atrazina y conseguimos inmovilizarla en una matriz polimérica”, explicó la docente investigadora Romina Bachetti. 

La bacteria apareció luego de cientos de muestras tomadas en la región y, una vez que se logró caracterizarla, se hicieron varios ensayos para aumentar la eficiencia de biodegradación y poder reutilizarla en otras aguas contaminadas.

En el laboratorio ensayaron como estrategia biotecnológica la encapsulación de la bacteria en una matriz polimérica fabricando perlas, lo que permitió la degradación completa de atrazina a una velocidad óptima y protegió a las bacterias degradadoras de las condiciones ambientales adversas, por lo cual se constituyó en una alternativa novedosa que podría emplearse en futuros sistemas de biorremediación de ambientes contaminados. 

“Eso fue en escala de laboratorio y ahora la proyección es trabajar con biorreactores a escala pilotos”, agregó. 

Características

Arthrobacter es una bacteria que naturalmente vive en el ambiente como género característico del suelo, pero es transportada por el agua en donde también se la puede encontrar. 

Su eficiencia en las pruebas de laboratorio la convirtieron en una potencial candidata para la biorremediación de ambientes contaminados y podría utilizarse con todos los herbicidas clorados de la familia de las s-triazinas.

Al ser consultada sobre las posibilidades de aplicación, Bachetti remarcó las complicaciones de “entrar” al espacio afectado. “Una forma es introducir la bacteria y otra es extraer lo contaminado y trasladarlo a otro sistema donde esté la bacteria y devolverlo a su sitio una vez remediado”, puntualizó. 

Actualmente existen sistemas desarrollados para aguas subterráneas a partir de la incorporación de biofiltros en los ingresos de los tanques de las plantas potabilizadoras, donde el agua pasa por un tubo que contiene las bacterias y se va biodegradando, pero “son ensayos más relacionados con hidrocarburos”.

La investigadora destacó que las técnicas de biorremediación son muy nuevas, porque “se está tratando de solucionar problemas de contaminación por acción del hombre y hay que hacerlo de manera controlada, lo que lleva muchos estudios”.

Presencia de herbicidas

En los primeros estudios realizados los investigadores detectaron en agua superficial la presencia de atrazina, uno de los herbicidas más utilizados en la agricultura regional, que en bajas proporciones no resultaría tóxica para los humanos pero sí produce alteraciones en el ambiente. Este plaguicida afecta principalmente a los microorganismos fotosintéticos, pudiendo afectar también a las bacterias.

Según Bachetti, la importancia del estudio radica en que en el caso de compuestos que no pueden dejarse de aplicar porque son necesarios para que la producción agrícola prospere, las estrategias de biorremediación apunten a “intervenir y solucionar problemas que, de otra manera, sería imposible”.  En este caso, el impacto es menor que si se utilizan procesos químicos, porque “son microorganismos nativos que hacen que no se afecte al resto de los organismos que están en ese ecosistema. Es una estrategia amigable que tiende a minimizar el impacto sobre el ambiente”, explicitó. 

Equipo de investigación

En esta línea trabajan Romina Bachetti, Noelia Urseler (becaria de CONICET), Natalia Ingaramo, Marina Ferrero y Evangelina Miloc. 

Rodrigo Duarte.  Redacción Puntal Villa María.

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