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Villa María, ciudad sin “navidades” en el frente

“Tendrías que escribir algo sobre la falta de espíritu navideño en la  ciudad”, me dice un amigo. “No me di cuenta de esa falta” le digo. “¿Y qué te vas a dar cuenta si no hay un mísero arbolito en la calle? Si no hay nada que te haga pensar en marcianos, ¿cómo vas a pensar en la falta de marcianos?”, me contestó implacable.

El arte de fotografiar la ausencia

Debo decir que me tomé muy en serio la sugerencia. Primero porque nunca me interesó mucho Papá Noel. Y segundo porque es muy difícil escribir sobre una ausencia. Tan difícil como pintar la falta de colores o musicalizar la falta de sonidos. Pero una tarde, caminando por la peatonal (donde efectivamente no me acordé que estábamos cerca de Navidad), una música tocada en vivo me despertó. Y vi al hombre de la mandolina punteando las metálicas notas del “dindindón”. Estaba con un gorro colorado que más que de Papá Noel parecía un gorro de dormir; con un desolado pompón como péndulo hipnótico entre ojo y ojo. Y entonces entendí lo que me había dicho mi amigo. Automáticamente rememoré las últimas navidades con villancicos en los negocios y luces en los árboles, enredaderas de guirnaldas eléctricas. También a las mamás saliendo con bolsas de las tiendas y los carros de praliné y las vidrieras como ventanas a un paisaje nevado para el concurso anual. Pero nada había esta vez. Ni carros, ni demasiadas mamás, ni concursos.  Y si alguien hubiera sacado una foto de la peatonal, se la podría haber confundido con febrero o noviembre. Ya que nada, a excepción del bardo de la mandolina y su gorrito, indicaban clima de fiestas. 

Vi también, frente al músico, un desolado Papá Noel tamaño natural. Estaba parado en la juguetería del frente y fue el único que vi en toda la ciudad. Quizás tenía que ver con la primera navidad de aquel comercio nuevo, pegado al clásico café de La Madrileña. Pero ni el músico callejero ni el Santa Claus de la juguetería saldrían en una foto de un turista o de un diario a mediados de diciembre. Ambos estaban semiocultos en el umbral, como si les diera vergüenza.

Apuntes sobre la miseria espantosa

Seguí caminando por el centro y vi las grandes tiendas y más jugueterías. Y apenas si algunas tenían escrito un “feliz navidad” o exhibían budines en las góndolas especiales.

¿A qué se debía esta parquedad, esta falta de “espíritu” y “mercado”? Cuando le pregunté a mi amigo, me dijo: “Es simple: hay una miseria espantosa”. Y agregó: “Sin embargo te cruzás a Villa Nueva y hay guirnaldas en la calle. Y la misma intendencia armó el arbolito de la plaza. Acá, ni eso. La Plaza Independencia es una boca de lobo...”

Mucha gente con la que hablé después me dijo casi lo mismo para explicar ese vacío: la “miseria espantosa”, el resguardo ante los aumentos y también (y a esto me lo dijo un profesor de historia) el “miedo social”. Porque “todo revienta para las fiestas. Y parece que este fin de año no será la excepción”.

Fui hasta Villa Nueva donde, efectivamente, comprobé la diferencia. Como si al cruzar el Ctalamuchita cruzara un río hacia el pasado. Acaso porque Villa Nueva tiene un espíritu tradicionalista y retro o acaso por pura nostalgia. Pero lo cierto es que en sus calles me acordé de las viejas navidades en el pueblo, y también algunas que me tocó pasar aquí cuando era niño. Recuerdo luces rojas y verdes en los arbolitos (un verde y un rojo que jamás volvería a ver; como los colores de un pájaro que se voló para siempre); y también el olor a perfume de las chicas que pasaban; adolescentes que ya me enloquecían y para las cuales yo no existía. A una (me acuerdo todavía) le tiré con una estrella de luces piroctécnicas que casi le quema el vestido cerca de Kabranca. Mi idea no era el incendio sino “regalarle una estrella a otra estrella”. Pero ella no lo entendió así y casi me asesinó. A veces me pregunto si esa chica no será mi actual pareja, que me lleva cinco años y seguramente andaba por el boliche con sus amigas en esas noches. Le habría dado un motivo más para que me deje de una vez...

De una Villa a otra

Era tarde cuando crucé el Ctalamuchita por segunda vez en sentido contrario. Atrás dejaba la Avenida Carranza iluminada como una torta de guirnaldas y me adentraba en una Villa María “sin navidades en el frente”, apagada como una torta vieja o un pan de cumpleaños sin velas ni esperanzas.

Y entonces volví a la desolada peatonal. Al verla con su habitual movimiento y sin el hombre de la mandolina, me acordé que yo estaba escribiendo una nota y que las mujeres de los 15 a los 65 eran todas hermosas, como en mi niñez (medio siglo de vigencia no es algo de lo que pueda presumir cualquier ciudad). Y, por cierto, también comprobé que ninguna me registraba y que esto tampoco había cambiado desde mi niñez (¿debería probar de nuevo con la pirotecnia para hacerme visible?)

Lo cierto es que necesitaba una foto urgente para esta crónica. Pero el viejo problema volvía a convertirse en pregunta ¿Cómo fotografiar la ausencia de espíritu navideño?

Me paré, entonces, frente a la juguetería nueva. A esas horas, aquel Papá Noel tamaño natural estaba más solo que nunca, parado en su podio de divinidad sin fieles. Al punto que ni siquiera lo registraban los niños. Pensé, entonces, en ese pobre “Santa”, en ese finlandés que no habla el idioma y que está demasiado abrigado para los 38 grados de diciembre en la ciudad. Y que estaba tan perdido como podría estar el indio de la Costanera en una plaza de Helsinski. Así que decidí quedarme un rato a su lado haciéndole compañía. Por más que trabaje para la Coca Cola y tenga plata, por más que firme contratos en dólares  o lave dinero para comprarle regalos a los chicos de Sudamérica, igual era un ser humano. Y la soledad no tiene economías ni continentes. Es, sencillamente, la soledad; la humana soledad aquí, allá y en todas partes. 

Tras sacar una docena de fotos inútiles, que más que de falta de espíritu navideño eran de brutal indiferencia para con “Santa”, y justo cuando estaba por volverme vencido a la redacción, dos hombres en camisa se interpusieron entre el finlandés y yo: “Esperá, Gringo”, me dijeron. Eran los mozos de La Madrileña. Y entonces posaron sin que yo se los pidiera, como si fueran guardaespaldas del muñeco de “Santa”. No sé si lo hicieron porque lo vieron solo a él o porque me vieron muy solo a mí. Lo cierto es que los retraté. Y tras el clic, los dos me dieron la mano como diciendo “te compadezco” o “feliz navidad”, pero en realidad no me dijeron nada. O al menos nada más que un breve gruñido de amistad. 

Ahora que escribo estas palabras, pienso que sólo el Santa Claus de la juguetería sabe de qué se trata la desolación navideña en una Villa al fin del mundo, del mismo modo que esos dos mozos entendieron la soledad periodística mejor que nadie.  A ellos tres quisiera invitarlos a una mesa imaginaria este veinticuatro. Porque como dice la parábola del banquete nupcial;  “id por los caminos e invitad a los que encontréis”. Y en toda la tarde de ayer, yo sólo encontré en la ciudad a tres hombres que no fueron indiferentes. A tres hombres que entendieron de qué iba la Navidad porque entendieron de qué se trataba la soledad y la misericordia.

Iván Wielikosielek. Redacción Puntal Villa María.

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