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Apuntes sobre el “Velo de Maia” y nuestra “esquina de las ilusiones”

El Occidente en general y Villa María en particular (poblaciones materialistas por definición) no se han caracterizado por tener “iluminados” en sus filas

Desde que los hindúes hablaron del “Velo de Maia”, el universo empezó a entenderse como ilusión. Y de hecho, eso es lo que significa la palabra “Maia” en sánscrito. Y su “velo”, el que nos impide ver la realidad primera y última de todas las cosas; las anteojeras que conspiran contra la “iluminación” (“Si viéramos realmente el universo, tal vez lo entenderíamos”, escribió Borges).

El Occidente en general y Villa María en particular (poblaciones materialistas por definición) no se han caracterizado por tener “iluminados” en sus filas. Y así, esa otra gran ilusión que es el dinero y los placeres  (no menos evanescentes que el dinero y los placeres de un sueño) han fijado la programación social y neurolingüística de nuestros días

En Villa María y en el mundo, cada uno tiene derecho a “vivir su propia aventura”; es decir, a generarse su propio universo “cerebro adentro”. Conocí algunos hombres que se refugiaban en la filatelia, en la historia, la iglesia o el estudio. Yo me refugiaba en el cine y esta es mi historia.

El Broadway desde el Rivadavia en las tardes del ochenta

De chico sentí un rechazo instintivo por el  mundo de los negocios y el dinero. No entendía que dos personas se pasaran una tarde entera hablando de préstamos e inversiones. Pero era muy difícil escapar a eso que constituía “la conversación social”.

En los años ochenta, cuando entré al colegio (y en los recreos del Rivadavia los chicos replicaban la charla de los grandes) encontré un refugio. Lo miraba todas las tardes desde las ventanas de primer año. Y era la derruida fachada del Broadway. 

Allí nos íbamos por las tardes con Pedro, que también padecía la misma incapacidad de adaptación programática que yo. Y en interminables matinés de sábados podíamos ver desde “La Guerra de las Galaxias” a “Una chica al rojo vivo”, “James Bond” o alguna película de John Carpenter que era recibida como un bálsamo por nuestros ojos adolescentes. (“The live”, que también hablaba de una ilusión dentro de otra).

Antes del Broadway, en esa misma esquina existía el Cine Capitol. Y que una noche del año 33’ había cantado Carlos Gardel. Aquellos chicos que medio siglo antes habían escuchado al “Zorzal Criollo”, seguramente cerraron los ojos y volaron a otra realidad también. Acaso a una Buenos Aires más mítica que real, muy lejos del aplastante “3D” de la pampa gringa. 

Hace poco encontré una foto en las redes sociales, que en realidad es casi un fotograma de los tiempos en que íbamos con Pedro al matiné, y que tranquilamente podría ser un fotograma. Es la imagen del cine sobre la desolada avenida Yrigoyen con algunos autos de época, el cartel apagado y los afiches anunciando la programación. Al lado, el paredón del Tameca ofrecía los servicios mecánicos de un taller.

Hoy he pensado en el tiempo que pasó y en el viejo cine devenido en teatro Vip (el actual Verdi) con obras de la revista porteña (ya no más Gardel) y congresos de pedagogía (ya no más películas de John Carpenter). Y también he pensado en el viejo taller donde hoy se levanta el casino y el hotel; nuevos lugares de circuito cerrado que también son una ilusión pero con la misma lógica del mundo. 

No son lugares para evadirse sino para anclarse. Y lo que en algún momento fuera la “esquina de las ilusiones” ahora se ha vuelto “la esquina de las realidades”. Un pedazo de Las Vegas metido en Villa María donde antes viviera ese Hollywood para el tercer mundo; con sus chicos queriendo escapar de la programación comercial del mundo.

Hoy, la ruleta es el “álgebra de la necesidad” que mueve el mundo y ya no hay pantallas para irse de aquí ni un sueño colectivo. El “Velo de Maia” que eligió esta ciudad en su esquina de las ilusiones ya no es plataforma de despegue. Por eso al ver esa vieja  foto del Broadway, me he vuelto a sentar en una butaca con Pedro; como si nos ajustáramos los cinturones antes que apaguen las luces. 



Iván Wielikosielek. Redacción Puntal Villa María

TEMAS: cultura cine
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