Todavía no se conoce cuándo sucedió. Pero, de acuerdo con los testimonios recolectados por este matutino, el robo al club Belgranito podría haber ocurrido entre el viernes y el sábado. Durante la siesta de ayer un grupo de padres y directivos se reunieron para comenzar a arreglar y planificar de qué manera afrontarán un futuro que se avizora complejo. Al llegar al lugar, el técnico Walter Díaz, mientras iniciaba algunas de las tareas, comentó que este es el sexto o séptimo robo que sufren en un período de tres años y el segundo de este 2019.
Poco tiempo después arribó a la cancha Natalia Giusiano, delegada de la institución, quien brindó detalles sobre lo ocurrido. “Nos enteramos el sábado por la noche. Eran más o menos las nueve y media de la noche cuando nos avisaron (un vecino) que estaba el portón abierto. Cuando vinimos, nos encontramos con todo el desastre”, comenzó indicando. Seguidamente, contó que les rompieron la heladera, las ventanas, la puerta, y que les sustrajeron una bordeadora a nafta, una garrafa y toda la mercadería del quiosco/bufé que es fundamental ya que con el dinero que recaudan allí pagan el alquiler del espacio, la luz y al entrenador. El monto de lo sustraído en mercadería (galletitas, golosinas, salchichas, pan), según refirió la mujer, ronda los seis mil pesos. El dinero en efectivo “por suerte” no se lo llevaron porque ya habían abonado los servicios y el uso del inmueble.
Sin embargo, los destrozos fueron más: la alacena y el tablero de la luz. Y no termina ahí. “Defecaron adentro de la cocina”, manifestó Natalia. A un costado del asador, hay una ventana. Es pequeña. Los supuestos autores del hecho hicieron un boquete allí —tras despedazar las rejas— e ingresaron. Y la escena muestra que debieron hacerlo por ahí porque intentaron abrir la puerta pero no pudieron: la cerradura quedó inservible. “Se han tomado todo el tiempo del mundo porque las rejas las han cortado. Han estado fácil una hora y media, dos”, puntualizó. Y agregó: “Cuando vine, me largué a llorar y me agarró un ataque de nervios e impotencia porque defecar en la cocina es el mayor desprecio que le podés hacer a una criatura. Y después, encima, tenés que venir y limpiar eso. Es como una burla”.
Los aproximadamente 60 niños —desde categoría 2007 hasta 2012— entrenan martes y jueves. Las actividades comienzan alrededor de las cinco de la tarde y se extienden hasta las nueve y media de la noche. Pero, por ahora, los pequeños no podrán asistir. “No tenemos luz, no tenemos gas, no tenemos nada. Hay que comprar y empezar de vuelta. Recién nos estábamos reponiendo del otro robo”, dijo y rememoró que en este episodio uno de los implicados se dejó un buzo que secuestró la Policía. El otro robo se registró hace unos seis meses. “Habían robado todas las pelotas, las pecheras. Ahora es empezar de nuevo y tampoco era que habíamos repuesto todo. Entre los papás poníamos cien pesos cada para ir comprando. Se hace difícil”, expresó, a la vez que destacó la colaboración de los padres y madres, y del presidente Sebastián Roberto. Y añadió: “Los chicos se enteraron y están mal. Ellos aman el club. Mi hijo viene desde los cuatro y tiene diez. La mayoría hace muchos años que está. Es un daño que le hacen a los chicos. No hay fin de lucro acá. Somos un grupo de padres que trabajamos para los niños porque nadie te da nada”.
Posteriormente, detalló que el Municipio les donó un terreno donde tenían planificado construir una cancha nueva. “Teníamos proyectos, ganas de empezar y ver qué podíamos hacer pero con todo esto no vamos a poder”, lamentó.
Natalia insistió en el amor que sienten por el club. En este sentido, detalló que si bien no tienen una cuota cara, hay chicos que por la situación económica actual no pueden pagarla y ello no es un obstáculo: jamás hay un no porque primero los pequeños. “Es un trabajo que hacemos entre todos”, indicó.
En otra dirección, se explayó sobre sus sospechas. Al respecto dijo que para ella se trata de dos o tres personas por la cantidad de elementos que se llevaron. “No sé en qué se las habrán llevado. Lo que nos parece raro es que nadie sepa nada. Que desde la Policía no se sepa nada. Y es el sexto robo que tenemos”, describió. Es el sexto robo y nunca hubo detenidos.
A raíz de lo ocurrido, Natalia pidió ayuda y explicó que no ponen cámaras ni alarmas porque no les alcanza. Y, sobre ello, solicitó que, principalmente, quieren saber quiénes son los que cometieron el ilícito. “Tenemos miedo realmente de que vuelvan a entrar”, resaltó. Es por ello que analizan distribuir las pocas cosas que quedan —pelotas y pecheras— en las viviendas particulares. Sin embargo, aclaró que es complicado porque todos trabajan. Y Natalia insiste en el miedo: el miedo de que compren o les donen una heladera y que suceda otra vez lo mismo. “No podemos dejar más nada. Ahora son seis mil pesos que necesitamos para arrancar y no los tenemos”, subrayó.
En relación con las alternativas que barajan para dar una solución lo más rápido posible, la delegada mencionó: “Estamos viendo qué podemos hacer, algún evento o algo para tratar de recaudar plata. Habíamos organizado para el 27 una pollada”, relató y dijo que el objetivo de la misma era realizar la fiesta de fin de año y comprar los trofeos a los niños.
Por último, volvió a poner de relieve la unión y solidaridad de las personas que conforman a toda la institución y destacó el “trabajo a pulmón” que desarrollan. “Es una familia. Y esto te destroza. Falta poco para fin de año. Es como que no queremos pensar. No sabemos para dónde ir, qué hacer. Este viernes creo que nos toca jugar acá de local. No sé cómo se va a dar; si iremos a jugar a otro lado o tendremos que alquilar la cancha. No tenemos cómo arrancar con la mercadería. Hay una mamá que donó una caja de alfajores y vamos viendo sobre la marcha”, concluyó. Así, y a pesar de todo, Natalia se reúne con los demás padres y madres que llegan al club. Barren. Levantan la heladera. Se miran, se lamentan, hablan. Y se preguntan por qué.
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Sin embargo, los destrozos fueron más: la alacena y el tablero de la luz. Y no termina ahí. “Defecaron adentro de la cocina”, manifestó Natalia. A un costado del asador, hay una ventana. Es pequeña. Los supuestos autores del hecho hicieron un boquete allí —tras despedazar las rejas— e ingresaron. Y la escena muestra que debieron hacerlo por ahí porque intentaron abrir la puerta pero no pudieron: la cerradura quedó inservible. “Se han tomado todo el tiempo del mundo porque las rejas las han cortado. Han estado fácil una hora y media, dos”, puntualizó. Y agregó: “Cuando vine, me largué a llorar y me agarró un ataque de nervios e impotencia porque defecar en la cocina es el mayor desprecio que le podés hacer a una criatura. Y después, encima, tenés que venir y limpiar eso. Es como una burla”.
Los aproximadamente 60 niños —desde categoría 2007 hasta 2012— entrenan martes y jueves. Las actividades comienzan alrededor de las cinco de la tarde y se extienden hasta las nueve y media de la noche. Pero, por ahora, los pequeños no podrán asistir. “No tenemos luz, no tenemos gas, no tenemos nada. Hay que comprar y empezar de vuelta. Recién nos estábamos reponiendo del otro robo”, dijo y rememoró que en este episodio uno de los implicados se dejó un buzo que secuestró la Policía. El otro robo se registró hace unos seis meses. “Habían robado todas las pelotas, las pecheras. Ahora es empezar de nuevo y tampoco era que habíamos repuesto todo. Entre los papás poníamos cien pesos cada para ir comprando. Se hace difícil”, expresó, a la vez que destacó la colaboración de los padres y madres, y del presidente Sebastián Roberto. Y añadió: “Los chicos se enteraron y están mal. Ellos aman el club. Mi hijo viene desde los cuatro y tiene diez. La mayoría hace muchos años que está. Es un daño que le hacen a los chicos. No hay fin de lucro acá. Somos un grupo de padres que trabajamos para los niños porque nadie te da nada”.
Posteriormente, detalló que el Municipio les donó un terreno donde tenían planificado construir una cancha nueva. “Teníamos proyectos, ganas de empezar y ver qué podíamos hacer pero con todo esto no vamos a poder”, lamentó.
Natalia insistió en el amor que sienten por el club. En este sentido, detalló que si bien no tienen una cuota cara, hay chicos que por la situación económica actual no pueden pagarla y ello no es un obstáculo: jamás hay un no porque primero los pequeños. “Es un trabajo que hacemos entre todos”, indicó.
En otra dirección, se explayó sobre sus sospechas. Al respecto dijo que para ella se trata de dos o tres personas por la cantidad de elementos que se llevaron. “No sé en qué se las habrán llevado. Lo que nos parece raro es que nadie sepa nada. Que desde la Policía no se sepa nada. Y es el sexto robo que tenemos”, describió. Es el sexto robo y nunca hubo detenidos.
A raíz de lo ocurrido, Natalia pidió ayuda y explicó que no ponen cámaras ni alarmas porque no les alcanza. Y, sobre ello, solicitó que, principalmente, quieren saber quiénes son los que cometieron el ilícito. “Tenemos miedo realmente de que vuelvan a entrar”, resaltó. Es por ello que analizan distribuir las pocas cosas que quedan —pelotas y pecheras— en las viviendas particulares. Sin embargo, aclaró que es complicado porque todos trabajan. Y Natalia insiste en el miedo: el miedo de que compren o les donen una heladera y que suceda otra vez lo mismo. “No podemos dejar más nada. Ahora son seis mil pesos que necesitamos para arrancar y no los tenemos”, subrayó.
En relación con las alternativas que barajan para dar una solución lo más rápido posible, la delegada mencionó: “Estamos viendo qué podemos hacer, algún evento o algo para tratar de recaudar plata. Habíamos organizado para el 27 una pollada”, relató y dijo que el objetivo de la misma era realizar la fiesta de fin de año y comprar los trofeos a los niños.
Por último, volvió a poner de relieve la unión y solidaridad de las personas que conforman a toda la institución y destacó el “trabajo a pulmón” que desarrollan. “Es una familia. Y esto te destroza. Falta poco para fin de año. Es como que no queremos pensar. No sabemos para dónde ir, qué hacer. Este viernes creo que nos toca jugar acá de local. No sé cómo se va a dar; si iremos a jugar a otro lado o tendremos que alquilar la cancha. No tenemos cómo arrancar con la mercadería. Hay una mamá que donó una caja de alfajores y vamos viendo sobre la marcha”, concluyó. Así, y a pesar de todo, Natalia se reúne con los demás padres y madres que llegan al club. Barren. Levantan la heladera. Se miran, se lamentan, hablan. Y se preguntan por qué.

