Inmediatamente después del nuevo pico de tensión que dentro de la aguda crisis venezolana significó el intento de introducir en el país camiones con ayuda humanitaria, frustrado por las fuerzas leales al régimen de Nicolás Maduro, la reunión celebrada en Bogotá por el llamado “Grupo de Lima” dejó como principal conclusión la ratificación de su apuesta por una salida pacífica. En un momento en que la escalada del conflicto estimula las versiones sobre una resolución más drástica, surgida tanto desde el bando de quienes la promueven como del de los que serían sus víctimas, esta declaración significa una muestra de buen juicio que posiblemente haya que seguir reforzando en lo sucesivo.
El Grupo de Lima, integrado por la mayoría de los países de la región, ya había legitimado la autoridad del “presidente encargado” Juan Guaidó, más allá de que por ahora no pasa de lo formal, y desconocido la de Maduro, quien efectivamente ostenta el poder. Y una y otra vez ratifica su voluntad de seguir ejerciéndolo, más allá del círculo de presión diplomática al que también se han sumado los Estados Unidos y la Unión Europea, aunque no Rusia, China y otros países.
La idea de la oposición y de la parte de la comunidad internacional que la apoya sigue siendo que las fuerzas armadas venezolanas, que se mantienen leales al régimen chavista, decidan por fin abandonarlo, empujadas por promesas de una amplia anmistía a quienes den el paso. Pero frente al hecho de que sólo se registran algunas deserciones puntuales, la posibilidad de una intervención militar promovida desde el exterior sigue en agenda, tanto en las denuncias enfervorizadas de Maduro y otros integrantes de su gobierno como en las veladas amenazas del presidente norteamericano Donald Trump, que su vicepresidente Mike Pence no se privó de recordar en la misma reunión en que la alternativa era rechazada sin matices por los participantes latinoamericanos.
En rigor, se puede compartir o no la calificación del gobierno de Maduro como una dictadura carente de sustento legal a partir de las gruesas irregularidades registradas antes y durante los comicios en los que fue reelegido, así como la percepción de que la crisis humanitaria generada por su ineptitud alcanza dimensiones colosales. Pero en cualquier caso, parece más allá de toda duda que una intervención militar extranjera no podría más que empeorar las cosas. Por lo pronto, les restaría legitimidad política ante los ojos de su pueblo a quienes la apoyaran desde la propia Venezuela y sembraría violencia y muerte en un campo de cultivo donde ya existen en abundancia.
No se sabe hasta qué punto habla en serio Trump cuando insiste en poner “todas las opciones sobre la mesa”, teniendo en cuenta la penosa historia de las intervenciones militares promovidas desde su país. Pero en cualquier caso, los países latinoamericanos que comparten su rechazo a Maduro hacen bien en recordarle que estaría solo en esa aventura.
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La idea de la oposición y de la parte de la comunidad internacional que la apoya sigue siendo que las fuerzas armadas venezolanas, que se mantienen leales al régimen chavista, decidan por fin abandonarlo, empujadas por promesas de una amplia anmistía a quienes den el paso. Pero frente al hecho de que sólo se registran algunas deserciones puntuales, la posibilidad de una intervención militar promovida desde el exterior sigue en agenda, tanto en las denuncias enfervorizadas de Maduro y otros integrantes de su gobierno como en las veladas amenazas del presidente norteamericano Donald Trump, que su vicepresidente Mike Pence no se privó de recordar en la misma reunión en que la alternativa era rechazada sin matices por los participantes latinoamericanos.
En rigor, se puede compartir o no la calificación del gobierno de Maduro como una dictadura carente de sustento legal a partir de las gruesas irregularidades registradas antes y durante los comicios en los que fue reelegido, así como la percepción de que la crisis humanitaria generada por su ineptitud alcanza dimensiones colosales. Pero en cualquier caso, parece más allá de toda duda que una intervención militar extranjera no podría más que empeorar las cosas. Por lo pronto, les restaría legitimidad política ante los ojos de su pueblo a quienes la apoyaran desde la propia Venezuela y sembraría violencia y muerte en un campo de cultivo donde ya existen en abundancia.
No se sabe hasta qué punto habla en serio Trump cuando insiste en poner “todas las opciones sobre la mesa”, teniendo en cuenta la penosa historia de las intervenciones militares promovidas desde su país. Pero en cualquier caso, los países latinoamericanos que comparten su rechazo a Maduro hacen bien en recordarle que estaría solo en esa aventura.

