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“Mi rol no es solamente ser directora, yo estoy acá para cuidar la infancia”

Hace 7 años que Analía Buggia conduce el colegio enclavado en barrio Mariano Moreno. Habló del desafío de educar a una población proveniente de un sector urbano marginal como Las Acacias y lo que viene para 2019

Como una gran manzana robada al campo y puesta a vivir en el barrio, la escuela Justo José de Urquiza se levanta con su aire de galpón ferroviario, sus grandes árboles y sus paredes rosadas; pintadas del mismo color que el palacio  San José. Y, como se mentaba del caudillo entrerriano, la escuela también tiene cien hijos.

Lo cierto es que, muy a pesar de no contar con un alto presupuesto y ocuparse de una población sin contención alguna, la escuela Justo José de Urquiza de barrio Mariano Moreno cumplirá cien años el próximo 2 de julio.

Fundada en Villa Aurora (actual barrio Lamadrid) en 1919, el colegio itineró por varios inmuebles (entre ellos, la casona del actual Archivo Histórico en Dante Alighieri y Corrientes) hasta recalar en 1983 en la esquina de Lanín y Puerto Mont, en pleno corazón del Mariano Moreno. 

Sin embargo, con el tiempo, la escuela tuvo como población casi excluyente a los chicos de barrio Las Acacias, el vecino más pobre y postergado del sector.

Y así, en una tórrida mañana de febrero y mientras la pequeña comunidad docente se prepara para el año lectivo, su directora Analía Buggia recibe a este matutino. Y lo primero que explica es la parte formal de la organización.

“Somos un colegio pirmario con cien alumnos, más los 50 del jardín de 3 a 5 años. Tenemos un único turno, a la mañana de 8 a 14, con jornada extendida y ampliada. Hay seis maestras de grado, tres de ramos especiales, la administrativa y el personal Paicor y de Limpieza.

Con el desafío de proteger y enseñar a cien almas

-¿Cómo definirías la población de la escuela?

-Te diría que el 80 por ciento de los chicos proviene de barrio Las Acacias, que es el barrio del frente. El otro porcentaje es de la parte vieja del Mariano Moreno, porque los papás de la parte nueva mandan a sus chicos a las escuelas privadas del centro. 

-¿Qué me podés decir de Las Acacias?

-Que es un barrio urbano marginal de escasos recursos, con la mayoría de los papás que no tienen un empleo fijo sino que son peones o hacen changas. Hay muchas familias ensambladas y muchas mamás solas que además de amas de casa tienen que salir a trabajar. Muchas cobran distintos planes y los chicos desayunan y almuerzan acá, con el Paicor. También van a la tarde a merenderos del barrio.

-¿Cómo es trabajar con los chicos de Las Acacias?

-Es lo más hermoso que te puede pasar. Toda mi carrera docente la hice en esta escuela, desde que entré como maestra jardinera hace 17 años hasta que fui maestra de grado, vicedirectora y, desde hace 7 años, la directora. Y yo estoy muy enamorada de estos chicos. Al punto que quisiera que acá se abriera un secundario para hacerles un seguimiento. Esta es una escuela donde tu trabajo es muy valorado. Quizás porque al no tener muchos recursos, los chicos te reconocen todo lo que les das. 

-¿Y cuál es la problemática más recurrente?

-Ya no tenemos problemas de conducta como hace diez años, pero en los últimos tiempos hemos tenido que resolver asuntos de forma conjunta con el ESI, que es el taller de Educación Sexual Integral...

-¿Como cuáles?

-Hubo casos de violencia sexual en la casa de algunos alumnos. Y cuando vos ves que un chico con esos problemas busca una contención en el docente, es que la ESI sirvió de mucho.

-¿Fueron muchos esos casos?

-No, fueron casos aislados pero hubo que enfrentarlos. Y es bueno que el chico se abra con el docente, sabiendo que le van a creer y no que lo van a retar.

-¿Y cómo fue tu intervención?

-Hace unos años, las docentes estaban dando el taller, cuando una alumna pidió hablar a solas con ellas. Y entonces les contó que estaba sufriendo un acoso en su casa. Luego, esta seño me lo contó a mí y yo le dije que le volviera a preguntar. La nena rectificó lo dicho; el abuso venía de su abuelo paterno. Y entonces intervine...

-¿Y qué hiciste?

-Muchas veces uno siente miedo de avanzar de manera directa, así que lo primero que hice fue comunicarme con la inspectora. Ella me derivó al EPAE (Equipos Profesionales de Acompañamiento Educativo) y llegamos a la conclusión de que había que avisarle a la familia. 

-¿Los llamaste al papá y a la mamá?

-Sí. Lo hice con todos los miedos que genera una situación así, pero por suerte vinieron. Cuando les conté lo sucedido, no lo podían creer. Ellos mismos hicieron la denuncia y a la nena le hicieron cámara Gesell en Córdoba. En el acto el abuelo quedó detenido. 

-¿Y cómo te sentiste?

-Ese día supe que yo podía enfrentar esas situaciones y que tenía que ir siempre al frente, sin guardarme nada. Mi rol no es solamente ser directora, yo estoy acá para cuidar la infancia. Y eso fue lo que intenté desde entonces. Ahora, apenas sospecho de una situación así, la investigo a fondo. Las familias que anotan a sus chicos conocen cómo trabajo y saben que son temas que no dejo pasar jamás.

-¿Cómo es tu relación con los chicos y los exalumnos?

-Por suerte la escuela es la extensión de sus casas y un lugar en donde están a salvo. Como en el patio hay una canchita, muchos vienen a la tarde a jugar al fútbol. Y en los recreos, siempre veo exalumnos. El niño siempre vuelve a donde se sintió mimado y protegido...

Y Analía posa con las demás “seños” en un aula de la escuela. Esa casona que parece un gran galpón ferroviario pero que ellas intentan convertir en un palacio como el de Urquiza. En un hogar para cien chicos donde no tenga dominio la crueldad del mundo.



Iván Wielikosielek. Redacción Puntal Villa María



 

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