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Un gigante del arco

Adrián "Tonafo" Demarchi confesó: "Ser arquero es una pasión. Nací arquero, me encantaba rasparme al tirarme y tuve la oportunidad soñada en Ferro, donde estuve con Mono Burgos. Volví y en la Liga hice miles de amigos"

Adrián Demarchi siente que el arquero que lleva adentro está vivo, le transmite felicidad manifestar cada anécdota y cada recuerdo de su carrera futbolística.

Ese flaco alto de enorme corazón, al que hacían correr “con una cubierta de auto en el cuello” para que no se pasara de altura y así pudiera jugar en su categoría en el baby fútbol, precisa: “Cuando muera, quiero que a mis cenizas las tiren en el césped debajo de un arco de las canchas en las que he sido tan feliz en la Liga, o por el área, que es donde nos movemos los arqueros como si fuera nuestra casa, nuestro hábitat. El arco es una pasión”.

Reflexiona y descarga: “Soñaba con ser arquero en el fútbol profesional y tuve mi chance en Ferro, pero me negaron el pase. Volví y nunca imaginé que en estas canchas con pisos tan feos, donde te raspás todo y siempre salís lastimado, iba a encontrar tantos amigos y tanta felicidad. Hice una carrera corta, pero conocí a tanta buena gente, técnicos que te educaban como si fuéramos sus hijos, y compañeros con los que todavía sigo compartiendo momentos hermosos de la vida”.

Reconoce: “No es lo mismo el fútbol profesional que el amateur. En Ferro era competir todos los días y prepararte para eso. Yo por suerte siempre fui buen alumno y supe que no debía dejar de estudiar, porque ir un año a Buenos Aires hasta me complicó el colegio secundario, que debí terminar de noche para no perder un año”.

Aclara: “Me fui en cuarto año y estudié de noche en Buenos Aires. Cuando volví, en el Rivadavia me exigían rendir varias materias y elegí terminar de noche en el Nacional. Experiencias lindas, todas pero no tan fáciles cuando sos un adolescente”.

El sueño y el modelo a seguir

Aprendió de chico que el fútbol regala amigos. “Yo compartí con Adrián ‘Pana’ López y Claudio Arzeno desde los 8 años y son dos de mis grandes amigos. Conocí a Pablo Requena en Rivadavia, a Hernán Schiavi o Fernando Róvere en Yrigoyen, que son mis amigos. Tuve la suerte de tener como DT a Chacho Peñaloza, con quien comparto su grupo de futbolistas veteranos que nos juntamos a jugar cada sábado en Atilra como Cabezón Allasia, Chueco Domenech, Walter Rena, Josi Sachetto y ya son tres generaciones las que nos juntamos, porque a veces hasta se prenden los hijos que juegan en inferiores o en primera en la Liga”.

Agrega: “Eso no tiene precio. El fútbol amateur te regala amigos para siempre y momentos que el fútbol profesional generalmente te quita. Seguro que todos hubiésemos querido llegar, pero no estoy seguro de decir que es mejor o peor modelo de vida”.

Arquero de nacimiento

El Tonafo señala: “En el barrio jugábamos al fútbol con amigos como Gustavo Servino (reconocido basquetbolista local) y una barra de pibes, entre los que yo era el más chico. Por eso me mandaban al arco, me pelaba todo en las calles y jamás renegué de ser arquero, me enamoré del puesto de nacimiento”.

Sostiene: “En el baby fútbol jugué en Asociación Bancaria. Soy clase 71, pero pese al esfuerzo que hacía para no pasarme de altura corriendo horas con la cubierta de auto colgando en mi cuello o en el hombro, jamás logré jugar en la clase 71. Tuve que hacerlo siempre en la 70”.

Reseña: “No era que reducías centímetros, sino que después de correr una hora con ese peso el cansancio con el que ibas a medirte en la Liga de Baby te hacía inclinar los hombros. Nunca dio resultado. Jugué en la clase 70”.

Resalta: “Las teorías de aquellas épocas eran un poco locas, pero lo hacían todos. También Marcelo Alamo nos daba trofeos en la semana a los que hacían goles, a los que asistían o los que él consideraba que salvábamos goles. Todos teníamos la ilusión de llevarnos esos trofeos viejos que sobraban en los clubes”.

“Esos DT como Alamo fueron muy respetados y nos enseñaban buenos valores y a jugar al fútbol. En ese equipo jugué con Roberto Allasia, Fabián Gill, Lito Benito, Garza Ariano, Daniel Espinoza y conocí a Adrián López y Claudio Arzeno. Todos, grandes pibes”.

La pasión por el arco

Aclara: “No hay nada como salir raspado de un entrenamiento. Es una satisfacción, una pasión inexplicable ser arquero”.

Recalca: “Antes creíamos que el arquero que más se tiraba era el mejor. Salías golpeado de las canchas nuestras sin césped. Por suerte hoy cambió y hay arqueros que enseñan el oficio y buscan que nadie salga golpeado. Hoy veo arqueros como Nipón Bazán, que tienen problemas para caminar, y es lógico, si la cancha de Alumni era muy dura y pura arenilla”.

Recuerda: “Uno se tiraba como si fuera el Monumental, pero era la cancha de El Desagüe, donde entrenaba Argentino, o el el Fortín de Alumni. Nunca eso significó un sacrificio para mí, siempre fue un gusto hacerlo. Amé ser arquero y salir todo raspado”.

Destaca: “La ingratitud del puesto te lleva a entrenar más que los otros, a estar más concentrado que los jugadores de campo. Siempre dije que el arquero debía estar concentrado 95’, porque si estaba 90’ concentrado, en 5’ tirabas todo lo que edificabas en 90’. Siempre súper atento para poder atajar”.

Aclara: “Me gustó siempre manejar la defensa. Hablar con los compañeros es muy importante, te ayuda a salvar el arco. Aunque no te tirés nunca, el arquero debe terminar estresado un partido por las órdenes que transmite y la concentración durante los 90 minutos”.

La formación en inferiores

Afirma Adrián Demarchi: “En River Plate me llevó Marcelo Alamo a jugar un torneo Argentino con la clase 70 a Buenos Aires en canchas grandes. Paramos en Ezeiza y fuimos campeones al vencer a Almirante Brown en su estadio y por penales. Jugaban Fabián Echegaray, César Cuello, Diego Stevenot, Germán Delpino, Capuchi Lauricella, Pandolfi, Roberto Allasia. Hoy aún nos juntamos a comer”.

Señala: “Fiché en Alumni, donde conocí a un gran DT y maestro de la vida: Abel ‘Loco’ Volta”.

Indica: “Era un adelantado. Lo ayudaba Jorge Gómez. Me enseñó cosas que me sirvieron toda la carrera. Tengo un gran recuerdo de él. En Alumni perdemos la final contra River Plate en 1984 en Plaza Ocampo, donde enfrenté a Marcelo Santoni, Sergio Miranda, Lobín Cejas y atajaba Silvio Munch”.

Insiste: “Alumni jugaba en la Liga Cordobesa y enfrenté a todos los equipos capitalinos. En mi categoría jugaban Pana López, Tati Rodríguez, Rafael Colautti, Negro Ramos, Cachula Márquez, Gustavo Zanelatto, Lucarelli, Tato Gon, Titina Bravín. Salíamos a las 9 y volvíamos a las 21 de Córdoba. Un día, en el Mundial 86, vimos en Córdoba la semifinal con Bélgica”.

Recuerda: “A los 14 años ya entrenaba con la Primera que dirigía Iván Miranda. Llega Miguel Brindisi en 1985 y los tres arqueros éramos Sergio Bazán, Carlos Stobbia y yo”.

Recalca: “Entrené con Squeo, Gamarra, Agonil, Hiotidis, Rapetti, Molina y todos esos históricos. Yo jugaba en los preliminares de esos partidos a Plaza Ocampo llena”.

Precisa: “Una vez Miguel Brindisi me invitó a quedarme tras un entrenamiento y me pateó. Me di cuenta rápido de que había sido un monstruo. No le pude atajar una. ¡Qué pegada!”.

La oportunidad soñada

A Tonafo Demarchi le aparece la oportunidad soñada en 1988, cuando surge la iniciativa de llevar jugadores a Ferro Carril Oeste.

Recuerda: “Me citó Abel Volta. Estaba Miguel Ángel ‘Zurdo’ López como DT en la Primera y nos acompañó su sobrino y preparador físico de Alumni: Claudio D’Ambrosio. Dormimos en el departamento del Zurdo esa noche”.

Detalla: “Fuimos con Raúl Torres, Sergio Miranda y Gustavo D’Ambrosio. Fue en febrero. En esa prueba me fue muy bien y al terminar me dijeron que había quedado y que me trajera ropa”.

Rememora: “En esa prueba conocí a Mono Burgos, que ya estaba en el club. Me lo presentaron y me felicitó por lo que había atajado. Me tocó ser compañero de él y hasta compartir habitación. No me olvido de que me prestó un equipo Diportto celeste para presentarme a la pretemporada, a la que me convocó Carlos Timoteo Griguol. Estuve un año, me fue bien, pero no hubo acuerdo con el pase y volví a Villa María, donde conocí un mundo maravilloso”.