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La escritora Margaret Atwood reversiona la "Odisea" de Homero en clave feminista

"Penélope y las doce criadas", libro escrito en 2005, vuelve en nueva edición.

En Penélope y las doce criadas, un libro escrito en 2005 que vuelve en nueva edición, la escritora y Premio Nobel canadiense Margaret Atwood reversiona en clave feminista la "Odisea" de Homero donde reconstruye lo que pasó durante los 20 años en que esperó el regreso de su marido, a quien corre del lugar de héroe y del mismo modo que también descascara el componente abnegado de la ahora protagonista, molesta porque su ejemplo de fidelidad fue usado para someter a otras mujeres.

Despojada del volumen dramático de "El cuento de la criada" -la célebre distopía que escribió en 1985 y que tuvo una continuación en "Los Testamentos"- la narradora elige una voz irónica y ligera para repensar el clásico grecolatino que narra el regreso a casa, tras la Guerra de Troya, del héroe griego Odiseo, quien permaneció diez años en lucha y demoró otros diez en volver a la isla de Itaca.

"'Ahora que estoy muerta lo sé todo'", esperaba poder decir, pero como tantos otros de mis deseos ése no se hizo realidad. Sólo sé unas cuantas patrañas que antes no sabía. Huelga decir que la muerte es un precio demasiado alto para satisfacer la curiosidad. Desde que estoy muerta -desde que alcancé este estado en que no existen huesos, labios, pechos...- me he enterado de algunas cosas que preferiría no saber, como ocurre cuando escuchas pegado a una ventana o abres una carta dirigida a otra persona", dice Penélope en la voz de Atwood.

Un proyecto del sello escocés Canongate

"The Penelopiad" -tal es el título original de esta nouvelle- surgió en 2005 como un proyecto del sello escocés Canongate dedicado a reinterpretar los mitos de distintas culturas desde una perspectiva contemporánea. Hasta la fecha, además de la narradora canadiense han participado Olga Tokarczuk -otra Premio Nobel de Literatura-, Philip Pullman, Ali Smith y David Grossman.

La versión de la autora de "Alias Grace" arranca con un episodio de su infancia que la marcará para siempre, cuando su padre la arroja a las aguas del mar para que muera ahogada, una escena de la que es rescatada por una bandada de patos salvajes. La crueldad paterna no desentona con el desapego de su madre, una náyade que opta por los paseos acuáticos antes que someterse a las demandas de la crianza.

Desde que estoy muerta -desde que alcancé este estado en que no existen huesos, labios, pechos...- me he enterado de algunas cosas que preferiría no saber, como ocurre cuando escuchas pegado a una ventana o abres una carta dirigida a otra persona", dice Penélope en la voz de Atwood

Nada idílico es tampoco para Penélope el recorrido por los veinte años que Odiseo pasa lejos de su hogar: la crianza en solitario de Telémaco -el díscolo hijo en común- sumado a su labor múltiple como administradora de las finanzas domésticas y sus estrategias para alejar a los pretendientes que la acosan, dejan a la narradora al borde del agotamiento.

"Todos me decían que era hermosa”

El relato de la rivalidad con su prima Helena de Troya -de una sensualidad avasallante- instala la cuestión acerca de los estereotipos de belleza como portadores de los prejuicios encerrados en la visión patriarcal: Penélope se considera lista ("muy inteligente, si consideramos la época en que me tocó vivir") y de una belleza discreta que sin embargo es exaltada por su entorno. "Todos me decían que era hermosa: tenían que decírmelo porque era una princesa y poco después me convertí en reina", enuncia con sarcasmo.

Atwood no se olvida tampoco de la naturaleza pragmática antes que romántica del vínculo marital. Los matrimonios se concertaban para sumar posesiones o influencia y eran el motor para generar descendencia: ahí la mirada sagaz de la escritora se detiene para aclarar que los hijos no se gestaban por deseo ni por mandato atávico sino porque funcionaban como vehículos para trasladar "bienes", desde reinos y regalos de boda hasta enemistades familiares.

"Mediante los hijos se forjaban alianzas, mediante los hijos se vengaban agravios. Tener un hijo equivalía a liberar una fuerza en el mundo. Si tenías un enemigo, lo mejor que podías hacer era matar a sus hijos, aunque fueran recién nacidos. En caso contrario crecerían e irían a por ti. Si no te sentías capaz de matarlos, podías disfrazarlos y enviarlos lejos, o venderlos como esclavos, pero mientras siguieran con vida supondrían un peligro para ti", cuenta la impiadosa Penélope.

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Y nuevamente se impone la vara patriarcal a la hora de ponderar si los hijos son de sexo masculino o femenino. Ellos serán los encargados de empuñar armas y defender al rey o preservar la estirpe familiar mientras que en el caso de ellas solo restaba esperar que crecieran para empezar a dar nietos.

"Penélope y las doce criadas"(Salamandra) discurre acerca de las preocupaciones de la mujer de Odiseo durante su ausencia y despoja al ícono de Itaca de su estampa heroica, a quien retrata como un embaucador que tiene una habilidad desarrollada para engañar a la gente, pero también para escabullirse.

"Muchos dan por auténtica su versión de los hechos, salvo quizá por algún asesinato, alguna beldad seductora, algún monstruo de un solo ojo. Hasta yo le creía, a veces. Sabía que mi esposo era astuto y mentiroso, pero no esperaba que me hiciera jugarretas ni me contara mentiras. ¿Acaso yo no había sido fiel? ¿No había esperado y esperado pese a la tentación de hacer lo contrario? " cuestiona la protagonista.

Lecturas moralizantes

Penélope instala también su fastidio frente a las lecturas moralizantes que genera su ejemplo de fidelidad pese al asedio de tantos hombres que buscaron quebrantar su contrato conyugal. En esa mirada, lo que más parece pesarle es ese lugar de "leyenda edificante" en el que la versión oficial la ha colocado para disciplinar al resto de su género ("un palo con el que pegar a otras mujeres", se lamenta).

Atwood aporta también su versión de las doce criadas ahorcadas por Odiseo y Telémaco por haber mantenido relaciones con los pretendientes que padre e hijo exterminaron al final del poema épico.

"Las criadas forman un coro que canta y recita centrándose en dos preguntas que cualquier lector se plantearía tras una lectura mínimamente atenta de la Odisea: ¿por qué las han ahorcado? y ¿qué buscaba Penélope en realidad? La historia tal como se cuenta en la Odisea no se sostiene: hay demasiadas incongruencias. Siempre me han perseguido esas criadas ahorcadas y, en este libro, también persiguen a Penélope", sostiene Atwood.