No es casual que Mauricio Macri haya decidido jugar a fondo con el tarifazo a pesar del costo político que le representa, si se atiende al calendario electoral de la Argentina.
El Presidente se convenció de que hasta el Mundial de Rusia tiene margen para aplicar todos los correctivos que pueda destinados a atenuar el desaguisado fiscal en que se viene convirtiendo la Argentina desde hace años. Tras la cita mundialista, arrancará la carrera electoral con vistas a las presidenciales de 2019, y por ahora el jefe de Estado prevé anotarse en esa competencia.
Por eso trató de restarle importancia a la decena de encuestas que le acercaron esta semana y que lo sitúan en uno de los peores momentos de su gestión. Es que las clases medias lucen agotadas en su capacidad de resistencia frente a una política que atenta contra sus bolsillos.
Se buscan revertir 12 años de incongruencias que llevaron a hacerles creer a los argentinos que la electricidad, el gas y el agua eran gratis, y que el país tenía la productividad de Alemania, por lo que podía consumir al mismo nivel. Todo fue una fantasía, pero la sociedad la aprovechó y le dio su bendición al acompañarla: ahora entonces no parece ser tiempo para quejarse por tener que pagarla.
Los argentinos siempre han tenido un problema con el pago de las deudas, como si el hecho de que las hayan asumido otros gobiernos eximiera a los actuales de afrontarlas.
Siempre el enemigo fue el prestamista a tasas usurarias, pero se olvidan de que antes hubo un tomador de las mismas, y que muchas veces hubo consenso para apelar al crédito antes que hacer un sacrificio interno.
"Los argentinos tuvimos una fiesta de populismo que duró muchas décadas. Como buena fiesta nos emborrachamos y al día siguiente tuvimos dolor de cabeza", repite Macri cada vez que puede. Tiene razón en gran parte, pero su problema es que el dolor de cabeza debe atenderlo mientras tiene el timón del barco y pocas aspirinas para combatirlo.
Las dificultades provocadas por los multimillonarios subsidios a las tarifas de servicios públicos son un ejemplo que pinta a la perfección esa lógica. Cuando una sociedad empieza a creer que tiene todos los derechos y casi ninguna de las obligaciones, el país va camino al desastre.
Las políticas de la última década convencieron a casi todos de que esos derechos serían eternos.
El presente económico de la Argentina es fruto de desaciertos mayúsculos anteriores, de los que toda la clase política es responsable.
Ante ese escenario, Macri dejó aplicar un fortísimo ajuste en las tarifas, que aún no terminó, pero el escenario se agrava porque esto a su vez presiona sobre la inflación.
Su decisión no termina ahí: está dispuesto a vetar cualquier intento de la oposición de tocar los cuadros tarifarios. En especial dinamitará cualquier proyecto del kirchnerismo por retrotraer las tarifas a diciembre de 2015.
Mal humor social
Como conclusión, el poder adquisitivo es atacado desde varios flancos, y esto deriva en un mal humor social de consecuencias impredecibles para el proyecto de largo plazo con el que se ilusiona Cambiemos.
Macri aspira a llegar al segundo semestre con inflación más baja y el ajuste ya hecho. “El mal se hace todo junto y el bien se administra de a poco”, sostenía Maquiavelo en “El Príncipe”. El concepto contradice en parte el “gradualismo” al que apela el macrismo, pero en este primer semestre parece haber llegado la hora de aplicarlo. Todo confirma que el Gobierno atraviesa su peor momento desde que llegó al poder: inflación lejos de amainar, una delicada situación laboral, fuerte ajuste de tarifas y, por si faltaba algo, un dólar que revivió como consecuencia de la suba de tasas en los Estados Unidos, algo que la gestión de Macri explica poco.
El alza de los intereses que pagan los bonos norteamericanos encendió una luz amarilla en el tablero de la estrategia "gradualista" de la Casa Rosada, que apuesta al financiamiento intensivo de adentro y de afuera para ir bajando con el tiempo el déficit fiscal.
El mensaje de esa suba para los países emergentes es que les va a costar más caro conseguir plata prestada en el mercado mundial. Eso deja claro que las tasas estratosféricas no tienen destino. O, peor aún, que la Argentina carece de destino si mantiene a largo plazo semejante niveles de especulación financiera.
José Calero
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Por eso trató de restarle importancia a la decena de encuestas que le acercaron esta semana y que lo sitúan en uno de los peores momentos de su gestión. Es que las clases medias lucen agotadas en su capacidad de resistencia frente a una política que atenta contra sus bolsillos.
Se buscan revertir 12 años de incongruencias que llevaron a hacerles creer a los argentinos que la electricidad, el gas y el agua eran gratis, y que el país tenía la productividad de Alemania, por lo que podía consumir al mismo nivel. Todo fue una fantasía, pero la sociedad la aprovechó y le dio su bendición al acompañarla: ahora entonces no parece ser tiempo para quejarse por tener que pagarla.
Los argentinos siempre han tenido un problema con el pago de las deudas, como si el hecho de que las hayan asumido otros gobiernos eximiera a los actuales de afrontarlas.
Siempre el enemigo fue el prestamista a tasas usurarias, pero se olvidan de que antes hubo un tomador de las mismas, y que muchas veces hubo consenso para apelar al crédito antes que hacer un sacrificio interno.
"Los argentinos tuvimos una fiesta de populismo que duró muchas décadas. Como buena fiesta nos emborrachamos y al día siguiente tuvimos dolor de cabeza", repite Macri cada vez que puede. Tiene razón en gran parte, pero su problema es que el dolor de cabeza debe atenderlo mientras tiene el timón del barco y pocas aspirinas para combatirlo.
Las dificultades provocadas por los multimillonarios subsidios a las tarifas de servicios públicos son un ejemplo que pinta a la perfección esa lógica. Cuando una sociedad empieza a creer que tiene todos los derechos y casi ninguna de las obligaciones, el país va camino al desastre.
Las políticas de la última década convencieron a casi todos de que esos derechos serían eternos.
El presente económico de la Argentina es fruto de desaciertos mayúsculos anteriores, de los que toda la clase política es responsable.
Ante ese escenario, Macri dejó aplicar un fortísimo ajuste en las tarifas, que aún no terminó, pero el escenario se agrava porque esto a su vez presiona sobre la inflación.
Su decisión no termina ahí: está dispuesto a vetar cualquier intento de la oposición de tocar los cuadros tarifarios. En especial dinamitará cualquier proyecto del kirchnerismo por retrotraer las tarifas a diciembre de 2015.
Mal humor social
Como conclusión, el poder adquisitivo es atacado desde varios flancos, y esto deriva en un mal humor social de consecuencias impredecibles para el proyecto de largo plazo con el que se ilusiona Cambiemos.
Macri aspira a llegar al segundo semestre con inflación más baja y el ajuste ya hecho. “El mal se hace todo junto y el bien se administra de a poco”, sostenía Maquiavelo en “El Príncipe”. El concepto contradice en parte el “gradualismo” al que apela el macrismo, pero en este primer semestre parece haber llegado la hora de aplicarlo. Todo confirma que el Gobierno atraviesa su peor momento desde que llegó al poder: inflación lejos de amainar, una delicada situación laboral, fuerte ajuste de tarifas y, por si faltaba algo, un dólar que revivió como consecuencia de la suba de tasas en los Estados Unidos, algo que la gestión de Macri explica poco.
El alza de los intereses que pagan los bonos norteamericanos encendió una luz amarilla en el tablero de la estrategia "gradualista" de la Casa Rosada, que apuesta al financiamiento intensivo de adentro y de afuera para ir bajando con el tiempo el déficit fiscal.
El mensaje de esa suba para los países emergentes es que les va a costar más caro conseguir plata prestada en el mercado mundial. Eso deja claro que las tasas estratosféricas no tienen destino. O, peor aún, que la Argentina carece de destino si mantiene a largo plazo semejante niveles de especulación financiera.
José Calero