Eran las siete de la mañana del primer día de mayo de 2013. Las víctimas eran dos. Se encontraban en la esquina de bulevar Sarmiento y Periodistas Argentinos.
—Dame la plata, dale—, dijo Gabriel Maximiliano González (24), uno de los acusados, mientras blandía un hierro. Estaba, al parecer, junto a Nicolás de Miguel (28), otro de los hombres que estuvo sentado en el banquillo.
Uno de los damnificados interpuso una valija y, así, escaparon. Se refugiaron en la terminal de ómnibus. Los imputados se subieron a una moto y también huyeron. La Policía los persiguió. De Miguel conducía el vehículo, que tras evadir a los efectivos durante algún tiempo, chocó contra un cantero central. Él terminó en un centro de salud.
Durante el juicio que se desarrolló ayer en la Cámara del Crimen, no se pudo probar la participación de De Miguel en el robo en grado de tentativa, por lo que sólo se lo condenó a un año de prisión de ejecución condicional por ser el autor del delito de encubrimiento.
En cambio, la pena para su compañero, González, fue mucho mayor. Lo sentenciaron a 6 años de cárcel por el ilícito de robo calificado en grado de tentativa y, a la vez, de amenazas reiteradas, coacción y privación ilegítima de la libertad calificada en un tortuoso episodio de violencia de género.
Un mes antes de que se registrara ese suceso (el de violencia de género), ocurrió otro.
Junio de 2017. González estaba con su concubina en un domicilio ubicado en Cortada Cáritas al 400, en Villa Nueva. Él le dijo que si caía preso, saldría y la mataría.
En julio, la víctima estaba acompañada por otras personas. Una de ellas le advirtió que el hombre la seguía. Y finalmente la alcanzó y la llevó por la fuerza a la casa. Cerró con llave. Subió el volumen de los parlantes y la golpeó en las piernas y en la espalda con un caño. La amenazó de muerte. Tomó un cuchillo y le dijo que pusiera la mano en la mesa. Ella la apoyó. Esperó lo inevitable. Él la golpeó con el cabo en uno de sus dedos. Luego le dijo que agarrara el cuchillo y se cortara ella misma. Se le cayó. González la sentó y la pateó en el estómago. Le abrió la boca e intentó meterle un cable ‘pelado’ —que estaba enchufado—. Llegó su abuela (la de González). Afortunadamente, llegó su abuela. La mujer sufrió distintos hematomas y contusiones.
Una vez que la secretaria Gabriela Sanz finalizó con la lectura de la pieza acusatoria, la jueza Eve Flores les tomó los datos personales a los imputados. De Miguel contó que es villamariense, que no finalizó sus estudios secundarios y que trabaja como empleado en relación de dependencia hace 4 años en una fábrica.
—¿Consume drogas?—, preguntó la magistrada.
—No. Antes. Hasta los 24.
Llegó el momento de que declarara o se abstuviera de hacerlo. Optó por lo primero. Contó que el hecho por el que llegó al recinto se registró luego de que salieran de un famoso boliche de la ciudad. Estaba junto a otras personas en distintas motos. Eran cuatro los rodados. En determinado momento, dos de los vehículos se fueron. Él quedó con González y otra persona. Fueron a cargar nafta. González se fue con el restante, regresó instantes después y le pidió que acelerara. Después los detuvieron. Supuestamente, en esas circunstancias se habría producido la persecución.
Por su lado, González, que también es villamariense, contó que lo apodan “Dalcín”. Es soltero pero está en pareja con otra mujer con la que no convive. Tiene tres hijos y es albañil. Asimismo, comentó que consumió drogas hasta los 21. Finalmente, confesó los hechos.
Previo a alegar, el fiscal brindó más detalles sobre el intento de robo: habló de la persecución policial que quisieron evadir los imputados y del posterior choque contra el cantero.
De esta forma, presentó sus fundamentos y sostuvo que no había mérito para atribuirle el intento de robo a De Miguel pero sí la colaboración en el escape. Es por ello que pidió la pena de un año en suspenso por el delito de encubrimiento. En otra dirección, para González pidió una condena de 6 años por robo calificado por el uso de arma impropia en grado de tentativa, coacción y privación ilegítima de la libertad calificada.
Seguidamente fue el turno de Daniel Volpe, el abogado defensor. El letrado solamente adhirió al planteo de Márquez y, luego, tras un cuarto intermedio de poco más de quince minutos, Flores leyó el veredicto. Afuera, el viento soplaba. La sala parecía una voz desvastada por los golpes de lo que se calla. De lo que no se dice. De eso, que, a veces, es tanto.
Franco Gerarduzzi. Redacción Puntal Villa María
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Uno de los damnificados interpuso una valija y, así, escaparon. Se refugiaron en la terminal de ómnibus. Los imputados se subieron a una moto y también huyeron. La Policía los persiguió. De Miguel conducía el vehículo, que tras evadir a los efectivos durante algún tiempo, chocó contra un cantero central. Él terminó en un centro de salud.
Durante el juicio que se desarrolló ayer en la Cámara del Crimen, no se pudo probar la participación de De Miguel en el robo en grado de tentativa, por lo que sólo se lo condenó a un año de prisión de ejecución condicional por ser el autor del delito de encubrimiento.
En cambio, la pena para su compañero, González, fue mucho mayor. Lo sentenciaron a 6 años de cárcel por el ilícito de robo calificado en grado de tentativa y, a la vez, de amenazas reiteradas, coacción y privación ilegítima de la libertad calificada en un tortuoso episodio de violencia de género.
Un mes antes de que se registrara ese suceso (el de violencia de género), ocurrió otro.
Junio de 2017. González estaba con su concubina en un domicilio ubicado en Cortada Cáritas al 400, en Villa Nueva. Él le dijo que si caía preso, saldría y la mataría.
En julio, la víctima estaba acompañada por otras personas. Una de ellas le advirtió que el hombre la seguía. Y finalmente la alcanzó y la llevó por la fuerza a la casa. Cerró con llave. Subió el volumen de los parlantes y la golpeó en las piernas y en la espalda con un caño. La amenazó de muerte. Tomó un cuchillo y le dijo que pusiera la mano en la mesa. Ella la apoyó. Esperó lo inevitable. Él la golpeó con el cabo en uno de sus dedos. Luego le dijo que agarrara el cuchillo y se cortara ella misma. Se le cayó. González la sentó y la pateó en el estómago. Le abrió la boca e intentó meterle un cable ‘pelado’ —que estaba enchufado—. Llegó su abuela (la de González). Afortunadamente, llegó su abuela. La mujer sufrió distintos hematomas y contusiones.
Una vez que la secretaria Gabriela Sanz finalizó con la lectura de la pieza acusatoria, la jueza Eve Flores les tomó los datos personales a los imputados. De Miguel contó que es villamariense, que no finalizó sus estudios secundarios y que trabaja como empleado en relación de dependencia hace 4 años en una fábrica.
—¿Consume drogas?—, preguntó la magistrada.
—No. Antes. Hasta los 24.
Llegó el momento de que declarara o se abstuviera de hacerlo. Optó por lo primero. Contó que el hecho por el que llegó al recinto se registró luego de que salieran de un famoso boliche de la ciudad. Estaba junto a otras personas en distintas motos. Eran cuatro los rodados. En determinado momento, dos de los vehículos se fueron. Él quedó con González y otra persona. Fueron a cargar nafta. González se fue con el restante, regresó instantes después y le pidió que acelerara. Después los detuvieron. Supuestamente, en esas circunstancias se habría producido la persecución.
Por su lado, González, que también es villamariense, contó que lo apodan “Dalcín”. Es soltero pero está en pareja con otra mujer con la que no convive. Tiene tres hijos y es albañil. Asimismo, comentó que consumió drogas hasta los 21. Finalmente, confesó los hechos.
Previo a alegar, el fiscal brindó más detalles sobre el intento de robo: habló de la persecución policial que quisieron evadir los imputados y del posterior choque contra el cantero.
De esta forma, presentó sus fundamentos y sostuvo que no había mérito para atribuirle el intento de robo a De Miguel pero sí la colaboración en el escape. Es por ello que pidió la pena de un año en suspenso por el delito de encubrimiento. En otra dirección, para González pidió una condena de 6 años por robo calificado por el uso de arma impropia en grado de tentativa, coacción y privación ilegítima de la libertad calificada.
Seguidamente fue el turno de Daniel Volpe, el abogado defensor. El letrado solamente adhirió al planteo de Márquez y, luego, tras un cuarto intermedio de poco más de quince minutos, Flores leyó el veredicto. Afuera, el viento soplaba. La sala parecía una voz desvastada por los golpes de lo que se calla. De lo que no se dice. De eso, que, a veces, es tanto.
Franco Gerarduzzi. Redacción Puntal Villa María

