Falleció Rubén Rüedi, historiador emblemático
Ocurrió en la madrugada de ayer. El autor de numerosos libros, que además se desempeñó como director de Cultura y Patrimonio Histórico de la Ciudad, tenía sesenta años y estaba internado a causa de una enfermedad
Este periodista debe decir, antes que nada, que entrevistó varias veces a Rubén Rüedi a lo largo de los años. Y también que las últimas veces terminamos discutiendo. Yo no podía (yo no puedo) entender que el director de Patrimonio de Villa María me diga que Plaza Ocampo debe ser vendida; que su fabuloso paredón de rejas no tiene ningún valor, o que las casas viejas debían ser demolidas.
“Como decía Yupanqui, estoy a favor de lo antiguo y no de lo viejo” me dijo con la voz atronadora con la que hablaba de sus convicciones, como si estuviera dando un discurso.
Aquella nota tuvo lugar en el edificio del Archivo Histórico el año 2010 y fue la última vez que nos vimos.
Sin embargo, amén de las diferencias que había entre nosotros, Rüedi era un tipo “querible”.
Tal vez tenía que ver con su “don de gentes”, como dicen los españoles; esa simpatía a flor de piel que es marca registrada de los tiempos en que Villa María aún era un pueblo. Y acaso también, con el conocimiento que él tenía de cada uno de los habitantes de la ciudad, esos a los que trataba como si fueran familiares directos.
En esa nomenclatura, yo debía ser una suerte de “sobrino lejano”, los chicos que iban al archivo como nietos, y sus compañeros de la Junta de Historia como hermanos de la vida. Y así sucesivamente.
23 de marzo de 2018
Lo cierto es que a partir de aquel 2010 dejé de ver a Rüedi en la ciudad. Había escrito muchos años en PUNTAL VILLA MARÍA, había hecho suplementos para este medio, había editado libros de historia (“La aldea Villa María en tiempos fundacionales”, “El zoológico de Salomón”, “Maradona, el médico de la selva”) y de literatura (“Antonia, una historia de inmigrantes). E incluso había fundado la Junta de Historia. Sin embargo, no lo encontré en ninguno de esos ámbitos; ni en los literarios ni en los históricos.
Con el tiempo me enteré que Rubén padecía una enfermedad muy complicada y eso me produjo una honda tristeza. Me di cuenta de la inutilidad de tener opiniones diferentes, e incluso la inutilidad de tener opiniones. Los seres humanos no somos lo que opinamos sino, en el mejor de los casos, lo que emitimos en el prójimo. Y en ese caso, Rubén Rüedi siempre me había emitido una inexplicable calidez.
La última vez que lo vi fue el pasado 23 de marzo.
Yo había ido a cubrir la Vigilia del Día de la Memoria en la Medioteca, cuando en medio de la celebración se descubrieron dos cuadros de Raúl Olcelli. Eran dos fabulosas ilustraciones a dos poemas locales. Uno pertenecía a Eduardo Belloccio. El otro, a Rüedi.
Esa noche, Rubén leyó su poema “Agujas de musgo” y se lo dedicó a su hermana María Eugenia, una reconocida militante por los Derechos Humanos que acababa de fallecer. Y luego, hizo uso de la palabra. Estaba mucho más delgado y sensiblemente desmejorado. Sin embargo, su voz sonaba atronadora como aquella vez que me citó a Yupanqui. Y con ese mismo tono de discurso dijo algo que reseñé en mi crónica al otro día: “Una vez más estamos viviendo en un gobierno neoliberal que, como aquel del ´95, reivindica el terrorismo de Estado con vergonzosas excarcelaciones a terroristas”. Y cerró su speech con unas palabras que, aunque no reseñé, aún me las acuerdo. “A los chicos que están acá esta noche, quiero decirles que todos los Desaparecidos durante la última Dictadura fueron héroes. No se olviden nunca de eso”. Y luego saludó al público.
Yo no estaba (yo no podía estar) de acuerdo con esa última afirmación. Siempre pensé que la mayoría de los desaparecidos habían sido víctimas. La inmensa mayoría, víctimas inocentes y cruelmente asesinadas por un aparato represor. Pero de ahí a la palabra “héroe” había un largo trecho. Y sin embargo amén de mi desacuerdo, esa tarde Rüedi me había emocionado con su discurso. Una vez más lo había conseguido. Y se ve que no fui el único porque luego muchos otros se acercaron a abrazarlo. Amigos y amigas, chicos y chicas; conocidos y desconocidos.
Hoy tras la conclusión final (“la única conclusión es la muerte”, como dijo Pessoa) pienso que esa noche fue la última jornada de gloria de Rubén Rüedi en este mundo. Acaso él lo sabía y por eso fue a la Medioteca a leer su poema. Acaso quería demostrar o demostrarse una vez más que no sólo de opiniones están hechos los hombres.
Si así fue, le agradeceré siempre a Rüedi esa lección póstuma. Porque ayer cuando me enteré de su muerte, un puño me cerró la boca del estomago. Y sentí que quien acababa de partir de este mundo no era un exfuncionario sino un familiar lejano. Un tío del pueblo al que hacía mucho que no veía y que de alguna manera me había saludado con un discurso y un poema.
Iván Wielikosielek. Redacción Puntal Villa María.
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“Como decía Yupanqui, estoy a favor de lo antiguo y no de lo viejo” me dijo con la voz atronadora con la que hablaba de sus convicciones, como si estuviera dando un discurso.
Aquella nota tuvo lugar en el edificio del Archivo Histórico el año 2010 y fue la última vez que nos vimos.
Sin embargo, amén de las diferencias que había entre nosotros, Rüedi era un tipo “querible”.
Tal vez tenía que ver con su “don de gentes”, como dicen los españoles; esa simpatía a flor de piel que es marca registrada de los tiempos en que Villa María aún era un pueblo. Y acaso también, con el conocimiento que él tenía de cada uno de los habitantes de la ciudad, esos a los que trataba como si fueran familiares directos.
En esa nomenclatura, yo debía ser una suerte de “sobrino lejano”, los chicos que iban al archivo como nietos, y sus compañeros de la Junta de Historia como hermanos de la vida. Y así sucesivamente.
23 de marzo de 2018
Lo cierto es que a partir de aquel 2010 dejé de ver a Rüedi en la ciudad. Había escrito muchos años en PUNTAL VILLA MARÍA, había hecho suplementos para este medio, había editado libros de historia (“La aldea Villa María en tiempos fundacionales”, “El zoológico de Salomón”, “Maradona, el médico de la selva”) y de literatura (“Antonia, una historia de inmigrantes). E incluso había fundado la Junta de Historia. Sin embargo, no lo encontré en ninguno de esos ámbitos; ni en los literarios ni en los históricos.
Con el tiempo me enteré que Rubén padecía una enfermedad muy complicada y eso me produjo una honda tristeza. Me di cuenta de la inutilidad de tener opiniones diferentes, e incluso la inutilidad de tener opiniones. Los seres humanos no somos lo que opinamos sino, en el mejor de los casos, lo que emitimos en el prójimo. Y en ese caso, Rubén Rüedi siempre me había emitido una inexplicable calidez.
La última vez que lo vi fue el pasado 23 de marzo.
Yo había ido a cubrir la Vigilia del Día de la Memoria en la Medioteca, cuando en medio de la celebración se descubrieron dos cuadros de Raúl Olcelli. Eran dos fabulosas ilustraciones a dos poemas locales. Uno pertenecía a Eduardo Belloccio. El otro, a Rüedi.
Esa noche, Rubén leyó su poema “Agujas de musgo” y se lo dedicó a su hermana María Eugenia, una reconocida militante por los Derechos Humanos que acababa de fallecer. Y luego, hizo uso de la palabra. Estaba mucho más delgado y sensiblemente desmejorado. Sin embargo, su voz sonaba atronadora como aquella vez que me citó a Yupanqui. Y con ese mismo tono de discurso dijo algo que reseñé en mi crónica al otro día: “Una vez más estamos viviendo en un gobierno neoliberal que, como aquel del ´95, reivindica el terrorismo de Estado con vergonzosas excarcelaciones a terroristas”. Y cerró su speech con unas palabras que, aunque no reseñé, aún me las acuerdo. “A los chicos que están acá esta noche, quiero decirles que todos los Desaparecidos durante la última Dictadura fueron héroes. No se olviden nunca de eso”. Y luego saludó al público.
Yo no estaba (yo no podía estar) de acuerdo con esa última afirmación. Siempre pensé que la mayoría de los desaparecidos habían sido víctimas. La inmensa mayoría, víctimas inocentes y cruelmente asesinadas por un aparato represor. Pero de ahí a la palabra “héroe” había un largo trecho. Y sin embargo amén de mi desacuerdo, esa tarde Rüedi me había emocionado con su discurso. Una vez más lo había conseguido. Y se ve que no fui el único porque luego muchos otros se acercaron a abrazarlo. Amigos y amigas, chicos y chicas; conocidos y desconocidos.
Hoy tras la conclusión final (“la única conclusión es la muerte”, como dijo Pessoa) pienso que esa noche fue la última jornada de gloria de Rubén Rüedi en este mundo. Acaso él lo sabía y por eso fue a la Medioteca a leer su poema. Acaso quería demostrar o demostrarse una vez más que no sólo de opiniones están hechos los hombres.
Si así fue, le agradeceré siempre a Rüedi esa lección póstuma. Porque ayer cuando me enteré de su muerte, un puño me cerró la boca del estomago. Y sentí que quien acababa de partir de este mundo no era un exfuncionario sino un familiar lejano. Un tío del pueblo al que hacía mucho que no veía y que de alguna manera me había saludado con un discurso y un poema.
Iván Wielikosielek. Redacción Puntal Villa María.