Pasaron 70 años y el recuerdo sigue fresco, como siempre pasa aquellas pequeñas historias, se empiezan a convertir en mas gran-des y a partir de allí entran a la categoría de leyendas o fábulas deportivas.
Eran otros tiempos, muy pretéritos si los comparamos con la modernidad de hoy, el mundo se comenzaba a reponer de lo que había sido la barbarie de la Segunda Guerra Mundial, del segundo suicidio de la razón. Europa devastada no se daba tregua para jugar un mundial. Pensando en grandes protagonista como Italia, Alemania, Inglaterra o Francia no iban a estar en plenitud en una copa del mundo donde Brasil partía como gran favorito y donde esperaban levantar por primera vez la copa Jules Rimet. Que llevaba el nombre del francés presidente de FIFA y uno de los impulsores de que se juegue la Copa del Mundo. Veinte años antes, en Uruguay se había disputado el primer campeonato del mundo con triunfo de los charruás 4 a 2 en la final frente a Argentina en el clásico rioplatense.
El Maracaná asomaba como lo que es, o era, una auténtica mole gris, de cemento con capacidad para 200 mil almas, rugiendo en el calor de Río de Janeiro y todo dado para la consagración brasileña, que tenia a Ademir como gran figura.
El “Maracanazo” cumplirá 70 años, una de las gestas mas rupturistas de la historia del deporte en todos los tiempos, historia que ampliamente a trascendido al fútbol.
Los cierto es que la historia iba a ser totalmente diferente y cambia-ria todo. Por aquel entonces Brasil vestía de blanco, el empate consagraba a los brasileños por la forma en la cual se diputaba el torneo, nada es como ahora. A Alcides Ghiggia le tocó hacer un gol que pasaría a la inmortalidad, gol que no tiene mucho registro fílmico, solo una cámara detrás del arco de Moacir Barbosa, donde da la impresión que el primer palo fue descuidado y por allí ingresó el balón para el 2 a 1 final. Schiaffino había empatado minutos antes para la Celeste, que tenía a Obdulio Varela, el Negro Jefe, como se lo conocía, a un auténtico caudillo. A la par del fútbol la vida se la ganaba como albañil.
Cruzando la cordillera, esta historia que cumple 70 años pero que es para todos los tiempos, llamó la atención de Victor Hugo Ortega, quien a sus 37 años, como periodista y profesor se valió de la misma para hacer un libro de cuentos, con ficciones que grafican esa realidad. Ortega lo vio al propio Ghiggia en Las Piedras, la ciudad a 25 kilómetros de Montevideo donde Don Alcides terminó sus días, casualmente la misma fecha del maracanzo, 16 de julio, pero de 2015.
Para Ortega el libro “Surgió durante la década de los noventa cuando era adolescente y no había una rivalidad tan descarnada como hay ahora entre las selecciones. En ese contexto conocí la historia del “Maracanazo”, que tiene una serie de antecedentes muy curiosos y particulares y hace que uno sienta mucho interés por la gesta. Uno siempre va por el equipo chico y en este caso por las características de Uruguay en contra de 200 mil personas, la historia me llamó la atención. Ese fue el punto de partida por interesarme en conocer a Alcides Ghiggia en su momento y luego hacer el libro”
Sobre Ghiggia, quien tuvo un paso por el fútbol italiano defendiendo los colores de la Roma, Ortega dice que era “Un tipo muy amble, un encuentro muy poético, que está escrito en el libro, como ficción, pero grafica ese momento cuando lo encontramos. Es un campeón del mundo atípico sobre todo para aquellos que marcaron un gol en una final del mundo. No eran jugadores sencillos digamos. El vivía en la ciudad de Las Piedras (donde nació Julio Sosa) a 25 kilómetros de Montevideo y atendía un puesto en una feria. Era un tipo muy sencillo, le gustaba hablar de fútbol pero no mucho del maracanazo. En la época que yo lo conocí él era el único sobreviviente de los uruguayos que disputaron la final. Tenía algo así como un código de samurai de no hablar sobre gente que ya no estaba.”
Finalmente y tras la consulta sobre Moacir Barbosa, quien era un arquero emblemático y figura total, después de ese partido la vida se vino a pique, fue el responsable máximo de la situación, quedó como el villano y hasta en la previa del mundial de USA 1994, no lo dejaron entrar a la concentración de la “canarinha” por ser portador de la tragedia de 1950.
Para Ghiggia “su mayor alegría fue hacer ese gol, pero se contrastó con lo que le pasó a Barbosa, pen-saba que los brasileños habían sido muy injustos con él. Hasta ese momento había sido un gran arquero, era una de las figuras del Vasco da Gama. Ahora que ha pasado el tiempo hay mucho más acerca-miento a su figura, hasta creo que hubo una cuestión racial, pasaron muchos años para que un afrobra-sileño sea el arquero titular, hasta 1999 que Dida ocupó ese lugar.”
Asi fue lo que pasó una tarde de mediados de julio de 1950, 70 años atras de una fecha emblemática que se puede perder en estos tiem-pos de pura inmediatez y redes sociales. Ya no quedan protagonistas vivos, el tiempo se los fue llevando las fabulas y leyendas sobre el “maracanzo” quedarán para todos los tiempos, de eso no tengo dudas. Que viva en el recuerdo como lo que fue, quizá el mo-mento mas rupturista de la histo-ria del deporte mundial.

